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Biografías

Rodrigo Facio Brenes

Lic. Larry Hans Arroyo Vargas 

12

Índice de contenido
La cuna que prefiguró todo
El liceísta del Rebelión
Escuela Nacional de Derecho
El Centro para el Estudio de los Problemas Nacionales
La huelga de Brazos Caídos y la breve detención
La Asamblea Constituyente del 49
La guerrilla parlamentaria
La Universidad como segunda obra magna
La Reforma del 57
El ideólogo y el caudillo
Pensamiento económico y jurídico
Obra escrita
Tensiones, conflictos y sombras
La memoria de un Padre constitucional
El constitucionalista que vencerá derrotado
Preguntas frecuentes sobre Rodrigo Facio Brenes
¿Quién fue Rodrigo Facio Brenes?
¿Cuándo y dónde murió Rodrigo Facio Brenes?
¿Es cierto que Rodrigo Facio escribió la Constitución de 1949?
¿Qué papel jugó Rodrigo Facio en la Asamblea Constituyente de 1949?
¿Por qué la Ciudad Universitaria de la UCR lleva el nombre de Rodrigo Facio?
¿Quién era Justo Facio, padre de Rodrigo Facio Brenes?
¿Qué fue el Centro para el Estudio de los Problemas Nacionales?
¿Por qué un billete costarricense tenía la efigie de Rodrigo Facio?
¿Por qué Rodrigo Facio rechazó el Ministerio de Economía en 1953?
¿En qué año se declaró Benemérito de la Patria a Rodrigo Facio Brenes?
¿Cuál fue la tesis de licenciatura de Rodrigo Facio?
¿Por qué se acusó a Rodrigo Facio de comunista en 1960?
Referencias Bibliográficas

El cuerpo del rector quedó tendido en la arena oscura de Metalío. Había salido del agua por sus propios medios, había caminado los pocos pasos que lo separaban de la playa firme, y allí, al alcanzar el suelo seco del cantón salvadoreño de Acajutla, el corazón de Rodrigo Facio Brenes terminó de rendirse. Era la tarde del 7 de junio de 1961. Tenía cuarenta y cuatro años. El mar de Sonsonate había estado violento toda esa jornada y él, que había trabajado largas horas bajo el sol de la misión técnica del Banco Interamericano de Desarrollo, había decidido nadar contra el oleaje. Quien revisa la versión documentada por el Museo+UCR encuentra una frase que no admite ambigüedad sobre lo ocurrido.

«Después de un día de trabajo como parte de una misión del BID, fue a nadar, pero el mar estaba muy violento y tuvo que luchar para no ahogarse. A pesar de que logró salir con vida, el esfuerzo le provocó un infarto»

Las últimas palabras documentadas refieren un dolor en el brazo. No fue una muerte por ahogamiento, como repitieron durante décadas algunas reseñas apresuradas; fue un infarto de miocardio precipitado por un esfuerzo extremo en un cuerpo que llevaba años sosteniéndolo todo. La fecha tampoco fue, como otra inexactitud frecuente repitió en biografías populares, el 19 de mayo. Fue el 7 de junio. El error de tres semanas tiene importancia: marca la diferencia entre repetir mitos y leer fuentes. Y leer fuentes es la única forma honesta de aproximarse a este hombre.

Cinco meses antes de aquella tarde en la arena, el 15 de enero de 1961, Facio había firmado su renuncia a la rectoría de la Universidad de Costa Rica. El 16 de enero había aceptado el cargo de Consultor de Asuntos Sociales del BID. Una etapa internacional empezaba. Un proyecto institucional cerraba. Había planeado un nuevo capítulo que duró cuatro meses y veintidós días.

El telegrama que llegó a San José esa noche partió en dos la conmoción universitaria. El Consejo Universitario interrumpió sus tareas. Los Anales de la Universidad de Costa Rica de 1961 conservan los discursos de duelo, las sesiones extraordinarias, las flores que se acumularon en el campus de San Pedro de Montes de Oca, ese campus que él mismo había levantado piedra por piedra desde su elección como rector el 27 de septiembre de 1952. El cuerpo fue repatriado. El funeral oficial se celebró en la capital costarricense, y el sepulcro descansa hasta hoy en el Cementerio General de San José, aunque la ubicación exacta del nicho no consta en las fuentes consultadas.

El 22 de noviembre de 1961, cinco meses y quince días después del infarto en Acajutla, la Asamblea Legislativa aprobó el Acuerdo N.º 397. El texto único, breve como suelen ser los grandes reconocimientos, decretó.

«En uso de las facultades que le confiere el inciso 16) del Artículo 121 de la Constitución Política, declarar Benemérito de la Patria al Licenciado don Rodrigo Facio Brenes. PUBLÍQUESE»

Lo firmaron Mario Leiva Quirós como Presidente, Manuel Dobles Sánchez como Primer Secretario y Hernán Caamaño Cubero como Segundo Prosecretario. Pocos beneméritos costarricenses han llegado a ese honor con la unanimidad transversal que rodeó el de Facio. Y casi ninguno con esa edad. Cuarenta y cuatro años. Una vida cortada cuando empezaba a cambiar de plano.

Esta biografía no quiere comenzar con la fecha de nacimiento ni con el linaje familiar. Quiere comenzar con la arena de Metalío porque allí termina algo y allí, también, comienza el trabajo de leer su vida hacia atrás. Hacia atrás en el tiempo y hacia adentro en el sentido. ¿Qué hizo este abogado costarricense entre el 23 de marzo de 1917 y el 7 de junio de 1961 para que la rectoría de la principal universidad de su país lleve hoy su nombre, para que los billetes de diez colones de los años setenta exhibieran su rostro, para que la Asamblea Legislativa lo declarara Benemérito de la Patria con apenas dos generaciones de distancia respecto de su muerte? Y, sobre todo, ¿qué hizo este hombre para que el constitucionalista Alex Solís Fallas escribiera en 2012, sesenta y tres años después de la Asamblea Constituyente del 49, que la fórmula popular «Facio escribió la Constitución del 49» es inexacta y, sin embargo, su huella sobre ese texto sobrevive en cinco artículos centrales de la Carta vigente? La playa de Acajutla devuelve un cadáver y entrega una pregunta. La biografía intenta responderla.

La cuna que prefiguró todo

Rodrigo Facio Brenes nació en San José el 23 de marzo de 1917, según la fecha sostenida por el Museo+UCR, el Consejo Universitario y la Encyclopedia of Latin American History and Culture de Lowell Gudmundson. Otras fuentes, entre ellas Wikipedia en español y la página oficial del Partido Liberación Nacional, registran el 26 de marzo. La discrepancia documental no se ha resuelto en archivos parroquiales públicos, pero el peso institucional del registro universitario inclina la balanza hacia el 23. Una biografía honesta debe reconocer la duda y dejarla sembrada para futuros investigadores con acceso al Registro Civil.

El padre era Justo Antonio Facio de la Guardia, un panameño nacido en Santiago de Veraguas el 17 de agosto de 1859, hijo a su vez de Justo Facio Carrasco y Natividad de la Guardia. Había llegado a Costa Rica en plena adultez, traía consigo el pulso del modernismo poético hispanoamericano y una vocación pedagógica que lo convirtió en figura del aparato educativo costarricense. Publicó Mis versos en 1894, ocupó cargos como subsecretario y secretario de Instrucción Pública, escribió en periódicos y mantuvo correspondencia con la generación literaria de su tiempo. Cuando Rodrigo nació, Justo Facio era ya una figura reconocida del periodismo cultural costarricense, un hombre con redes propias en la cultura y la política, redes que Iván Molina ha subrayado como factor determinante para entender el ascenso temprano del hijo: «Facio se benefició de los contactos establecidos por su padre tanto en la esfera de la cultura como en el mundo de la política».

