Hubo una mañana, en la Perugia de 1416, en que el juez más temido de la ciudad desfiló montado de espaldas sobre un asno, con un cartel colgado al pecho donde él mismo había escrito, uno por uno, sus pecados. Los mismos vecinos sobre los que poco antes había tenido potestad de vida o muerte le arrojaban lodo, basura e insultos. No respondió. Sucio, cubierto de barro, despojado de toda dignidad, llegó así a las puertas del convento franciscano de Monteripido y pidió que lo admitieran como el más humilde de los postulantes. Tenía treinta años, un doctorado en ambos derechos, una esposa de la alta nobleza, riqueza, poder judicial y el respeto tembloroso de una de las repúblicas más violentas de Italia. Aquella mañana lo entregó todo.
Esta investigación no quiere ser un catálogo de fechas ni una estampa devota. Quiere reconstruir, con el rigor que merece la figura, el itinerario de un hombre que conoció el derecho desde sus dos extremos posibles. El del que juzga y el del que es juzgado. El del magistrado incorruptible que no se dejaba sobornar y el del prisionero encadenado, con el agua estancada hasta las rodillas, entre ratas. Y quiere entender por qué la Iglesia, casi seis siglos después, lo invoca como patrono de los jueces, los juristas y los abogados, y por qué esa invocación, contra lo que repiten miles de páginas en internet, descansa en la costumbre y no en ningún decreto pontificio.
San Juan de Capistrano importa hoy precisamente por la tensión que lo habita. Fue el jurista que blindó canónicamente la reforma franciscana cuando esta podía haberse hundido en el cisma, y el que sentó las bases legales del primer crédito social europeo. Fue también el inquisidor cuya predicación atizó procesos como el de Breslau, que con los estándares del debido proceso contemporáneo resultan indefendibles. Mirar de frente esa doble cara, sin beatificarlo ni derribarlo, es el único modo honesto de leer al santo que los abogados de medio mundo eligieron como espejo de su oficio. Lo que sigue es el intento de hacerlo, y de hacerlo bien.
Para entender a un jurista hay que entender primero el orden, o el desorden, que lo formó. Juan de Capistrano nació en una Europa que se estaba descosiendo por sus cuatro costuras a la vez. La unidad de la Iglesia, la autoridad del papa, la frontera oriental de la cristiandad y la paz interna de las ciudades italianas. Cada una de esas grietas marcaría, andando el tiempo, una etapa de su biografía, hasta el punto de que su vida puede leerse como un recorrido por las cuatro heridas abiertas de su siglo.
El siglo en que nació arrastraba el trauma del Gran Cisma de Occidente. Desde 1378, dos y por momentos tres pretendientes se disputaron la silla de Pedro, partiendo la obediencia de la cristiandad latina entre Roma y Aviñón. El Concilio de Constanza (1414-1418) cerró por fin la herida y restituyó la unidad en torno a un solo papa. Pero al hacerlo dejó instalada una doctrina que tardaría décadas en enfriarse, el conciliarismo, según el cual la asamblea conciliar universal era superior al papa y podía juzgarlo.
El Concilio de Basilea (1431-1449) reavivó esa tensión hasta el extremo de deponer al papa Eugenio IV y elegir un antipapa, Félix V. No es un dato lateral para esta historia. Buena parte de la obra escrita de Capistrano, ya en su madurez, se dedicó a defender el primado del obispo de Roma frente a esa corriente, y una de sus misiones diplomáticas más delicadas consistió justamente en trabajar para desactivar el cisma del antipapa de Saboya.
Dentro de las propias órdenes religiosas la tensión era igual de viva. Los franciscanos llevaban más de un siglo desgarrados entre dos modos de entender la herencia de San Francisco. Los Conventuales admitían rentas, conventos urbanos y mitigaciones de la pobreza original. Los Observantes exigían un retorno literal a la regla primitiva, a la pobreza absoluta y a la predicación itinerante. En los márgenes habían germinado además movimientos radicales, los Espirituales y los Fraticelli, que la Iglesia condenó como heréticos por llevar la reivindicación de la pobreza hasta la desobediencia al papa.
Capistrano nació en el mundo de los Conventuales y consagró su vida adulta a la causa de los Observantes. Fue, además, inquisidor de los Fraticelli. La política interna de su orden fue uno de los campos donde más empleó su formación jurídica, y conviene tenerlo presente desde ya, porque sin esa clave buena parte de su obra resulta incomprensible.
Mientras Europa discutía sobre la autoridad eclesiástica, el Imperio Otomano avanzaba por los Balcanes sin que nadie lograra contenerlo. El 29 de mayo de 1453, cuando Capistrano tenía sesenta y siete años, Constantinopla cayó ante el joven sultán Mehmed II. La ciudad que durante mil años había sido el corazón del cristianismo oriental se convirtió en capital de un poder islámico en plena expansión hacia el Danubio y el corazón de Europa central.
Aquel golpe psicológico y estratégico explica el último acto de la vida del fraile, la cruzada de Belgrado de 1456. Sin la caída de Constantinopla no habría habido Belgrado. Y sin Belgrado, Capistrano sería hoy apenas un nombre para los historiadores del derecho canónico y para los devotos de calendario, en lugar del «Salvador de Europa» que conoció la posteridad.
Conviene, por último, situar el oficio del derecho en su contexto. En la Italia del Quattrocento, el derecho no era una técnica neutral, sino el lenguaje con que se gobernaba el mundo. Las universidades del centro y el norte, Bolonia, Padua, Perugia, formaban una élite de doctores que comentaban a la vez el Corpus Iuris Civilis de Justiniano y el Corpus Iuris Canonici de la Iglesia. Era la época dorada de los comentaristas o postglosadores, los herederos de Bartolo de Sassoferrato y Baldo degli Ubaldi, para quienes el derecho romano era ratio scripta, razón puesta por escrito.
Quien se formaba en ese ambiente no aprendía un derecho de reglas procesales, sino uno que se entendía como derivación de la moral y, en último término, de la voluntad divina. A mi juicio, ese es el dato que vuelve singular a Capistrano. Cuando más tarde escribió que el juez no es dueño de la ley sino su servidor, no improvisaba una metáfora piadosa, sino que repetía lo que le habían enseñado en las aulas de Perugia.
Juan de Capistrano, Giovanni da Capestrano en italiano, János Kapisztrán en húngaro, nació el 24 de junio de 1386, día de San Juan Bautista, de quien tomó el nombre. El lugar fue Capestrano, una villa fortificada de los montes Abruzos a unos cuarenta y dos kilómetros de L’Aquila, entonces dentro del Reino de Nápoles y la diócesis de Sulmona. Sobre la cuna y la sangre las fuentes coinciden en lo esencial y discrepan en los matices, y conviene decir desde el principio cuáles son unos y otros.
Su padre se llamaba Antonio y era, según las fuentes, un barón o gentilhombre de origen extranjero que había llegado a la península itálica con la corte de Luis I de Anjou, pretendiente al trono de Nápoles. El propio Juan lo describió hacia 1447 con una frase que conserva la voz de Hélène Angiolini en el Dizionario Biografico degli Italiani, la fuente académica más autorizada sobre su vida:
«Meo patre fue ultramontano, fue barone et venne col duca d’Angione.»
— Juan de Capistrano sobre su padre, hacia 1447, citado en el Dizionario Biografico degli Italiani, vol. 55 (2001)
De ese origen «ultramontano» nace una vieja discrepancia que aún no se ha resuelto. Las fuentes italianas suponen que el padre era alemán, y por sus cabellos rubios apodaron al hijo Giantudesco, «Juan el alemán». La antigua Catholic Encyclopedia, en cambio, lo creía de sangre francesa. No hay certeza documental que zanje el punto, y este texto no la inventará. Basta saber que el padre era extranjero y noble, y que sirvió a la casa de Anjou en sus guerras napolitanas. La madre era abrucesa, probablemente de la pequeña nobleza local, la casa Amici o D’Amico. Quedó viuda pronto y se encargó personalmente de la primera educación del niño.