La madre era Rosario Brenes Mata, llamada Rosarito por la familia, maestra normal costarricense, mujer culta cuya conciencia social, según los testimonios biográficos, marcó el ambiente cotidiano del hogar. La línea materna pesa por algo más que la presencia diaria: lo conectaba con dos figuras capitales de la cultura jurídica e intelectual del país. El primero era Roberto Brenes Mesén, hermano de su madre y por tanto tío directo, regresado a Costa Rica en 1939 después de su larga estancia en Estados Unidos, mentor de toda una generación que incluyó a su sobrino. El segundo era Alberto Brenes Córdoba, Alberto Brenes Córdoba, pariente más lejano por la rama Brenes y figura indispensable de la tradición jurídica que el joven Rodrigo iba a heredar de manera literal. Crecer en esa cuna significaba algo más que clase media intelectual. Significaba estar conectado, desde la primera infancia, con los nervios cultos de un país pequeño donde las élites letradas se conocían por su nombre.

El hogar de los Facio Brenes se describió, en testimonios recogidos por la UNED y por EcuRed, como un ambiente «donde se discutía sobre literatura, educación y política». Esa frase, que podría sonar a fórmula de catálogo, en el caso de Rodrigo es una descripción estricta. En diciembre de 1926, cuando todavía no cumplía los diez años, el periódico La Nueva Prensa ya publicaba poemas dedicados a él. Lo nombraban como una promesa literaria. Es difícil leer esa precocidad sin recordar que su padre era poeta premodernista y que su tío Roberto Brenes Mesén era una de las figuras más influyentes del modernismo hispanoamericano tardío. La poesía vino antes que el derecho. Vino antes que la economía. Vino antes que casi cualquier otro lenguaje en su vida adulta.

Sobre los hermanos no hay datos firmes en las fuentes consultadas. La línea Facio que sí está documentada es la de su pariente Gonzalo J. Facio Segreda, descrito por Wikipedia como sobrino y compañero de generación de Rodrigo. El parentesco exacto no aparece especificado en las fuentes primarias, pero los dos hombres aparecen una y otra vez juntos en los registros del Centro para el Estudio de los Problemas Nacionales y en la generación que articuló el ideario socialdemócrata costarricense.

Hacia mediados de la década de 1940 Rodrigo Facio se casó con Leda Fernández Vaglio. De ese matrimonio nacieron tres hijas: Dagmar, la primogénita, filóloga y administradora, militante posterior del Partido Acción Ciudadana fundado en 2002 y candidata por el Frente Amplio a la primera vicepresidencia en 2014; Tatiana; y Gabriela. Las tres hermanas Facio Fernández aparecerán en la fase final de esta biografía cuando se aborde el sainete del retrato y el legado disputado, porque Dagmar será una de las voces que desde dentro del propio campo socialdemócrata costarricense reclamará en público la traición del PLN al ideario de su padre.

La familia, el linaje, la red. Rodrigo Facio Brenes no nació en el vacío. Nació en un centro de gravedad cultural donde la palabra escrita pesaba como un instrumento, donde la política era una extensión natural de la conversación de sobremesa, donde el apellido materno lo conectaba con la jurisprudencia codificada del país y el apellido paterno con la literatura modernista del istmo. Había nacido para algo, en el sentido más estricto y menos místico de la frase: había nacido en una posición desde la cual algo se podía empezar a construir.

El liceísta del Rebelión

El primer salón de clases formal de Rodrigo Facio fue la Escuela Buenaventura Corrales, en pleno casco urbano de San José, ese edificio de placas metálicas que toda generación costarricense conoce sin más como el Edificio Metálico. Allí cursó la primaria. Allí empezó a leer fuera del programa. Las fuentes biográficas no conservan anécdotas de aula sobre ese período, pero el siguiente tramo de su trayectoria solo tiene sentido si se asume una primaria de ambición intelectual seria.

Entre 1931 y 1935 cursó la educación secundaria en el Liceo de Costa Rica, el colegio masculino de élite que durante la primera mitad del siglo XX formó a buena parte de las cabezas que iban a pensar el país. Allí obtuvo el bachillerato en Ciencias y Letras al cumplir los dieciocho años. Coincidió en aulas con Carlos Monge Alfaro, futuro rector y futuro biógrafo, y con Isaac Felipe Azofeifa, futuro poeta y figura central del CEPN. Las generaciones del Liceo de aquellos años no eran un detalle anecdótico; eran un órgano informal del Estado por venir.

En el Liceo, Facio empezó a publicar. El periódico estudiantil Rebelión, cuyo nombre ya anticipaba su tono, recogió sus primeros textos. La adolescencia de quien iba a convertirse en el ideólogo socialdemócrata costarricense no fue una juventud apacible: era una juventud crítica, tensa, cargada de lecturas heterodoxas que entraban al país por canales todavía precarios pero efectivos. La biblioteca privada de Roberto Brenes Mesén, su tío, parece haber funcionado como depósito de las ediciones que en San José todavía no circulaban en librerías corrientes.

Hay un dato que cualquier lector contemporáneo encuentra desconcertante hasta que se familiariza con el contexto. En 1939, antes de cumplir veintidós años, Rodrigo Facio publicó en el periódico estudiantil Frente Estudiantil un texto que atacaba al comunismo. Las palabras concretas que se conservan, citadas en las recopilaciones del archivo de su época, lo describen como «prédica subversiva, dogmatismo e intransigencia y al mismo tiempo sospechosa transigencia táctica». El joven que iba a ser acusado en 1960 por el Diario de Costa Rica de pro-castrista y comunista, era ya en 1939 un anticomunista declarado. La paradoja es solo aparente: en la Costa Rica de los años treinta y cuarenta, el anticomunismo de izquierda no era una contradicción sino una posición política reconocible, la de los socialdemócratas europeos que separaban con corte tajante democracia y dictadura, reforma social y totalitarismo bolchevique. Facio leía a Eduard Bernstein, leía a Harold Laski, leía a Víctor Raúl Haya de la Torre; ninguno de los tres era afín al modelo soviético. La línea que Facio iba a sostener durante toda su vida adulta —Estado social pero democrático, intervencionismo pero sin estatización totalitaria, redistribución pero sin colectivización— ya estaba esbozada en sus textos liceístas.

El Liceo lo formó como lector y como polemista. Lo formó en la convicción de que escribir era hacer política y que pensar era hacer prosa. Esa fue, quizás, la lección que se llevó de aquellos cinco años: la palabra escrita como herramienta de transformación pública, no como adorno literario, ejercida en el periódico estudiantil Rebelión desde 1935 y prolongada después en Surco y en el Diario de Costa Rica. Una convicción que Facio iba a llevar después a la cátedra, a la Asamblea Constituyente y a la dirección editorial de la revista Surco.

A los dieciocho años, en diciembre de 1935, dejó el Liceo con el bachillerato bajo el brazo y la decisión tomada: estudiaría Derecho. La Escuela Nacional de Derecho lo esperaba al otro lado del verano. La clase política costarricense también, aunque ella no lo supiera todavía.

Escuela Nacional de Derecho

En 1936 Rodrigo Facio ingresó a la Escuela Nacional de Derecho. La institución, fundada en el siglo XIX, todavía no era parte de una universidad en sentido estricto; recién en 1940 se integraría a la Universidad de Costa Rica refundada por la Ley Orgánica del 4 de agosto de ese año. Facio cursó, por tanto, parte de su carrera bajo el régimen anterior y la concluyó bajo el nuevo. Esa transición no fue un detalle administrativo: marcó el ánimo de toda una generación que vio al país intentar dotarse, por primera vez, de una universidad nacional moderna.

El estudiante destacaba pronto. En 1937, a los veinte años recién cumplidos, presidió la Asociación Cultural de Estudiantes de Derecho. Era el cargo que daba voz pública al alumnado en los debates del foro, y Facio lo usó para incorporar al gremio estudiantil en discusiones que rebasaban el ámbito gremial. La Asociación organizaba ciclos de conferencias, traía expositores externos, debatía la coyuntura política nacional. Los registros de actividad de aquellos años, recogidos por la fundación El Espíritu del 48, retratan a un líder estudiantil que entendía la facultad como espacio formativo y a la vez como plataforma cívica.

La tesis de licenciatura fue, en sí misma, un acontecimiento. Titulada Estudio sobre economía costarricense, fue presentada a la Facultad de Derecho en octubre de 1941 y publicada como libro al año siguiente, en 1942, como entrega N.º 1 de la Editorial Surco vinculada al Centro para el Estudio de los Problemas Nacionales. Se trataba, en lo formal, de una tesis de Licenciatura en Leyes. En su contenido era otra cosa: el primer intento sistemático de leer la economía costarricense con categorías estructuralistas, mucho antes de que la CEPAL acuñara el vocabulario de centro y periferia. José Luis Vega Carballo, en su artículo de 2012 en la Revista de Ciencias Sociales de la UCR, sostuvo que Facio «se adelantó en diez o quince años al pensamiento económico de la CEPAL». Es una afirmación cargada y, sin embargo, comprobable: cualquier lector que abra el Estudio de 1942 se topa con un análisis del monoexportador cafetalero-bananero, una crítica del laissez-faire manchesteriano y una propuesta de planificación democrática que Raúl Prebisch publicaría siete años más tarde en su Manifiesto de la CEPAL de 1949.

El 20 de diciembre de 1941, a los veinticuatro años, Rodrigo Facio recibió el título de Licenciado en Leyes. El director específico de su tesis y los profesores concretos que lo formaron no aparecen identificados con precisión en las fuentes consultadas, pero el mentor general de toda su generación, repetido sin variación por todas las biografías académicas, fue Roberto Brenes Mesén. Su tío. El vínculo fue directo, cotidiano, sostenido en el tiempo.

Sobre el posgrado en el extranjero hay una zona oscura que merece consignarse con honestidad. Las fuentes oficiales costarricenses, entre ellas el Consejo Universitario y la fundación El Espíritu del 48, repiten una fórmula vaga: «Realizó después un curso de Economía en una Universidad de Norteamérica». Sin nombre. Sin grado. Sin fechas. Wikipedia en español agrega un genérico «estudios superiores de derecho y economía» que tampoco identifica institución. La afirmación que circula a veces de un grado obtenido en la Universidad de Chicago o en la London School of Economics no se ha podido verificar en ninguna fuente académica primaria. El consenso de los biógrafos modernos es que Facio fue un autodidacta en economía. Vega Carballo lo dice sin rodeos: «Rodrigo Facio Brenes fue abogado y a la vez un economista autodidacta, quizás el más sobresaliente de su generación». Un curso corto, sí. Un grado formal de posgrado, no.

Las influencias intelectuales que aparecen una y otra vez en sus textos son, sin embargo, inequívocas. Estaba el aprismo de Haya de la Torre, en cuya estela Facio escribió varios artículos sobre antimperialismo. Estaba José Carlos Mariátegui y la lectura latinoamericana del marxismo heterodoxo. Estaba Lenin, leído como teórico del imperialismo más que como guía revolucionario. Estaban Hilferding y Hobson, dos nombres que aparecen citados con precisión en sus análisis del capital financiero. Estaba el propio Marx, no como dogma sino como herramienta crítica. Estaba Keynes, presente en los artículos de Surco entre 1942 y 1945, porque Facio creía en la intervención anticíclica del Estado y en el modelo del New Deal como respuesta democrática a la crisis del capitalismo liberal. Estaba el reformismo costarricense de Alfredo González Flores, leído como antecedente local del programa que el propio Facio quería escalar a una generación entera. Y estaban, en el plano filosófico-jurídico, los nombres que iba a citar al pie de la letra en sus discursos constituyentes: Hans Kelsen, Hermann Heller, Oliver Wendell Holmes, Luis Recaséns Siches —con quien mantuvo correspondencia personal sobre el poder constituyente—, Harold Laski, Eduard Bernstein. Una biblioteca cosmopolita en una San José todavía pequeña.

Los años de estudiante en la Escuela Nacional de Derecho fueron, así, mucho más que la obtención de un título. Fueron la construcción de un cuerpo doctrinal propio, la prueba de un método —el de leer la economía con categorías estructurales y el derecho con categorías sociales— y la consolidación de una red. Cuando Facio salió de la Escuela en diciembre de 1941 con el título de Licenciado en Leyes, ya había publicado en periódicos, ya había presidido una asociación estudiantil, ya había escrito una tesis que iba a ser libro fundacional. Y ya había fundado, un año y medio antes de graduarse, la organización que iba a marcar el resto de su vida.

El Centro para el Estudio de los Problemas Nacionales

El 4 de marzo de 1940, en San José, un grupo de jóvenes profesionales y universitarios se reunió y decidió constituir, ya con acta firmada, lo que durante meses habían venido tejiendo en charlas privadas: el Centro para el Estudio de los Problemas Nacionales. Ese mismo año, en algunas fuentes, aparece registrado que los preparativos habían empezado en febrero, pero el acta de fundación tiene la fecha del 4 de marzo. Tenían veintitrés años en promedio. Tenían lecturas en común. Tenían una convicción compartida: el país estaba mal pensado y necesitaba un grupo dedicado al análisis científico de sus problemas, capaz de proponer soluciones técnicas alejadas del «politiqueo» tradicional.

La lista de miembros fundadores conserva la pulsación generacional de aquella tarde. Rodrigo Facio Brenes y Gonzalo Facio Segreda figuraban entre los firmantes, junto con Daniel Oduber Quirós, Carlos Monge Alfaro, Isaac Felipe Azofeifa, Alberto Cañas Escalante, Eugenio Rodríguez Vega, Jorge Rossi Chavarría, Fernando Fournier Acuña, Luis Felipe Morúa Carrillo, Rodrigo Madrigal Nieto, Ottón Acosta Jiménez, Gabriel Dengo Obregón, Alfonso Trejos Willis y otros. Eran nombres que iban a ocupar después rectorías, ministerios, presidencias, cancillerías, embajadas, decanatos. La Costa Rica institucional posterior a 1948 es, en buena medida, una proyección biográfica de aquella reunión de marzo de 1940.

Facio no fue presidente formal del Centro. Fue su animador intelectual y editorial, lo que en términos prácticos significa más. Fue quien le dio forma de plataforma de pensamiento. Fue quien escribió los textos programáticos. Fue quien organizó la columna editorial de la revista Surco, el órgano de difusión que iba a convertir al CEPN en algo más que un círculo de estudio. La fuente liberacionista de El Espíritu del 48 lo dejó dicho con una precisión que ahorra rodeos.

«el Lic. Rodrigo Facio Brenes tuvo una participación sobresaliente desde sus comienzos, en la conducción de éste importante grupo, básicamente en lo referente a orientación y jefatura intelectuales… la mayor cantidad de ideas y propuestas salían de la mente prodigiosa de Facio»

Solís Fallas (2012) y Vega Carballo (2012) lo confirman desde el plano académico.