La infancia no fue idílica. Los Abruzos del cambio de siglo eran una tierra donde imperaba la ley del más fuerte, y las vendettas entre familias rivales eran moneda corriente. Juan vivió esa anarquía en carne propia. Décadas más tarde, predicando por Alemania, relató que cinco enemigos principales de su casa habían asesinado en apenas dos días a doce miembros de su parentela, entre ellos cuatro de sus hermanos, e incendiado hasta los cimientos las propiedades de sus padres.
El episodio es revelador no solo por la violencia que describe, sino por el uso que el adulto Juan hizo de él. Lo evocaba para predicar la belleza del perdón. Quien de niño vio arder la casa de sus padres y enterrar a sus hermanos sería, de viejo, el mediador que firmó la paz entre Lanciano y Ortona el 17 de febrero de 1427, y el pacificador de ciudades enfrentadas como Sulmona, Trento y L’Aquila. La biografía monumental de Johannes Hofer, publicada en Innsbruck en 1936 y todavía hoy obra de referencia, interpreta esa orfandad como el motor que empujó al joven hacia el orden y la justicia codificada. Buscó en el derecho lo que su tierra natal le había negado, un límite a la fuerza.
Hacia 1405 o 1406, para consolidar su posición y saciar un intelecto precoz, Juan se trasladó a Perugia, sede de uno de los centros de pensamiento jurídico más prestigiosos de la Europa medieval. Allí ingresó en el colegio llamado Casa di San Gregorio o Sapienza, fundado hacia 1361 por el cardenal Niccolò Capocci para acoger a estudiantes selectos bajo estatutos estrictos. Eligió la facultad jurídica, cuyo plan exigía un mínimo de seis años de dedicación exclusiva.
La brillantez de Juan dejó rastro en los archivos perusinos, y ese rastro permite afirmar con seguridad lo que de otro modo sería pura hagiografía. El 7 de febrero de 1411 figura en los registros universitarios como uno de los cuatro studenti provetti, los estudiantes más aventajados, que servían como consejeros del rector Filippo di Petrucciolo. Al término de su ciclo obtuvo el grado de doctor in utroque iure, doctor en ambos derechos, civil y canónico. Era el título más alto que un jurista podía alcanzar, y lo habilitaba tanto para la cátedra universitaria como para las más altas magistraturas. Las fuentes destacan su memoria prodigiosa y una lógica argumentativa que le granjearon la admiración del claustro.
Aquí conviene desmontar un error que circula con insistencia. Numerosas páginas afirman que Juan estudió con Baldo degli Ubaldis, el célebre comentarista. Es cronológicamente imposible, porque Baldo había muerto en 1400, antes de que Juan ingresara en la universidad. Su maestro fue Pietro degli Ubaldi, de la misma dinastía de juristas perusinos. La confusión es comprensible, porque el apellido Ubaldi designaba a toda una saga de legistas, pero un texto que aspire al rigor no debe repetirla. Bajo su tutela, Juan se sumergió en la tradición que descendía de Bolonia. Aprendió a glosar el Digesto, el Código y las Instituta, a manejar el Decreto de Graciano y las Decretales, y a redactar consilia, los dictámenes que los doctores emitían sobre casos reales.
Más allá de los nombres, importa el paradigma intelectual que asimiló. La educación jurídica de aquella Perugia entrelazaba el derecho con la filosofía y la teología en un solo tejido. Se enseñaba, en la estela de Isidoro de Sevilla, que la filosofía se dividía en metafísica, lógica y ética, y que para los juristas tratar la ética era, en gran medida, tratar el derecho cívico. Los maestros entretejían el Corpus Iuris Civilis, la Ética a Nicómaco de Aristóteles y las decretales pontificias.
De ese ambiente salió un jurista para quien la norma positiva nunca era la última palabra. La equidad, la aequitas que suaviza el rigor de la ley escrita, ocupaba el centro de su concepción del oficio. Esa idea, que más tarde volcaría en sus tratados morales para confesores y jueces, lo separa de cualquier positivismo y lo acerca, sin anacronismos, a la pregunta que todavía hoy desvela a la deontología judicial. Cuándo y cómo debe el juez templar la letra de la ley con la conciencia. De sus escritos se deduce además que conocía bien la doctrina del favor rei, el principio que inclina la duda en favor del reo, lo que contrasta de manera incómoda con algunos episodios posteriores de su vida.
Importa subrayar un matiz que la divulgación suele pasar por alto. La formación del jurista en aquella Perugia no era estrecha ni puramente técnica. Comprendía, junto al derecho civil y canónico, las artes liberales, la lógica y la ética aristotélica como base de la argumentación forense. El doctor que salía de allí sabía glosar un pasaje del Digesto, pero también discutir una quaestio de filosofía moral y sostener un alegato ante un tribunal. Esa amplitud explica que Capistrano pudiera, décadas después, redactar tratados teológicos, defender a un acusado de herejía ante cardenales y negociar tratados internacionales con la misma herramienta intelectual. No fue un jurista que se reconvirtió en teólogo, sino un hombre formado en una tradición que no separaba ambos saberes.
La fama del joven doctor traspasó pronto los muros de la Sapienza y llegó a oídos de la corona. En 1412, a los veintiséis años, el rey Ladislao de Nápoles, que controlaba Perugia como feudo de la Santa Sede en aquel momento turbulento, nombró a Juan de Capistrano gobernador y juez principal de la ciudad.
Perugia era un avispero, un feudo papal resentido y tumultuoso, sacudido por las vendettas de las familias patricias. Confiar su gobierno a un técnico del derecho de veintiséis años, y no a un noble hereditario, era una apuesta arriesgada que dice mucho de la reputación que el joven se había ganado. Como magistrado supremo y máxima autoridad civil, con atribuciones equiparables a las de un capitán del pueblo y un podestà de facto, Juan aplicó una disciplina que las crónicas describen como inflexible. Reprimió el soborno, persiguió la impunidad de los nobles y administró justicia con un criterio que combinaba la erudición procesal con una idea robusta de la equidad y la restitución. No gobernó como señor, sino como jurista, ajustando la práctica de la ciudad al derecho romano-canónico aprendido en las aulas.
Vale la pena detenerse en lo que significaba gobernar Perugia en aquellos años. La ciudad había pasado de mano en mano entre la Santa Sede, los señores locales y las potencias vecinas, y arrastraba el odio acumulado de las facciones que se habían masacrado por turnos. Un magistrado honesto en ese contexto no era una figura cómoda, sino un blanco. Cada sentencia que no favorecía a un patricio sumaba un enemigo poderoso. La fama de incorruptible que Juan se ganó no fue, por tanto, un adorno biográfico, sino una posición de riesgo que terminaría costándole caro cuando la fortuna política le diera la espalda. A mi juicio, esa es la primera lección que su vida ofrece a la judicatura. La integridad no es gratis; tiene un precio, y a veces el precio es la prisión.
El cargo no fue un nombramiento aislado, sino parte de la maquinaria judicial de la república, y los registros lo documentan con precisión. El 14 de abril de 1413, al asumir un nuevo podestà, Coluccio dei Grifi da Chieti, los reglamentos cívicos exigían elegir seis jueces de probada integridad para los distintos rioni o distritos de la ciudad. El quinto de los elegidos fue Juan de Capistrano, a quien se asignó el rione de Porta Santa Susanna, descrito por sus biógrafos como el más difícil de gobernar de toda Perugia.
De su conducta en el estrado las fuentes ofrecen una fórmula que se ha vuelto célebre y que conviene citar en su lengua original:
«Mai un sopruso, mai un’ingiustizia; non si lasciò corrompere né dalle minacce dei potenti, né dal danaro dei ricchi.»