Surco salió por primera vez el 15 de septiembre de 1940. El subtítulo era «Cuaderno quincenal de cultura». La impresión inicial corrió a cargo de la Imprenta Acosta de San Ramón, en Alajuela, y el equipo editorial estaba compuesto por Raúl Zamora Brenes como director, Edwin Salas Bermúdez como administrador local y Rodrigo Facio Brenes como administrador en San José. Tras los primeros ocho números el cuaderno se trasladó a la Imprenta Borrasé de la capital y, a partir del 2 de febrero de 1941, se convirtió en el órgano oficial mensual del CEPN. La revista alcanzó al menos treinta y nueve entregas, con tiraje de mil seiscientos a dos mil ejemplares por número, una cifra notable para el ecosistema editorial costarricense de aquellos años. Tras la fundación del Partido Social Demócrata en 1945, Surco continuó como órgano del partido.

En las páginas de Surco, Facio publicó algunos de los textos que después iban a ser leídos como manifiestos del proyecto socialdemócrata costarricense. «Autoridad y Libertad», entre septiembre y octubre de 1940, fue una crítica ordenada al liberalismo clásico que pavimentó toda su prosa posterior. Sus artículos sobre capitalismo, comunismo y democracia entre 1942 y 1943 trazaron la trinchera de su anticomunismo democrático. «Un programa costarricense de rectificaciones económicas», en 1943, expuso por primera vez de manera articulada el conjunto de medidas que la generación del CEPN proponía. Y una columna sobre el triunfo del laborismo inglés en 1944 dejó constancia de la simpatía del grupo por las experiencias europeas de socialdemocracia parlamentaria. Su tesis de 1942 fue reeditada como entrega número uno de la Editorial Surco, transformando el cuaderno académico en libro fundacional.

Dentro de esos textos hay una cita literal que sintetiza, mejor que cualquier paráfrasis biográfica, la posición que Facio iba a sostener durante toda su vida. La publicó en Surco número 52, en febrero de 1945, página 23.

«Habremos así abandonado el liberalismo económico, pero no destruyéndolo con una estatización de carácter totalitario, sino superándolo mediante un régimen mixto de organizaciones autónomas cooperativas, y de intervención del Estado a través de sus ‘Servicios’ sobre las fuerzas económicas oligarcas o monopolistas»

La fórmula está ahí entera. Régimen mixto. Cooperativas. Intervención del Estado a través de servicios. Rechazo simultáneo del laissez-faire y de la estatización totalitaria. Quien quiera entender qué pensaba Facio del orden económico, no necesita más que esa oración.

El CEPN se autodescribía como antimperialista, opuesto a totalitarismos, centrista en su autodefinición, partidario de un «liberalismo constructivo». Esas categorías, vistas desde la izquierda contemporánea, suenan tibias; vistas desde la realidad política costarricense de los años cuarenta —con un gobierno calderonista aliado al comunismo de Vanguardia Popular y una oposición conservadora liderada por Otilio Ulate— eran una posición arriesgada y estratégica. El Centro defendía las garantías sociales de Calderón Guardia pero criticaba la administración estatal que las gestionaba. Defendía el sufragio efectivo pero rechazaba el caudillismo militar. Apoyaba el laicismo educativo pero no atacaba a la Iglesia. Era, en términos prácticos, la única plataforma costarricense que intentaba hacer reformismo social sin marxismo y democracia formal sin oligarquía.

Hacia 1944, según Víctor Hugo Acuña Ortega en Conflicto y reforma en Costa Rica, 1940-1949, el CEPN dejó de ser un grupo de estudio para convertirse «en una organización de lucha, más claramente política y partidaria». La transformación culminó el 11 de marzo de 1945 con la fusión, en el Teatro Latino de San José, entre el CEPN y el grupo Acción Demócrata de Alberto Martén, fusión que dio nacimiento al Partido Social Demócrata. El PSD sería la columna vertebral del que, seis años después, se llamaría Partido Liberación Nacional. La línea va de marzo de 1940 a marzo de 1945 a octubre de 1951. La columna intelectual de los tres momentos es, en buena medida, la misma persona.

La huelga de Brazos Caídos y la breve detención

Entre la fundación del Partido Social Demócrata en marzo de 1945 y el estallido de la guerra civil en marzo de 1948, hay tres años de tensión política costarricense que en ningún momento dejaron de exigir posición. Rodrigo Facio la dio. La dio desde la prosa pública —la columna semanal en el Diario de Costa Rica, los editoriales de Surco, los pronunciamientos del PSD— y la dio también desde la calle, aunque su biografía no es de barricadas sino de cátedras y comisiones.

La posición del CEPN y del PSD frente al gobierno de Rafael Ángel Calderón Guardia (1940-1944) y de su sucesor Teodoro Picado Michalski (1944-1948) era, vista hoy, paradójica solo en apariencia. Apoyaban la legislación social calderonista —el Código de Trabajo, las Garantías Sociales, la creación de la Caja Costarricense de Seguro Social— porque entendían que esa legislación era un punto de partida innegociable para cualquier proyecto de modernización. La criticaban, sin embargo, como insuficiente y mal administrada por un Estado que el grupo consideraba obsoleto, todavía organizado sobre principios decimonónicos incapaces de gestionar una sociedad moderna. La denuncia central no era contra las reformas, sino contra el aparato estatal que pretendía implementarlas. Para Facio, las garantías sociales sin reestructuración del Estado eran promesas con destino de letra muerta.

A esa crítica al Estado obsoleto se sumaba una segunda línea: el anticomunismo democrático. Vanguardia Popular, el partido comunista costarricense liderado por Manuel Mora Valverde, era aliado del calderonismo. Facio había sido anticomunista desde 1939 y lo siguió siendo durante toda su vida. En el manifiesto del PSD de 1945 lo dejó dicho con una franqueza que ahorra interpretaciones: «estamos frente al comunismo que pretende justificar con el progreso social la dictadura política y la liquidación de las libertades democráticas». El anticomunismo de Facio no era el de la derecha conservadora costarricense, que combatía toda reforma social como antesala bolchevique; era el de la socialdemocracia europea, que separaba con tajo limpio reforma y revolución, garantía social y dictadura del proletariado.

La oposición costarricense fue radicalizándose entre 1944 y 1948. Las elecciones del 8 de febrero de 1948 enfrentaron a Otilio Ulate, candidato del Partido Unión Nacional apoyado por la oposición no comunista, contra Calderón Guardia, que aspiraba al regreso a la presidencia. El Tribunal Electoral declaró ganador a Ulate; el Congreso, dominado por el calderonismo y por Vanguardia, anuló la elección. La crisis institucional desembocó en la guerra civil del 12 de marzo al 24 de abril de 1948, comandada por José Figueres Ferrer.

Antes de la guerra, durante el ciclo represivo del primer semestre de 1947, hubo un episodio menor pero relevante para esta biografía. A finales de junio, en plena escalada policial contra los líderes opositores que se preparaban para convocar una huelga general, Rodrigo Facio fue detenido por unas horas junto con Daniel Oduber Quirós y Gonzalo Facio Segreda. La detención fue corta —unas horas, no días— y fue denunciada por la oposición como abuso del aparato represivo. El Diario Costa Rica del 29 de junio de 1947 recogió la noticia. No fue cárcel prolongada; no hubo exilio. Fue, sin embargo, la única vez documentada en que Rodrigo Facio estuvo bajo custodia policial. Sirvió de propaganda para la oposición. Sirvió, también, para certificar que el ideólogo del PSD no se quedaba atrás cuando el grupo decidía actuar.

La Huelga de Brazos Caídos propiamente dicha estalló pocas semanas después, entre el 21 de julio y el 3 de agosto de 1947. Comercios, oficinas privadas y profesionales independientes paralizaron actividades durante dos semanas largas para presionar al gobierno de Picado por garantías electorales. La detención previa de Facio y de sus compañeros había funcionado como detonante moral del paro. La propaganda opositora la convirtió en evidencia del autoritarismo del régimen. La huelga consolidó al PSD como interlocutor político de peso en la oposición y tensó el escenario que culminaría con la crisis electoral de febrero de 1948 y la guerra civil.

La relación con Figueres entre 1944 y 1948 fue de alianza estratégica más que de comunión ideológica. Figueres encarnaba la acción militar y el carisma caudillista; Facio, la estructura programática. Coincidían en lo esencial —oposición al fraude calderonista, anticomunismo democrático, defensa del sufragio— pero no en el método. Iván Molina ha señalado en 2021 que la relación Facio-Figueres en aquellos años todavía no ha sido objeto de un estudio sistemático, y que las tensiones documentadas hablan de un vínculo complejo que la historiografía oficial del PLN ha tendido a suavizar.

Tras el triunfo de la Junta Fundadora de la Segunda República, instalada el 8 de mayo de 1948, Facio quedó fuera de su composición central. La Junta tuvo nueve miembros, encabezados por Figueres como presidente; Daniel Oduber fue secretario. Rodrigo Facio no fue miembro de la Junta. Recibió, sin embargo, dos nombramientos institucionales determinantes: el 20 de mayo de 1948 fue nombrado Director Suplente de la Junta Directiva del Banco Nacional de Costa Rica, y el 25 de mayo de 1948, mediante Decreto N.º 37 de la Junta Fundadora, fue designado miembro de la Comisión Redactora del Proyecto de Constitución Política, junto con Fernando Volio Sancho, Fernando Baudrit Solera, Manuel Antonio González Herrán, Fernando Lara Bustamante, Rafael Carrillo Echeverría, Fernando Fournier Acuña, Eloy Morúa Carrillo y Abelardo Bonilla Baldares. Dentro de esa comisión, Facio ejerció como Secretario, según consta en Castro Vega (2003, p. 3) y Solís Fallas (2012, p. 55).

La Junta gobernó por decreto durante dieciocho meses. Promulgó la abolición del ejército el 1 de diciembre de 1948 —medida que Facio había defendido desde su tesis de 1941—, decretó la nacionalización bancaria mediante el Decreto-Ley N.º 71 del 21 de junio de 1948, y convocó elecciones para una Asamblea Nacional Constituyente que se celebraron el 8 de diciembre de 1948. Esa fecha es el umbral de la sección siguiente. Allí empieza el momento más malentendido de toda su biografía pública.

La Asamblea Constituyente del 49

La Asamblea Nacional Constituyente de 1949 ha sido contada en Costa Rica de muchas maneras. La versión más persistente, la que se repite en colegios y en discursos, atribuye a Rodrigo Facio Brenes la autoría material de la Constitución vigente. Esa versión es falsa. No falsa en parte: falsa en su núcleo. La Constitución de 1949 que rige hoy en Costa Rica no fue redactada por Facio. El proyecto que la Junta Fundadora envió a la Asamblea, ese sí en buena medida trabajo del propio Facio como secretario de la Comisión Redactora, fue rechazado por la mayoría parlamentaria. La Asamblea decidió por votación trabajar sobre el texto de la Constitución de 1871 reformada. La fórmula popular «Facio escribió la Constitución del 49» es, como lo formuló Alex Solís Fallas en 2012 con prosa de constitucionalista, una inexactitud histórica.

Y, sin embargo, la huella de Rodrigo Facio sobre el texto vigente cubre artículos centrales de la parte orgánica y de los derechos sociales. Y, contra lo que parece, esa intervención por mociones aisladas dejó más anclas constitucionales que las que habrían sobrevivido en una redacción completa expuesta al voto en bloque. Esta sección y la siguiente intentan explicar por qué.

Las elecciones para la Asamblea se celebraron el 8 de diciembre de 1948. Los resultados fueron un golpe institucional para la Junta y para el PSD: de los cuarenta y cinco diputados propietarios, treinta y cuatro pertenecían al Partido Unión Nacional de Otilio Ulate, seis al Partido Constitucional, cuatro al Partido Social Demócrata. Un escaño adicional, el de José María Vargas Pacheco, fue otorgado por sentencia del Tribunal Supremo de Elecciones y se sumó al PUN. La Junta había triunfado con las armas en marzo y abril de 1948, había gobernado por decreto durante seis meses, había sometido al país a una transformación institucional sin precedentes —abolición del ejército, nacionalización bancaria— y, cuando llegó el momento de elegir constituyentes, las urnas castigaron al figuerismo en favor del ulatismo, leído como opción más conservadora y menos disruptiva.

Los cuatro propietarios del PSD electos fueron Rodrigo Facio Brenes, Fernando Fournier Acuña, Luis Alberto Monge Álvarez y Rogelio Valverde Vega. Como suplentes del PSD: Carlos Monge Alfaro y Rafael Carrillo Echeverría. Los datos están en el archivo de Soto Zúñiga citado por El Espíritu del 48 y confirmados por Castro Vega (2003).

La Asamblea se instaló el 15 de enero de 1949. Por mandato del Decreto N.º 151 de la Junta Fundadora, el Directorio Provisional de la primera sesión quedó integrado por José Joaquín Jiménez Núñez, Miguel Brenes Gutiérrez y Rodrigo Facio Brenes. Es decir: Facio formó parte del Directorio Provisional encargado de instalar la Asamblea, según consta en el Acta N.º 1 reproducida en la edición digital de Rodolfo Saborío Valverde. Pero al constituirse la Mesa Directiva definitiva esa misma sesión, Facio recibió apenas un voto para Primer Secretario y un voto para Primer Prosecretario. La presidencia recayó en José María Vargas Pacheco con cuarenta y cinco votos; la primera vicepresidencia en Marcial Rodríguez con treinta y siete; la segunda vicepresidencia en Edmundo Montealegre con treinta y dos; la primera secretaría en Fernando Vargas Fernández con treinta y tres. La aritmética parlamentaria reflejaba la realidad: el PUN ulatista controlaba la Mesa y el PSD había quedado reducido a una minoría sin capacidad de imponer presidencia ni vicepresidencia.

Ese mismo día, en la misma Acta N.º 1, Facio fue designado miembro de una Comisión Especial encargada de redactar la moción póstuma por la muerte del doctor Carlos Luis Valverde Vega, asesinado durante la guerra civil. Lo acompañaron en esa comisión Baudrit, Volio, Fournier, González Herrán y Carrillo. Era un gesto institucional, un reconocimiento al peso simbólico del jurista del PSD, pero no un cargo de poder.

El proyecto de Constitución elaborado por la Comisión Redactora entre mayo y noviembre de 1948 fue presentado por la Junta a la Asamblea con la firma de Figueres como presidente y los ministros Valverde, Gonzalo J. Facio, Orlich, Blanco Cervantes, Cardona, Odio, Martén y Gámez. Era un texto ambicioso. Incorporaba la planificación económica como mandato constitucional, definía un régimen robusto de instituciones autónomas, garantizaba la función social de la propiedad, regulaba el Servicio Civil con detalle programático, fijaba la Contraloría General como órgano auxiliar de la Asamblea Legislativa con autonomía operativa, y dotaba a la Universidad de Costa Rica de financiamiento permanente como expresión de su autonomía. Era, en términos contemporáneos, una Constitución de Estado social de derecho avanzada.