— Fórmula tradicional sobre la conducta judicial de Juan de Capistrano en Perugia
Nunca un abuso, nunca una injusticia. No se dejó corromper ni por las amenazas de los poderosos ni por el dinero de los ricos. Ahí está, en doce palabras, la raíz histórica de su patronazgo sobre los jueces. No la teología ni la devoción, sino la prueba empírica de un magistrado que administró el barrio más conflictivo de una ciudad faccionada sin venderse a nadie. Esa integridad le granjeó tanto elogios como enemistades vengativas, y, como se verá, esas enemistades le pasarían factura. Su epitafio, siglos después, recogería esa fama en una fórmula latina, amator veritatis ac religiosae iustitiae, amante de la verdad y de la justicia.
En aquellos años consolidó su posición con un matrimonio. Las fuentes lo casan con una mujer de la nobleza local. Según la reconstrucción de Hofer, se trataba de la hija del conde de San Valentino, con quien estaba comprometido desde 1403. El detalle que importa para lo que vendría no es romántico sino jurídico, y el propio jurista lo sabía. El matrimonio nunca se consumó. Las fuentes eclesiásticas posteriores confirman ese punto de manera unánime, y resultaría decisivo, porque le permitiría más tarde obtener la disolución canónica del vínculo por la causa de matrimonio rato y no consumado, sin litigio ni escándalo. A los treinta años, Juan poseía riqueza, poder judicial, estatus nobiliario y el temor reverente de una de las ciudades más complejas de Italia. Ignoraba que ese cabo suelto le dejaba abierta una puerta hacia otra vida.
Todo se derrumbó de manera súbita en 1416. La caída fue tan abrupta como instructiva, porque el hombre que había hecho del derecho su fortaleza descubrió en carne propia que el poder armado ignora los tratados de papel.
Ese año estalló un feroz conflicto armado entre Perugia y la casa de Malatesta de Rímini. Confiando en sus habilidades diplomáticas y en su conocimiento del derecho de gentes, el ius gentium que regulaba las relaciones entre poderes, Juan fue enviado como embajador plenipotenciario para negociar la paz. Las fuentes divergen sobre el adversario concreto, y la discrepancia merece reportarse. Unas hablan genéricamente de los Malatesta, otras de Sigismondo Malatesta, y otras enmarcan el episodio en la toma de Perugia por el condottiero Braccio da Montone tras la batalla de Sant’Egidio de julio de 1415. La reconstrucción de Hofer integra ambos episodios. Lo cierto y unánime es el desenlace. Las normas de la inmunidad diplomática fueron violadas, y Juan, en lugar de ser recibido como embajador, fue tomado como prisionero de guerra.
Lo despojaron de sus ropajes de magistrado y lo arrojaron a las mazmorras de una torre fortificada, identificada por sus biógrafos como la torre de Brufa. Las condiciones fueron atroces. Encadenado a los muros, llegando a estar con el agua estancada hasta las rodillas, rodeado de ratas. Negándose a aceptar pasivamente su destino, el antiguo gobernador intentó descolgarse por una ventana alta de la torre. El intento fracasó. Cayó, y algunas fuentes precisan que se fracturó una pierna. Fue recapturado de inmediato y arrojado a un calabozo aún más oscuro.
Fue en ese fondo de aislamiento, humillación y dolor donde se produjo la crisis que partió su vida en dos. La tradición hagiográfica, recogida por todos sus biógrafos contemporáneos —Niccolò da Fara, Cristoforo da Varese y Girolamo da Udine, cuyas Vidas publicaron los bolandistas en los Acta Sanctorum—, relata que durante la fase más desesperada de su cautiverio experimentó una visión en la que San Francisco de Asís se le apareció, instándolo a abandonar el mundo y entrar en su orden. Conviene situar el episodio en su lugar exacto. Pertenece al ámbito de la tradición espiritual, no al de los hechos documentados con instrumento público. Lo que sí está documentado, y de manera abrumadora, es el resultado.
Liberado a cambio de un cuantioso rescate, que algunas fuentes cifran en cuatrocientos ducados de oro, Juan ejecutó su decisión con la minuciosidad de un experto liquidando un patrimonio.
Vendió de inmediato bienes, tierras y propiedades. Con el producto pagó su propio rescate y, en un acto de estricta justicia retributiva, hizo restitución a los ciudadanos que pudieran haber sido perjudicados durante la guerra o por sus fallos como juez. El jurista no se limitó a renunciar al mundo. Cerró sus cuentas con él en regla, como quien finiquita un proceso antes de archivarlo.
En paralelo tramitó la disolución de su matrimonio, alegando la no consumación, el impedimento de rato y no consumado. Según las fuentes, la dispensa se resolvió de común acuerdo con su esposa, a quien persuadió de regresar con su familia. Y entonces vino el gesto que ninguna crónica olvida. El 4 de octubre de 1416, festividad de San Francisco, para destruir frente a la sociedad cualquier vestigio de su antiguo orgullo de gobernador, Juan montó de espaldas sobre un asno y desfiló por Perugia con un cartel al pecho donde había enumerado sus peores faltas, mientras los vecinos le arrojaban inmundicias. Cubierto de lodo, despojado de toda dignitas, llegó así a las puertas del convento observante de Monteripido a pedir ser admitido como el más humilde de los postulantes. Tenía treinta años cumplidos.
Admitir a un antiguo gobernador y afamado doctor en leyes en un convento mendicante representaba un desafío disciplinario. El orgullo intelectual de un hombre así no se rinde solo, y los primeros años de Juan en la orden fueron, en buena medida, un combate contra sí mismo.
El maestro de novicios, fray Onofrio, consciente del brillante y altivo pasado del candidato, le impuso un régimen de severidad calculada para quebrar su orgullo y probar la autenticidad de su vocación. Penitencias públicas humillantes, tareas ilógicas, obediencia ciega. El antiguo magistrado las soportó sin una queja, atormentado además por tentaciones, por el recuerdo de su vida cortesana y por una larga enfermedad. Completó el proceso y emitió su profesión perpetua el 4 de octubre de 1417, un año exacto después de vestir el hábito.
Su acceso al sacerdocio encontró un obstáculo de derecho canónico que dice mucho de su pasado. El 14 de noviembre de 1418, en Mantua, ya como diácono, hubo de obtener del papa Martín V una dispensa para ordenarse, porque como juez había impuesto a veces penas corporales que habían derivado en muertes. Pesaba sobre él la irregularitas ex defectu lenitatis, la irregularidad por defecto de mansedumbre que recae sobre quien ha participado en la efusión de sangre. El jurista cargaba en su expediente las sentencias que había firmado. En esa misma circunstancia, el papa lo nombró inquisidor de los Fraticelli. Las fuentes discrepan sobre el año de su ordenación plena, entre 1418, 1420, 1425 y 1426; la hagiografía moderna suele situar hacia 1420 su predicación como diácono y hacia 1425 el sacerdocio pleno. Este texto no zanja lo que las fuentes no zanjan.
El encuentro que definió su rumbo fue con San Bernardino de Siena, el predicador y teólogo que lideraba la renovación observante. Bernardino le enseñó teología avanzada y lo integró en el movimiento que pedía el retorno estricto a la pobreza de la regla franciscana. Juan acompañó a Bernardino en sus giras para estudiar sus métodos, y tuvo como condiscípulo a San Jaime de la Marca, Giacomo della Marca. Junto a Bernardino, a Jaime de la Marca y a Alberto de Sarteano, Juan llegó a ser considerado uno de los «cuatro pilares de la Observancia».
Su ascetismo no fue retórico. Dormía pocas horas, ayunaba casi a diario, caminaba descalzo por los caminos de Europa y vestía un áspero cilicio; las fuentes mencionan además que sufría cojera, atribuida a la artritis o a las secuelas de su caída en la prisión. Pero lo que lo distinguió de los demás reformadores no fue la penitencia, sino el uso táctico de su prodigiosa formación jurídica al servicio de la causa.