La Asamblea, dominada por el PUN, lo rechazó como base de discusión. La votación se dio en las primeras semanas de sesiones. La mayoría ulatista —recelosa de cualquier texto cuya autoría intelectual estuviera en el bando figuerista, deseosa de marcar distancia política con la Junta, conservadora en su lectura del orden constitucional— resolvió que la Asamblea trabajaría sobre el texto de la Constitución de 1871 reformada. Castro Vega (2003, p. 3) y Solís Fallas (2012, p. 55) coinciden en identificar a Rodrigo Facio como uno de los principales artífices del proyecto que la mayoría había desechado.

El rechazo no fue parcial sino frontal. No se discutió el proyecto del PSD artículo por artículo; se decidió no usarlo como punto de partida. Para un grupo de cuatro diputados frente a cuarenta y uno, la derrota era irreversible si se aceptaba el método de la mayoría. Facio había llegado a la Asamblea con un texto bajo el brazo y la Asamblea le había cerrado la puerta antes de discutirlo.

Allí, en ese momento, en febrero de 1949, empezó la verdadera operación intelectual de Rodrigo Facio en la Constituyente. Allí empezó la guerrilla parlamentaria que iba a torcer la lógica del rechazo y a infiltrar, artículo por artículo, moción por moción, las instituciones del Estado social de derecho costarricense en un texto que la mayoría había decidido construir sobre principios liberales decimonónicos.

La guerrilla parlamentaria

Cuatro diputados frente a cuarenta y uno. Un proyecto rechazado como base de discusión. Una mayoría ulatista resuelta a operar sobre la Constitución de 1871. La situación, en cualquier lectura aritmética, era una derrota irreversible para el PSD. Y, sin embargo, la Constitución que la Asamblea aprobó el 7 de noviembre de 1949 incorporó el régimen de instituciones autónomas, la autonomía universitaria con financiamiento permanente, el Servicio Civil, la Contraloría General de la República y la función social de la propiedad. Cinco piezas centrales del proyecto rechazado quedaron, al final, dentro del texto vigente. La pregunta que ha ocupado a los constitucionalistas costarricenses durante seis décadas es cómo ocurrió eso.

La respuesta corta tiene la forma de una palabra: mociones. La respuesta larga es la operación parlamentaria más estudiada del constitucionalismo costarricense del siglo XX.

Alex Solís Fallas, en su artículo de 2012 publicado en la Revista de Ciencias Sociales de la Universidad de Costa Rica, lo resumió en una frase que se ha vuelto cita canónica para entender lo que hicieron los cuatro diputados socialdemócratas.

«Con una muestra de gran valentía e ingenio insisten en su proyecto de constitución, pero ahora de manera desagregada, es decir, en forma de mociones, dirigidas a modificar la constitución de los conservadores y protectores del statu quo»

La operación consistió en tomar el texto rechazado, fragmentarlo en sus componentes elementales —cláusula por cláusula, institución por institución— y reintroducirlas como mociones individuales sobre los artículos correspondientes de la Constitución de 1871 que la mayoría sí estaba dispuesta a discutir. Cada moción se argumentaba en plenario con doctrina, jurisprudencia comparada y derecho constitucional moderno. Cada moción se votaba por separado. Algunas caían. Otras, contra todo cálculo de la aritmética parlamentaria, prosperaban.

Hay un patrón sostenido en las actas que explica por qué prosperaban. Facio era el orador del PSD. Las intervenciones eran técnicas, ordenadas, cargadas de citas a Kelsen, Heller, Holmes, Recaséns Siches, Laski. La oratoria parlamentaria costarricense de mediados del siglo XX no estaba acostumbrada a ese registro. La Asamblea, dominada por una mayoría conservadora pero cultivada, escuchaba. Algunos diputados ulatistas terminaban votando con el PSD por convicción doctrinal; otros lo hacían por respeto a la calidad del argumento; otros, por temor a quedar mal en las actas frente a un orador que les superaba en bibliografía. La derrota aritmética no se traducía en derrota intelectual. Y, en una Asamblea Constituyente, la derrota intelectual es la única que importa para el largo plazo.

El Acta N.º 21 del 22 de febrero de 1949 conserva la primera intervención de Facio que mereció elogio explícito de la mayoría. Discutida la ratificación de las facultades legislativas de la Junta, Facio dictó una disertación sobre la relación entre poder constituyente y gobierno de facto que el diputado Jiménez Ortiz calificó en plenario como «magnífica disertación». La disertación tomó posición contra la concepción solo formal de la constitucionalidad y a favor de una lectura política del poder constituyente. Era la primera vez que la Asamblea oía esa tesis con esa precisión. No fue la última.

El Acta N.º 36, en uno de los debates sobre la función social de la propiedad, conserva la cita literal con la que Facio abrió la discusión y que después se reprodujo en el Acta N.º 50 del 6 de abril de 1949 con un desarrollo más amplio. Las palabras textuales registradas en el Tomo I de la edición de la Imprenta Nacional dicen.

«Si ha de garantizársele al ciudadano medio, al hombre de la calle todos esos recursos y seguridades, pues ello tendrá que ser sacrificio de un Estado liberal, neutral entre los grandes problemas sociales, ello tendrá que ser con abandono del ejercicio libérrimo y absoluto de la propiedad particular, ello tendrá que ser mediante la intervención inteligente del Estado para distribuir mejor la riqueza nacional, limitando los abusos y las injusticias a que el absolutismo de la propiedad privada sin límites da lugar»

Esa cita es el corazón del artículo 45 vigente de la Constitución, que consagra la función social de la propiedad como límite al ejercicio privado del derecho dominical. La línea va del Acta N.º 50 al texto constitucional sin solución de continuidad doctrinal.

El Acta N.º 40 del 23 de marzo de 1949 registró otra intervención decisiva. Facio fue cofirmante, junto con los diputados Esquivel y Oreamuno, de la moción para ampliar el período de gobierno de la Junta hasta el 8 de mayo de 1950. La moción no era cómoda para el PSD —prolongar un gobierno de facto siempre tiene costo político—, pero Facio la sostuvo con el argumento de que la transición institucional requería continuidad operativa. La moción prosperó.

Las dos intervenciones más citadas por la historiografía universitaria costarricense fueron, sin embargo, las de las Actas N.º 160 y N.º 161, dedicadas al artículo 84 de la Constitución, que regula la autonomía universitaria. Allí Facio se jugó la pieza más cara del proyecto del PSD: la autonomía de la Universidad de Costa Rica con financiamiento permanente, sin necesidad de gestionar año tras año el presupuesto frente al Congreso. La cita literal del Acta N.º 160, recogida por proyectos.conare.ac.cr y reproducida en ucr.ac.cr el 25 de agosto de 2023, es directa.

«¿Deseamos realmente la autonomía para la Universidad? Todos aquí han dicho que sí, pues si la deseamos de verdad, tenemos que echar mano a un medio que le permita financiarse convenientemente, sin tener que renunciar a su libertad… Mañana, si una universidad no se adapta al ambiente político imperante, un Congreso, con el propósito de liquidarla, lo podrá conseguir fácilmente, rebajando el subsidio del Estado»

La consecuencia institucional de esa frase fue el régimen de financiamiento permanente que años después, en 1981, se materializaría en el Fondo Especial para la Educación Superior. El Acta N.º 161 cerró la argumentación con una sentencia que ha sido leída como advertencia por todas las generaciones universitarias posteriores: «pero, señores Diputados, si permitimos que el Congreso, que un centro normalmente movido por razones políticas pueda libremente legislar sobre las funciones de la competencia Universitaria, entonces la famosa autonomía se convierte en humo».