La amistad con Bernardino fue, además, una sociedad de talentos complementarios. Bernardino aportaba el genio del predicador popular, la imagen, el monograma, la capacidad de mover a las multitudes con la palabra; Juan aportaba el rigor del jurista, la capacidad de fundar en derecho lo que el otro proclamaba con fervor. Cuando el método de Bernardino fue acusado de heterodoxo, fue el derecho de Juan el que lo salvó. Es difícil exagerar lo que esa división de tareas significó para la historia de la orden franciscana en el siglo XV. La Observancia tuvo en Bernardino su voz y en Capistrano su escudo.
El punto culminante de esa simbiosis entre derecho y teología ocurrió cuando San Bernardino fue acusado de herejía. Bernardino promovía la devoción al Santísimo Nombre de Jesús con un monograma, las letras IHS rodeadas de rayos solares. Teólogos rivales, dominicos y agustinos, junto con franciscanos conventuales envidiosos de su éxito, lo acusaron de fomentar la idolatría de una imagen, y el asunto llegó ante una comisión de cardenales en Roma, con la hoguera como horizonte posible. Juan asumió la defensa. Preparó una argumentación teológica y procesal que desmontó los cargos uno a uno y obtuvo la absolución de Bernardino, además de la validación de la devoción. El episodio se repitió en 1429, cuando los propios observantes fueron citados por la misma causa. De nuevo Juan llevó la defensa, y de nuevo ganó.
En reconocimiento a aquella victoria, Juan adoptó para siempre el monograma bernardiniano como emblema personal. Lo llevaría en el estandarte con que, treinta años después, recorrería las murallas de Belgrado. Por eso la iconografía lo asocia, junto a Bernardino, al emblema del Nombre de Cristo. Bernardino lo sostiene en una tablilla; Juan, en un estandarte de batalla. Lo que en un teólogo era devoción, en el jurista se volvió enseña militar.
La aportación diferencial de Capistrano a la reforma fue el derecho. En una orden desgarrada entre Espirituales, Fraticelli y Conventuales, su pericia forense fue la muralla que garantizó la supervivencia del movimiento observante. Redactó constituciones para los conventos «en estilo estrictamente jurídico», según la expresión de los estudios franciscanos modernos, negoció compromisos con obispos hostiles y obtuvo exenciones que protegieron a los observantes de las interferencias de superiores y legados. Fue dos veces vicario general de la familia cismontana de los observantes, electo por primera vez tras el capítulo de Padua de 1443 y de nuevo en 1449. Intentó sin éxito evitar la separación definitiva de observantes y conventuales, que solo llegaría en 1517 con la bula Ite vos de León X. A mi juicio, sin ese andamiaje canónico el fervor de la Observancia podría haberse disuelto en herejía o en cisma, como les ocurrió a los Fraticelli. El triunfo del movimiento no se debió solo a la santidad de sus líderes, sino al blindaje legal que Capistrano construyó en torno a sus estatutos.
Contra la imagen del místico iluminado, ajeno al mundo, Capistrano fue un tratadista del más alto rigor técnico. La Bibliotheca Sanctorum le atribuye nueve tratados de dogmática, catorce de moral, seis de derecho canónico y diez de carácter franciscano, además de cartas y sermones. Se ha señalado que solo sus apuntes para preparar sermones sumaban diecisiete volúmenes manuscritos. Una edición completa de su obra, proyectada en cuatro tomos en folio, nunca llegó a realizarse, y sus manuscritos se conservan dispersos en Capestrano, en la biblioteca de Wrocław y en archivos romanos.
La mejor prueba de su estatura jurídica es que varios de sus tratados fueron incorporados al Tractatus universi iuris, la monumental enciclopedia jurídica que F. Ziletti publicó en Venecia en 1584 para recoger el pensamiento de los grandes juristas medievales y renacentistas. La base de datos de canonistas de la Ames Foundation de la Universidad de Harvard registra allí, entre otras, sus obras sobre el examen de conciencia del juez, sobre las censuras eclesiásticas, sobre el matrimonio y sobre la usura. Los historiadores del derecho han mostrado además la penetración recíproca entre su literatura jurídica y su predicación. Sus sermones estaban tan saturados de doctrina civil y canónica que podían confundirse con pequeños tratados, hasta el punto de influir en juristas seculares como el sienés Mariano Sozzini el Viejo.
Una cautela de método se impone aquí, y prefiero declararla abiertamente. Algunas compilaciones de divulgación atribuyen a Capistrano obras de títulos muy precisos, citas latinas literales y cartas dirigidas a tribunales concretos cuya existencia no he podido confirmar en fuentes fiables, y que varias veces contradicen lo que afirman los repertorios académicos. Esta investigación se limita a las obras documentadas y omite las atribuciones dudosas, por mucho que abulten un listado. La verdad de un texto vale más que la longitud de su bibliografía.
De toda su producción, la pieza que mejor lo retrata como patrono de los jueces es el Speculum conscientiae, el «espejo de la conciencia», un tratado sobre la responsabilidad ética de quienes tienen el poder de juzgar y guiar a otros. De una obra de esta familia, a veces citada como Speculum clericorum, toma la Liturgia de las Horas la segunda lectura del oficio de su fiesta, donde Capistrano dirige a los que ocupan estrados y magistraturas las palabras de Cristo:
«Deben aprender de su eminente maestro, Jesucristo, lo que declaró no solo a sus apóstoles y discípulos, sino también a todos los sacerdotes y clérigos que habían de sucederlos, cuando dijo: «Vosotros sois la sal de la tierra… Vosotros sois la luz del mundo». […] Por el brillo de su santidad deben traer luz y serenidad a cuantos los contemplan. Han sido puestos aquí para cuidar de otros. Su propia vida debe ser ejemplo para los demás.»
— San Juan de Capistrano, lectura del oficio de su fiesta, Liturgia de las Horas
No hay en esa página tecnicismo procesal. Hay deontología pura, la idea de que quien administra justicia responde con su propia vida del bien de aquellos a quienes sirve. Por eso, cuando los colegios de abogados de medio mundo lo invocan, lo hacen con razón histórica, aunque, como se verá, sin decreto pontificio que lo respalde.
El gran tratado eclesiológico de Capistrano fue el De auctoritate papae et concilii, dirigido contra los conciliaristas de Basilea. En él sostuvo el primado del obispo de Roma frente a la doctrina que situaba al concilio por encima del papa, y defendió incluso la tesis de que el papa no puede caer en herejía en el ejercicio de su magisterio supremo. Su argumentación trasladaba al terreno eclesial categorías del derecho público que conocía bien. Distinguía la jurisdicción ordinaria de la delegada y construía una teoría de la obediencia como vínculo de comunión.
La obra no fue un ejercicio académico aislado, sino la traducción doctrinal de una causa que defendió también con los pies. Capistrano llevaba siempre consigo la bula de la unión proclamada en el Concilio de Florencia de 1439, el documento que selló la breve y frágil reconciliación entre la Iglesia de Roma y las Iglesias griega y armenia, y desplegó su conocimiento del derecho oriental y de las lenguas clásicas para sostener esa unión donde pudo. Defender el primado del papa no era para él una abstracción de gabinete, sino la condición de posibilidad de una cristiandad que no se disolviera en cismas. El tratado lo sitúa entre los teóricos del ius publicum ecclesiasticum de su siglo, en la corriente que prepararía la victoria definitiva del papado sobre el conciliarismo.
Su aporte más duradero al derecho civil nació de un problema concreto. En las ciudades italianas del Quattrocento, el crédito para la gente común estaba en manos de prestamistas que cobraban intereses ruinosos, capaces de arrastrar a la esclavitud por deudas a artesanos y campesinos. La Iglesia condenaba el préstamo con interés desde la teología, el dinero es estéril y no engendra dinero, y cobrar interés equivalía a vender el tiempo, que solo pertenece a Dios. Pero en la práctica el pobre no tenía a quién recurrir, y la condena moral no resolvía el vacío.
Capistrano y los observantes, en particular el beato Michele da Carcano, no se quedaron en la condena desde el púlpito. Diseñaron una solución institucional, los Monti di Pietà, montes de piedad, entidades de crédito solidario estructuradas como corporaciones benéficas sin ánimo de lucro, que prestaban a interés mínimo o nulo a cambio de una prenda. La objeción no tardó. Teólogos dominicos y agustinos los denunciaron ante la Inquisición por usura encubierta, ya que cobraban un pequeño recargo, y las disputas fueron tan agrias que Michele da Carcano llegó a ser expulsado de Milán en dos ocasiones. La defensa jurídica de los franciscanos fue la pieza clave. Demostraron ante los tribunales que el recargo no era lucrum, ganancia derivada del simple préstamo de dinero, sino stipendium, costo operativo necesario para sostener al personal, custodiar las prendas y dar viabilidad al sistema.
Esa distinción, hoy elemental, fue en su tiempo una conquista. No solo salvó a miles de familias de la usura, sino que abrió el camino dogmático para que más tarde nacieran las cajas de ahorros y el crédito social moderno. Lo que para un teólogo rigorista era pecado, el jurista lo reformuló como servicio. A mi juicio, ningún episodio ilustra mejor la idea que Capistrano tenía del derecho. Para él la ley no era un código de prohibiciones, sino una herramienta para proteger al débil frente a la crueldad del naciente mercantilismo.
Si se intenta destilar de su vida y su obra una concepción del derecho, aparece una idea rectora. La ley humana solo es justa cuando se ordena a un bien y se subordina a la verdad y a la conciencia. Capistrano no separaba la técnica jurídica de la rectitud moral; las entendía como dos caras de una misma vocación. El juez, en su concepción, no es dueño del derecho sino su ministro, y por eso debe mirar siempre a la equidad, que es la justicia atemperada con misericordia. La aequitas canónica funcionaba para él como una humanitas iuris, un recurso para suavizar el rigor de la ley positiva sin disolverla.
Esa concepción tiene consecuencias prácticas que él mismo encarnó. La incorruptibilidad del juez no era para Capistrano una virtud accesoria, sino el núcleo del oficio. Un magistrado que se vende deja de ser ministro de la ley y se convierte en su falsificador. La competencia técnica, su propio doctorado en ambos derechos, era un deber y no un adorno, porque quien juzga sin saber daña a los justiciables tanto como quien juzga sin honradez. Y la justicia, separada de la caridad, se vuelve un poder ciego. Esa concepción conecta su pensamiento con la gran tradición tomista, aunque con un acento más pastoral y práctico que especulativo, propio de quien había administrado un tribunal antes de teorizar sobre él.
Hay, sin embargo, una tensión interna en su pensamiento que la honestidad obliga a nombrar, y que se desplegará en las secciones siguientes. El mismo jurista que defendía el favor rei y la equidad fue inquisidor en procesos que, juzgados con los estándares del debido proceso contemporáneo, resultan incompatibles con la justicia que predicaba. Esa contradicción no es un descuido del relato. Es parte de lo que hace de Capistrano un objeto de reflexión más rico, y no menos, para la teoría del derecho.
El reformador no se quedó en el escritorio. Cuatro papas sucesivos lo emplearon como inquisidor, legado y nuncio, y su predicación itinerante lo convirtió en un fenómeno de masas sin precedentes en la Europa anterior a la imprenta. Esta es también la etapa que reúne sus páginas más oscuras, y el rigor obliga a no pasarlas por alto.
Martín V lo nombró inquisidor de los Fraticelli en 1418, y luego Eugenio IV y Nicolás V renovaron y ampliaron sus poderes. Actuó contra los Fraticelli de Italia central, contra los jesuati de Venecia y, en su gran gira por el este, contra los seguidores del reformador checo Jan Hus.
En 1451, a petición del emperador Federico III y por consejo de Enea Silvio Piccolomini, el futuro papa Pío II, Nicolás V lo envió a predicar contra los husitas. Capistrano redactó un voluminoso Tractatus adversus Hussitas y debatió con los maestros utraquistas, pero el balance fue de éxito limitado. Nunca logró entrar en Praga ni revertir el utraquismo, que siguió siendo la religión establecida de Bohemia hasta 1620. Reconocer ese fracaso es parte del rigor. La elocuencia que movía multitudes no bastó para doblegar una convicción doctrinal arraigada.
Aquí está la sombra mayor de su biografía, y no se puede contar de un solo trazo. Conocido por sus detractores como flagellum Iudaeorum, «azote de los judíos», Capistrano predicó con dureza contra el judaísmo y promovió la revocación de privilegios y la segregación de las comunidades judías de Centroeuropa. El episodio más grave es el proceso de Breslau, Wrocław, de 1453.
Lo documentado es severo y no admite maquillaje. Tras una acusación de profanación de una hostia consagrada, un proceso terminó con la quema en la hoguera de cuarenta y un judíos, la expulsión de los restantes y el bautismo forzado de niños. La Encyclopaedia Judaica lo registra sin ambages. La fecha exacta de las ejecuciones varía entre fuentes, el 2 de junio o el 4 de julio de 1453, pero el resultado letal es indiscutible, y cientos de judíos fueron encarcelados durante el proceso.
Sobre el grado de responsabilidad personal de Capistrano hay debate. Fuentes hostiles afirman que dirigió en persona los interrogatorios bajo tortura. Pero el historiador László Veszprémy, sintetizando la investigación reciente, advierte cuatro cosas. Que los arrestos los ordenó el concejo municipal, endeudado y con intereses propios, aprovechando la presencia del fraile y precisamente mientras él estaba ausente de la ciudad. Que las fuentes judiciales no confirman que dirigiera las torturas. Que el cronista Peter Eschenloer, principal fuente acusatoria, no estaba en la ciudad durante el proceso y, en su primera versión latina, no escribió nada sobre el papel de Juan, mientras que décadas más tarde, hacia 1480, en la versión alemana, lo describió con detalle atroz y lo hizo responsable. Y que tanto el obispo de la ciudad como el propio Piccolomini dudaron de la culpabilidad de los acusados.
El equilibrio honesto es este. Capistrano fue responsable de atizar el sentimiento antijudío con su predicación, y eso no se discute, pero su responsabilidad directa en las torturas y ejecuciones es discutida y probablemente fue amplificada por la tradición posterior. Su antijudaísmo era religioso y económico, no racial, y lo compartía la Iglesia latina de su tiempo desde el IV Concilio de Letrán de 1215. Nada de esto lo exculpa ante los estándares del debido proceso contemporáneo, con los que es radicalmente incompatible. Pero la historia se escribe distinguiendo el hecho documentado de la leyenda amplificada y de la hagiografía que lo absuelve sin matices. Esa ambivalencia, el mismo hombre que fue juez íntegro en Perugia y promotor de un proceso atroz en Breslau, no invalida su patronazgo. Lo vuelve un objeto de reflexión más exigente para la ética jurídica, que debe distinguir siempre la legalidad de la justicia.
A pesar de una figura físicamente menuda y frágil, descrita por las crónicas como la de un hombre de muy baja estatura, delgado y corto de vista, Capistrano fue un orador de magnetismo arrollador. Durante más de cuatro décadas recorrió, a pie o en una humilde mula, los caminos de Italia, Francia, Alemania, Austria, Bohemia, Hungría, Polonia, Moravia y Dalmacia. Las iglesias no bastaban para contener a las multitudes, y debía predicar en plazas y campos abiertos. La Catholic Encyclopedia consigna que en Brescia predicó en una ocasión ante ciento veintiséis mil personas. Estas cifras de los cronistas tienden a la amplificación y deben tomarse como órdenes de magnitud, no como censos.
El dato sociológico es real y asombroso. Predicaba en latín culto, y las fuentes coinciden en que la gente rompía a llorar y pedía confesión antes de que los intérpretes tradujeran sus palabras. A su paso dejó conversiones masivas, fundaciones de conventos y hospitales, y las célebres «hogueras de las vanidades», donde los fieles arrojaban naipes, objetos de lujo y lecturas que el predicador juzgaba inmorales, décadas antes de que Savonarola hiciera lo mismo en Florencia. En Francia colaboró con Santa Coleta de Corbie en la reforma de las clarisas. Su carisma despertó vocaciones a centenares entre los estudiantes de Leipzig y de Cracovia.