Las Actas N.º 131 del 17 de agosto y N.º 132 del 18 de agosto recogieron su defensa de la Editorial Universitaria, iniciativa que había impulsado en el Primer Congreso Universitario de 1946 y cuya inclusión constitucional defendió con el argumento de que la producción editorial autónoma era condición material de la libertad académica.

Hay un voto particular de Facio que merece registro especial porque ilumina su sistema de convicciones democráticas. Cuando la Comisión Redactora previa había discutido el artículo 98 del texto constitucional, en su versión original, el constituyente Volio Sancho había propuesto que el Tribunal Supremo de Elecciones tuviera la competencia de declarar la inconstitucionalidad de partidos por contrariar la democracia. La fórmula iba dirigida, en términos prácticos, contra el Partido Vanguardia Popular, el partido comunista costarricense aliado del calderonismo. Facio votó en contra. No porque defendiera al comunismo —su anticomunismo estaba documentado desde 1939—, sino porque consideraba que la prohibición ideológica de partidos vulneraba el principio democrático y politizaba al Tribunal Supremo de Elecciones. Sus palabras textuales, citadas por Castro Vega (2003, p. 216) y reproducidas en surcosdigital.com, fueron.

«en el propio seno de la Comisión Redactora, yo me pronuncié, y así consta en las actas respectivas, contra que fuese el Tribunal Supremo de Elecciones el llamado a declarar la descalificación de partidos inconstitucionales porque dije, y ahora lo repito, así lo que lograríamos sería poner en entredicho la imparcialidad de un organismo llamado exclusivamente a fallar, dentro del campo jurídico, el aspecto aritmético de los votos emitidos por los partidos, al ponerlo a fallar sobre cuestiones de fondo»

Ese voto es la prueba más límpida de que su anticomunismo era democrático y no autoritario. Defendió las reglas de juego incluso para los adversarios cuya doctrina combatía.

Castro Vega conservó otras citas literales que ayudan a reconstruir la voz de Facio en los debates..

«La revolución abrió y forzó el camino para iniciar una honda transformación del país. Hoy todo el pueblo está con el deseo de que Costa Rica se organice sobre bases nuevas y modernas, que sean capaces de darle al hombre medio mejores garantías para su libertad política, para su trabajo, para su familia, para su vida pública y privada»

(Castro 2003, p. 57). «Adjuramos del Estado hipertrofiado, personalista, del Ejecutivo a la Prusia, de la seguridad social recetada por Bismark; queremos un Estado democrático, libre, eficaz, responsable, controlado, dentro del cual la división de funciones y la descentralización garanticen a la ciudadanía contra presuntos irrespetos a sus derechos» (Castro 2003, p. 119). «Una Constitución se hace para un pueblo con puntos de vista fundamentalmente diferentes» (Castro 2003, p. 66) —cita que Solís Fallas usó como epígrafe de su estudio. «La constitución debe ser una norma de equilibrio» (Castro 2003, p. 96). Y la frase que mejor sintetiza la conciencia de Facio sobre lo que estaban haciendo en aquella sala: «Estamos haciendo una Constitución» (Castro 2003, p. 252).

La huella documentable del paso de Facio por la Asamblea quedó, al final, en cinco grandes piezas del orden constitucional vigente. El régimen de instituciones autónomas, en los artículos 188 a 190, sobre el cual el magistrado Cruz citaría décadas después la lectura faciana en términos canónicos: las autonomías buscan que el crecimiento administrativo del Estado moderno no se traduzca en una expansión del poder político del Ejecutivo. La autonomía universitaria con financiamiento permanente, en el artículo 84. El Servicio Civil, en los artículos 191 y 192, cuya ley de desarrollo fue promulgada después como la Ley 1581 del 30 de mayo de 1953. La Contraloría General de la República, en los artículos 183 y 184. Y la función social de la propiedad, en el artículo 45. Cinco piezas. Cinco mociones. Cinco derrotas convertidas en victorias por la insistencia parlamentaria de cuatro diputados que se negaron a aceptar que la aritmética fuera el final del debate.

La fórmula popular debe corregirse. Facio no escribió la Constitución del 49. Pero, a través de la guerrilla parlamentaria del PSD, infiltró en ella el régimen de instituciones autónomas, la autonomía universitaria, el Servicio Civil, la Contraloría General y la función social de la propiedad. Eso lo hace, en términos sustantivos, más Padre constitucional que si la hubiera redactado entera. Vencido en la votación final del proyecto íntegro y, simultáneamente, autor de mociones que el plenario sí incorporó al texto: autonomía universitaria, instituciones autónomas, Servicio Civil, función social de la propiedad. Esa coexistencia de derrota nominal y operación parlamentaria efectiva define la actuación faciana en la Constituyente.

La Universidad como segunda obra magna

Cuando la Asamblea Constituyente cerró sus sesiones el 7 de noviembre de 1949 y la Constitución entró en vigor el 8 de noviembre, Rodrigo Facio Brenes regresó a la cátedra. No era el regreso a una vida tranquila: era la continuación de una segunda construcción institucional que había empezado años antes y que iba a ocupar el resto de su vida productiva.

La trayectoria académica de Facio en la Universidad de Costa Rica había arrancado con su nombramiento como profesor de Filosofía del Derecho en 1941, el mismo año de su graduación. Esa cátedra la sostuvo hasta 1946. Desde 1942 enseñaba además Moneda, Crédito y Bancos en la Escuela de Derecho, y ya cuando la facultad de Ciencias Económicas y Sociales empezaba a perfilarse como unidad propia, sumó la asignatura de Historia de las Doctrinas Económicas, que dictó hasta 1960. La Universidad lo eligió Secretario General en 1944 —era un cargo administrativo de peso, equivalente a una vicerrectoría académica—, y en agosto de 1947 lo nombró Vicedecano de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales. Entre 1947 y 1952 ejerció el decanato de esa misma facultad, con reelección en mayo de 1951. En enero de 1952 sumó la vicepresidencia de la Junta Directiva del Banco Central de Costa Rica.

Esa nube de cargos —cátedra, secretaría general, decanato, vicepresidencia bancaria— retrata a un hombre operando en simultáneo en tres planos: docencia, gestión universitaria y política monetaria. Sostenerlos al mismo tiempo, en una San José donde las distancias eran cortas pero las jornadas largas, exigía un metabolismo de trabajo poco común.

El 27 de septiembre de 1952, la Asamblea Universitaria eligió a Rodrigo Facio como Rector de la Universidad de Costa Rica. Tenía treinta y cinco años. Era el rector más joven que había tenido la institución y uno de los más jóvenes de América Latina en aquellos años. La elección no fue una sorpresa para la comunidad universitaria que lo conocía desde 1936; sí fue, para el resto del país, una señal inequívoca de que la generación del CEPN había llegado a la conducción de la principal institución de educación superior del país.

Facio fue reelecto en 1956 y otra vez en 1958. Las tres elecciones se ganaron sin oposición seria interna. Renunció el 15 de enero de 1961 para incorporarse al BID, dejando a Fabio Baudrit Moreno como rector interino. Tras su muerte en junio de ese año, lo sucedió Carlos Monge Alfaro, su antiguo compañero del Liceo y del CEPN, en un período que iría de 1961 a 1970. La continuidad personal e ideológica entre ambas rectorías saltaba a la vista.