Conviene reparar en lo que ese fenómeno tiene de paradójico. Un hombre que apenas se hacía oír sin intérprete, de aspecto frágil y voz que la barrera del idioma volvía ininteligible para la mayoría, movía a poblaciones enteras. La explicación que ofrecen las fuentes no está en el contenido literal de los sermones, que pocos entendían palabra por palabra, sino en la cadencia, el gesto y la convicción de quien había aprendido a persuadir en los tribunales de Perugia. La oratoria forense, esa destreza que el joven juez había pulido en alegatos y sentencias, sobrevivió a su conversión y se transformó en el instrumento de su apostolado. Es uno de esos casos en que la primera vida de un hombre alimenta sin saberlo a la segunda.
Su capacidad de movilizar muchedumbres y su sagacidad jurídica lo volvieron un activo geopolítico. Martín V, Eugenio IV, Nicolás V y Calixto III le confiaron legaciones delicadas, y la lista de sus destinos diplomáticos dibuja el mapa de las crisis de su tiempo. Actuó en Milán y Borgoña en torno al cisma del antipapa Félix V, fue enviado a Francia, y en 1451 viajó como nuncio apostólico a Austria a petición del emperador Federico III, desde donde recorrió el Imperio y los reinos vecinos. Esa última misión, pensada como campaña contra los husitas, se prolongó hasta convertirse en la gran gira centroeuropea de sus últimos años, estudiada hoy por la historiografía como uno de los grandes itinerarios apostólicos del siglo XV.
Rechazó, además, los obispados de Chieti y de L’Aquila, un detalle que dice más de su carácter que cualquier elogio. Un hombre que había renunciado a la magistratura y a la riqueza no iba a aceptar ahora una mitra que lo atara a una diócesis y le quitara la libertad del camino. Prefirió seguir siendo lo que había elegido ser aquella mañana de 1416 en Perugia, un fraile pobre y sin más poder que el de la palabra. Que cuatro papas de caracteres muy distintos confiaran en él las misiones más delicadas, y que él rehusara a la vez los honores que esas misiones podían reportarle, es quizá la mejor prueba de que su conversión no había sido un gesto teatral sino una decisión sostenida durante cuarenta años.
El acto final de su vida fue el más improbable y el que lo inmortalizó fuera de los círculos jurídicos y eclesiásticos. Un fraile de setenta años, enfermo de tanta penitencia, terminó dirigiendo de hecho el contraataque que detuvo al Imperio Otomano a las puertas de Europa central.
Tras la caída de Constantinopla en 1453, Mehmed II puso la mira en Hungría, la principal barrera de la cristiandad latina. En 1456, el papa Calixto III, Alfonso de Borja, encargó a Capistrano, ya septuagenario y de salud precaria, predicar y organizar una cruzada de defensa. La alta nobleza de Baviera y Austria le dio una recepción gélida y se negó a comprometer sus ejércitos. El fraile se dirigió entonces directamente al pueblo llano, que era el único auditorio que nunca le había fallado.
Su predicación reclutó decenas de miles de voluntarios, campesinos, artesanos, estudiantes, monjes, mal armados pero fervorosos, a los que condujo en marchas forzadas hacia la frontera húngara. La organización militar profesional recayó en el curtido capitán János Hunyadi y en el cardenal legado Juan Carvajal. Las cifras de los cronistas varían mucho y deben manejarse con cautela. Entre cuatro y cinco mil cruzados propios de Capistrano, y un total conjunto con las tropas de Hunyadi que las fuentes sitúan entre cuarenta mil y setenta mil hombres, frente a un ejército otomano muy superior en número y artillería.
Que un fraile septuagenario lograra lo que la alta nobleza europea había rehusado hacer es uno de los hechos más comentados del episodio. Las crónicas húngaras conservan, en boca de los oficiales de Hunyadi, una observación que resume el fenómeno: que aquel fraile tenía sobre los soldados más autoridad que el propio jefe de la nación. No era un mando militar, no portaba armas, no entendía de táctica; pero la tropa de campesinos creía en él, y esa creencia valía, en el momento decisivo, más que la disciplina de un ejército regular. Hunyadi puso la estrategia; Capistrano puso la voluntad de combatir.
En julio de 1456, las fuerzas de Mehmed II cercaron Belgrado, sobre el Danubio. Hunyadi rompió el bloqueo naval otomano el 14 de julio. Durante días de bombardeos incesantes, el anciano fraile no abandonó las posiciones, asistiendo a los moribundos e infundiendo ánimo a los aterrados campesinos.
Cuando los otomanos abrieron brechas en las murallas y las defensas empezaron a ceder, Capistrano asumió el liderazgo moral del contraataque. No empuñó una espada. Enarboló una pesada cruz de madera como estandarte y se lanzó a la vanguardia, ordenando a sus hombres a gritos que invocaran el nombre de Jesús, en quien estaba la salvación, tanto si avanzaban como si retrocedían. Aquella demostración de un anciano desarmado encendió un fervor que las crónicas describen como imparable. Rodeado de unos dos mil cruzados, cruzó el río Sava contra la retaguardia otomana mientras Hunyadi volvía contra el enemigo los cañones capturados.
El asalto cristiano desbordó las filas turcas. El propio Mehmed II resultó herido en la refriega y, ante el caos, ordenó la retirada total, abandonando la artillería y levantando el sitio. La victoria del 22 de julio de 1456 detuvo el avance otomano hacia el centro de Europa durante más de setenta años y le valió a Capistrano su segundo título histórico, «Salvador de Europa».
Una tradición vincula el toque del Ángelus del mediodía a esta victoria. El 29 de junio de 1456, antes de la batalla, Calixto III había ordenado por la bula Cum his superioribus annis que las campanas de todas las iglesias tañeran al mediodía para llamar a orar por los defensores de Belgrado. Como en muchos países la noticia del triunfo llegó antes que la orden papal, el toque acabó reinterpretándose como conmemoración de la victoria, y el papa no revocó la disposición. Para celebrar el triunfo instituyó además la fiesta universal de la Transfiguración el 6 de agosto, día en que la noticia llegó a Roma. En cambio, la anécdota muy repetida de que Calixto III «excomulgó» el cometa Halley de 1456 es una leyenda tardía. Aparece por primera vez en una biografía póstuma de 1475 y fue popularizada siglos después; la bula del 29 de junio no menciona ningún cometa. Un texto que aspire a la verdad debe descartarla.
La victoria se pagó cara. El esfuerzo destrozó la salud ya frágil del anciano, y el campamento se convirtió en foco de epidemia.
En las insalubres condiciones del campamento, agravadas por los cadáveres insepultos de ambos bandos, estalló la peste. Se llevó primero a Hunyadi, el 11 de agosto de 1456, poco después de su mayor victoria. Contagiado mientras asistía a los soldados enfermos, Juan de Capistrano murió el 23 de octubre de 1456 en el convento de Ilok, Újlak en húngaro, a orillas del Danubio, en la entonces Eslavonia húngara, hoy ciudad fronteriza de Croacia. Conviene corregir aquí un error que repiten Britannica y antiguos martirologios. Algunos sitúan su muerte en «Villach», en Carintia, por una confusión con la grafía germánica del nombre de Ilok; la historiografía moderna fija Ilok sin discusión. Su cuerpo permaneció insepulto ocho días, visitado por magnates y peregrinos, y reposa en la iglesia franciscana de Ilok.
La santidad de Capistrano fue reconocida de inmediato por papas, reyes y fieles. Su elevación formal a los altares, en cambio, tardó más de dos siglos —doscientos treinta y cuatro años desde su muerte hasta la canonización—, obstaculizada por viejas rencillas y por el rigor procesal de la curia romana posterior al Concilio de Trento. Enea Silvio Piccolomini, que llegaría a ser el papa Pío II, lo había tildado de vanaglorioso por atribuirse en exclusiva la victoria de Belgrado, omitiendo el mérito de Hunyadi, y el cardenal Carvajal, compañero suyo en la cruzada, se le había opuesto. Resulta casi poético que su expediente sufriera el mismo nivel de comprobación exigente que él mismo reclamaba como juez en las cortes de Perugia. El hombre que había sometido a otros al rigor del proceso fue sometido, ya muerto, al rigor de un proceso que duró más de dos siglos.
La cronología oficial es esta. El 31 de diciembre de 1514, León X permitió a la diócesis de Sulmona celebrar su fiesta como beato. El 19 de diciembre de 1650, Inocencio X confirmó su culto, es decir, su beatificación. Y el 16 de octubre de 1690, Alejandro VIII lo canonizó solemnemente en la Basílica Vaticana.
Dos precisiones de rigor. Primera, numerosas fuentes atribuyen la canonización a «Alejandro VII», pero el pontífice reinante en 1690 era Alejandro VIII, Pietro Ottoboni; Britannica y la mayoría de las fuentes lo confirman, y el error de numeración debe corregirse. Segunda, la bula formal de canonización, Rationis congruit, no se promulgó hasta el 4 de junio de 1724, bajo Benedicto XIII, lo que explica que algunas fuentes daten la canonización «en 1724»; en rigor, la ceremonia fue en 1690 y la bula, en 1724. En cuanto a la fiesta litúrgica, se fijó primero el 23 de octubre para la orden franciscana, se extendió a la Iglesia universal hacia 1880-1890 asignándola al 28 de marzo, y la reforma del calendario de Pablo VI de 1969 la devolvió al 23 de octubre, día de su muerte. En la forma extraordinaria del rito romano permanece el 28 de marzo.
Aquí es donde la mayoría de las páginas de divulgación se equivoca, y donde una investigación seria debe afinar. De los dos patronazgos de Capistrano, solo uno descansa en un acto formal de la Santa Sede. El 10 de febrero de 1984, mediante la Carta Apostólica Servandus quidem, Juan Pablo II proclamó a San Juan de Capistrano patrono ante Dios de los capellanes militares de todo el mundo, Curionum seu Cappellanorum Militarium totius orbis apud Deum Patronum, con decreto confirmatorio de la Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino de la misma fecha. La iniciativa, impulsada años antes y respaldada por el primado de Polonia, prosperó cuando el cardenal Karol Wojtyła, firmante de la instancia, fue elegido papa. Este es el único título de patronazgo de Capistrano respaldado por documento pontificio rastreable.
Su fundamento es coherente con la vida del santo. En Belgrado, Capistrano no actuó como un conquistador, sino como el arquetipo del capellán castrense, el clérigo que permanece junto a la tropa aterrada en la vanguardia, que asiste a los moribundos y que termina entregando la vida, murió de la peste del campamento, por la salud de su rebaño.
El patronazgo sobre los jueces, los juristas y los abogados es de otra naturaleza, y la honestidad obliga a decirlo. No existe documento pontificio, decreto de la Congregación para el Culto Divino ni entrada en los Acta Apostolicae Sedis que lo declare formalmente. Se trata de una atribución consuetudinaria, fundada en su formación in utroque iure y en su carrera de juez incorruptible. Es significativo que la voz más autorizada sobre su vida, el Dizionario Biografico degli Italiani, documente con detalle su carrera jurídica pero no mencione patronazgo alguno de juristas, y que las fuentes vaticanas lo titulen solo patrono de los capellanes militares.
Conviene además desmentir un error frecuente. La Carta Servandus quidem de 1984 se refiere exclusivamente a los capellanes militares, no a los juristas; atribuirle ambos patronazgos es una confusión difundida que este texto no repite. En la tradición de la profesión jurídica, Capistrano se invoca junto a otros tres santos abogados. San Ivo de Kermartin, patrono bretón de los abogados y «abogado de los pobres»; San Raimundo de Peñafort, patrono de los canonistas; y Santo Tomás Moro, patrono de los gobernantes y juristas. La diferencia de Capistrano es la doble cara, juez antes que santo, y luego defensor armado de la fe, que lo convierte en el espejo más incómodo y más rico de los cuatro.
Seis siglos después de su muerte, la figura de Capistrano sigue interpelando a quien se dedica al derecho. No como un intercesor lejano para causas perdidas, sino como un arquetipo que obliga a pensar.
Para la deontología judicial contemporánea, incluida la costarricense, articulada en torno a la integridad, la independencia, la imparcialidad y el servicio a la justicia que recogen los códigos iberoamericanos de ética judicial, la vida de Capistrano condensa varios valores nucleares. La incorruptibilidad del juez del rione de Santa Susanna, que no cedió ni a las amenazas ni al dinero, es el reverso exacto del cohecho y el tráfico de influencias. Su competencia técnica, certificada por el doctorado en ambos derechos, ejemplifica el deber de excelencia. Y su Speculum conscientiae muestra que para él la técnica jurídica estaba subordinada a la rectitud moral, distinción capital para una ética que no confunde la mera legalidad con la justicia sustancial. Que el mismo hombre fuera también el inquisidor de Breslau no borra esos valores. Los pone a prueba, y enseña que el derecho desprovisto de garantías se vuelve instrumento de coacción.
El arte lo fijó con atributos reconocibles. Se le representa como un franciscano demacrado con el hábito gris de la Observancia, sosteniendo el estandarte blanco con cruz roja que porta el sol radiante con el monograma IHS, el emblema bernardiniano del Nombre de Jesús que lo identifica como alférez de la cruzada. A menudo aparece pisando un turbante turco, símbolo de Belgrado. El políptico del Maestro de San Giovanni da Capestrano, obra de Giovanni di Bartolomeo dell’Aquila de hacia 1480-1485, hoy en el Museo Nazionale d’Abruzzo de L’Aquila, y una tabla de Bartolomeo Vivarini de 1459 conservada en el Louvre, figuran entre los testimonios más tempranos de su culto. En el púlpito exterior de la catedral de San Esteban de Viena se conserva su memoria por las predicaciones de 1451. La imagen que ilustra esta investigación recoge ese doble registro: el hábito y el estandarte del santo soldado, sobre el escritorio, la balanza y los libros del jurista.
Su devoción cruzó el Atlántico de la mano de los franciscanos. El español Junípero Serra fundó la Misión San Juan Capistrano, séptima de las veintiuna misiones de la Alta California, el 1 de noviembre de 1776, tras una primera fundación abortada el año anterior. La Serra Chapel, de 1782, es el edificio más antiguo de California que sigue en uso. La misión es célebre en todo el mundo por el retorno anual de las golondrinas, que según la tradición regresan cada 19 de marzo, fiesta de San José, motivo que inspiró la conocida canción de Leon René. Existe además una segunda Misión San Juan Capistrano cerca de San Antonio, en Texas. En Europa, su tumba de Ilok y su Capestrano natal siguen siendo centros de peregrinación, y en Hungría se le venera como héroe nacional, el «liberador de Nándorfehérvár».
Para el abogado, el notario o el juez costarricense, Capistrano no es una curiosidad de calendario litúrgico. Es una pregunta. ¿Puede el rigor técnico convivir con la rectitud moral sin que uno ahogue al otro? ¿Hasta dónde llega el deber de defender una causa y dónde empieza el deber de servir a la verdad? El santo que defendió a un inocente ante un tribunal cardenalicio y el que promovió un proceso atroz en Breslau son la misma persona, y esa contradicción es la lección. La probidad no es un punto de llegada garantizado por un título. Es una decisión que se renueva cada día, en cada expediente, frente a cada presión.
Nació el 24 de junio de 1386 en Capestrano, una villa de los montes Abruzos que entonces pertenecía al Reino de Nápoles, en la diócesis de Sulmona. Murió el 23 de octubre de 1456 en Ilok —Újlak en húngaro—, a orillas del Danubio, en la entonces Eslavonia húngara, hoy ciudad fronteriza de Croacia, víctima de la peste contraída tras la batalla de Belgrado. La tradición que lo hace morir en «Villach», en Austria, es una confusión toponímica que la historiografía moderna ha descartado.
Porque antes de ser fraile fue un jurista en ejercicio. Se doctoró in utroque iure en la Universidad de Perugia y gobernó esa ciudad como juez incorruptible, sin dejarse corromper ni por las amenazas de los poderosos ni por el dinero de los ricos. Ese ejercicio real del derecho, y no una simple devoción, fundamenta su patronazgo. Es importante precisar que se trata de una atribución consuetudinaria, sostenida por la tradición y la piedad de la profesión, no de un decreto pontificio formal.
No. A diferencia del patronazgo sobre los capellanes militares, que sí fue proclamado formalmente por Juan Pablo II mediante la Carta Apostólica Servandus quidem del 10 de febrero de 1984, no existe documento pontificio ni decreto de la Congregación para el Culto Divino que declare a Capistrano patrono de los juristas. Es una atribución tradicional fundada en su biografía. Conviene desconfiar de las páginas que citan decretos inexistentes sobre este punto.
Bernardino de Siena fue su maestro de teología y la figura que orientó su vida franciscana. Cuando Bernardino fue acusado de idolatría por promover la devoción al Nombre de Jesús con el monograma IHS, Capistrano asumió su defensa ante una comisión de cardenales en Roma y obtuvo la absolución. Junto a Bernardino, a Jaime de la Marca y a Alberto de Sarteano, es considerado uno de los «cuatro pilares» de la reforma observante de la orden franciscana.
El papa Calixto III le encargó, a los setenta años, predicar y organizar una cruzada para defender Hungría del avance otomano tras la caída de Constantinopla. Reclutó un ejército de campesinos y artesanos que se unió a las tropas del capitán János Hunyadi. Durante el asedio de Belgrado animó el contraataque enarbolando una cruz como estandarte; el sultán Mehmed II resultó herido y ordenó la retirada. La victoria del 22 de julio de 1456 detuvo el avance otomano hacia Europa central durante más de setenta años.
Capistrano y los observantes promovieron los Monti di Pietà, montes de piedad, instituciones de crédito solidario que prestaban a interés mínimo o nulo a cambio de una prenda, como alternativa a la usura. Frente a quienes los acusaban de usura encubierta, los franciscanos demostraron jurídicamente que el pequeño recargo no era lucrum —ganancia usuraria— sino stipendium, costo operativo para sostener el sistema. Esa distinción abrió el camino dogmático para las cajas de ahorros y el crédito social moderno.
El más grave es su papel en el proceso de Breslau de 1453, que terminó con la quema de cuarenta y un judíos y la expulsión de los restantes tras una acusación de profanación de la hostia. Su predicación atizó el sentimiento antijudío de la época, aunque la historiografía reciente, como los estudios de László Veszprémy, discute su responsabilidad personal directa en las torturas, que probablemente fue amplificada por crónicas tardías. También fue inquisidor de fraticelli y husitas. Una valoración honesta distingue el hecho documentado de la leyenda y de la hagiografía que lo exculpa.
Fue beatificado el 19 de diciembre de 1650 por Inocencio X y canonizado el 16 de octubre de 1690 por Alejandro VIII, no Alejandro VII como repiten erróneamente algunas fuentes. La bula formal de canonización, Rationis congruit, se promulgó después, el 4 de junio de 1724, bajo Benedicto XIII, lo que explica que ciertas fuentes daten la canonización en esa fecha posterior.
Porque el franciscano Junípero Serra fundó en su honor la Misión San Juan Capistrano, séptima de las veintiuna misiones de la Alta California, el 1 de noviembre de 1776. La misión dio nombre a la actual ciudad californiana y es célebre por el retorno anual de las golondrinas, que la tradición sitúa cada 19 de marzo, fiesta de San José. Existe además una segunda misión con su nombre cerca de San Antonio, en Texas.
Ambos son patronos de la profesión jurídica, pero por caminos opuestos. San Ivo de Kermartin fue un abogado y juez eclesiástico bretón célebre por defender gratuitamente a los pobres, el «abogado de los pobres» que ejerció el derecho hasta su muerte. Capistrano, en cambio, renunció a una brillante carrera jurídica y política para hacerse fraile, y puso después su formación al servicio de la reforma de la Iglesia, la defensa de inocentes ante los tribunales y la cruzada. Ivo encarna al jurista que sirve desde el oficio; Capistrano, al que lo trasciende.
Hay una paradoja en el corazón de este patronazgo, y vale la pena no esquivarla. La Iglesia eligió como patrono de los juristas a un hombre que abandonó el derecho. El día que desfiló sobre el asno con el cartel de sus pecados, Juan de Capistrano renunció a la magistratura, a la riqueza y al matrimonio que su carrera había construido. No volvió a sentarse en un estrado civil. ¿Qué enseña entonces su figura a quien hoy ejerce la abogacía?
No enseña que el buen abogado sea un exabogado. Enseña que San Juan de Capistrano no abandonó su formación jurídica, sino que la puso al servicio de fines más altos. Defendió a inocentes ante el tribunal cardenalicio que amenazaba a Bernardino. Redactó la legislación que dio identidad a la Observancia y la salvó de la fragmentación. Diseñó el armazón legal de los montes de piedad que arrancaron a miles de pobres de las garras de la usura. Negoció paces entre ciudades enemigas. El derecho que aprendió en Perugia no quedó atrás aquella mañana de 1416. Lo acompañó hasta las murallas de Belgrado, donde lo último que necesitó fue una cruz y no una espada.
Y, sin embargo, la honestidad histórica impide cerrar con un elogio limpio. El mismo intelecto que defendió a los inocentes prestó su prestigio a procesos que hoy reconocemos como atroces. Esa contradicción no es un defecto del relato. Es el relato. Capistrano es, a la vez, el modelo del juez probo y la advertencia sobre lo que ocurre cuando el derecho se subordina a la coacción y prescinde de las garantías. Por eso es un patrono más exigente que un simple dechado de virtudes. Obliga a recordar que la integridad técnica no basta, que la conciencia es el último tribunal, y que cada generación de juristas vuelve a enfrentar, en sus propios términos, la pregunta que él respondió primero de un modo y luego de otro. Para qué sirve el derecho, y a quién sirve.
Quien visite hoy Ilok encontrará, a orillas del Danubio, la iglesia franciscana donde reposa el cuerpo de un hombre que nació entre las vendettas de los Abruzos y murió entre los cadáveres de una guerra de fronteras. Entre un punto y otro caben un doctorado en Perugia, una toga de gobernador, unas cadenas en una torre, un hábito remendado, diecisiete volúmenes de sermones, los estatutos de una reforma, la defensa de un santo amenazado de hoguera, el blindaje legal del primer crédito para pobres de Europa, la sombra de Breslau y un estandarte alzado contra el ejército más poderoso de su tiempo. Pocas vidas reúnen tanto, y casi ninguna lo reúne con tanta coherencia interna y tanta contradicción a la vez.
La balanza y la cruz que la iconografía pone en sus manos no son adornos. Son las dos herramientas con que entendió su existencia. La balanza, la del juez que aprendió que la ley es ministerio y no propiedad. La cruz, la del que un día decidió que ninguna sentencia humana valía lo que la conciencia ante el tribunal definitivo. Que un mismo hombre haya cargado ambas, con grandeza y con sombras, es lo que lo vuelve, todavía hoy, el espejo donde la abogacía se reconoce. No en lo que tuvo de impecable, sino en lo que tuvo de humano, de contradictorio y de exigente. San Juan de Capistrano no pide a los juristas que sean perfectos. Les pide que no olviden que también ellos serán juzgados.
¡Cuando está en juego lo que más importa,
solo la perfección es aceptable!
Porque la verdadera justicia requiere excelencia, dedicamos nuestro tiempo a quienes entienden que
un servicio jurídico excepcional es una inversión, no un gasto.
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