Durante esos ocho años y poco más, Facio impulsó tres transformaciones que cambiaron el rostro de la Universidad para siempre. La primera fue la construcción del campus de San Pedro de Montes de Oca. La Universidad había nacido refundada en 1940 como reorganización de las antiguas escuelas profesionales que funcionaban en distintas instalaciones del centro de San José —Escuela Nacional de Derecho, Escuela de Farmacia, Escuela de Bellas Artes, entre otras—. La idea del campus único había estado presente en los debates de los años cuarenta, pero la decisión y la ejecución corrieron por cuenta de Facio. La exposición «La Historia en concreto» del Museo+UCR, organizada en 2012, registró los diez primeros edificios que se levantaron durante su rectoría. Esos diez edificios son hoy la columna del campus.

La segunda transformación fue la Reforma Universitaria de 1957, que merece su propia sección. La tercera fue la apertura internacional de la Universidad mediante convenios bilaterales. El más importante de aquel período fue el convenio con la Universidad de Kansas, iniciado el 31 de julio de 1959, que abrió un canal sostenido de intercambio académico, becas para profesores costarricenses y asesoría en áreas técnicas. Robert Stansifer y María Eugenia Bozzoli documentaron la historia de ese convenio en el libro La Universidad de Costa Rica y la Universidad de Kansas, publicado por la Editorial UCR en 2010.

Entre las decisiones polémicas de su rectoría, una merece registrarse acá porque retrata la complejidad humana de Facio. En 1957 suspendió los exámenes de admisión a la Universidad de Costa Rica. La medida, sostenida hasta 1959, abría las puertas a más estudiantes pero generaba problemas operativos —masificación, recursos insuficientes, calidad heterogénea de la formación previa— que Carlos Monge Alfaro criticaría en público en 1962, después de la muerte de Facio, sosteniendo que la suspensión había producido «legiones de jóvenes frustrados» que no encontraban acomodo en una universidad que no tenía cupos materiales para todos. La crítica era seria y tenía base. Iván Molina la reprodujo en su artículo de agosto de 2021. Facio había tomado la decisión con convicción democrática —ampliar el acceso a la educación superior era parte de su proyecto de Estado social— y la decisión, en términos administrativos, había generado costos. Una rectoría democrática no es lo mismo que una rectoría sin contradicciones.

Cuando Facio renunció en enero de 1961 para ir al BID, la Universidad de Costa Rica que dejaba era distinta de la que había encontrado en 1952. Tenía campus propio. Tenía Estudios Generales. Tenía escalafón docente. Tenía convenios internacionales. Tenía una autonomía garantizada por la Constitución que él mismo había escrito. Tenía, sobre todo, una identidad institucional que se había vuelto inseparable del proyecto socialdemócrata costarricense. Cinco meses después de aquella renuncia, la Universidad iba a ponerle su nombre al campus que él había levantado.

La Reforma del 57

La Reforma Universitaria de 1957 es, en cualquier balance honesto, el legado más perdurable de la rectoría de Rodrigo Facio. Las paredes del campus envejecen. Los convenios bilaterales se renuevan o se cierran. Los escalafones docentes se reforman. Pero la idea de los Estudios Generales —el tronco humanístico común y obligatorio para todos los estudiantes universitarios, antes de cualquier especialización profesional— es una construcción institucional que sobrevivió a Facio, sobrevivió a la generación del CEPN, sobrevivió al PLN clásico y sobrevivió incluso a las crisis presupuestarias del FEES en el siglo XXI. Ahí está, en el campus que lleva su nombre, sesenta y nueve años después de su implementación.

La idea no la inventó Facio. Su origen formal está en el Primer Congreso Universitario celebrado en 1946, donde Abelardo Bonilla y Enrique Macaya presentaron una ponencia sobre la necesidad de un primer ciclo humanístico común a todas las carreras. La propuesta había bebido del modelo de la Universidad de Chicago de Robert Hutchins y, sobre todo, del pensamiento de José Ortega y Gasset sobre la misión de la Universidad, leído como respuesta a la fragmentación del saber especializado. La idea había estado guardada durante once años, mientras la Universidad consolidaba su organización básica y construía su campus. Facio la rescató en 1956, la puso en el centro de su segundo período rectoral y la implementó a partir del 7 de marzo de 1957, primer día lectivo del nuevo régimen.

La implementación tuvo dos componentes orgánicos. El primero fue la creación de la Facultad Central de Ciencias y Letras, una facultad transversal cuyo decanato administraba el ciclo común para todos los estudiantes de la Universidad. El primer decano fue Enrique Macaya, coautor de la ponencia original de 1946. Le sucedió José Joaquín Trejos Fernández, primer Director del Departamento de Estudios Generales y, años después, Presidente de la República entre 1966 y 1970. El segundo componente fue el Departamento de Estudios Generales, encargado de operar las cátedras del tronco común.

El programa académico incluía cuatro cátedras transversales obligatorias: Historia de la Cultura, Filosofía, Castellano y Literatura, y Ciencias Biológicas o Ciencias Físicas según orientación. La idea era que ningún egresado de la Universidad de Costa Rica pudiera pasar por sus aulas sin haber leído a los clásicos griegos, a los pensadores modernos, a la literatura hispanoamericana del siglo XX, sin haber escrito ensayos en castellano y sin haber aproximado, al menos, una mirada de ciencia básica. Los seguidores de Ortega y Gasset reconocieron el modelo. Era una versión costarricense de la idea ortegueana de la Universidad como institución cultural antes que como escuela técnica.

La reforma no fue indolora. Generó resistencias en facultades profesionales que veían el ciclo común como pérdida de un año de formación específica. Generó tensiones con el Ministerio de Educación, que cuestionaba el costo presupuestario de mantener una facultad transversal con plantilla docente de tiempo completo. Generó debates con sectores que proponían un modelo más utilitario de la educación superior. Facio sostuvo la reforma. La sostuvo con argumentos que hoy se leen como manifiesto de una cierta concepción del país y de la profesión. La idea de que un abogado costarricense debía haber leído a Sófocles antes de leer el Código Civil. La idea de que un médico debía haber leído a Cervantes antes de su anatomía patológica. La idea de que la cultura general no era un adorno sino una condición de la profesión.

En sus discursos rectorales de aquellos años, Facio acuñó una fórmula que se hizo célebre: la Universidad como «pequeña república universitaria». La idea era doble. Por un lado, la república en sentido literal — el campus como espacio donde se gobiernan los asuntos académicos por procedimientos democráticos, sin intervención del poder político externo. Por otro lado, la república en sentido figurado — la Universidad como microcosmos donde se ensaya el tipo de ciudadanía que el país necesita formar. Ese segundo sentido enlazaba en línea recta con la convicción central de Facio sobre el papel del Estado social: la educación superior no era un servicio individual sino una construcción colectiva. Las citas literales de las Actas N.º 160 y N.º 161 de la Constituyente, recordadas en el capítulo anterior, encontraban en la Reforma del 57 su realización pedagógica.

La autonomía universitaria, que Facio había escrito como artículo constitucional en 1949, se materializaba en 1957 como práctica académica concreta. Una facultad transversal independiente del control ministerial directo. Un escalafón docente regulado puertas adentro. Un presupuesto garantizado por el orden constitucional. Una idea de Universidad que, ocho años después de su consagración en el texto, empezaba a producir sus primeros efectos en la formación de los profesionales costarricenses.

El éxito de la Reforma no se midió en aquellos primeros años. Se midió tres décadas después, cuando los egresados de Estudios Generales empezaron a ocupar las posiciones técnicas, jurídicas, médicas y académicas del país y se observó que tenían en común una formación humanística que los predecesores no habían recibido. La generación que pasó por el campus entre 1957 y 1980 lleva en sus lecturas y en sus referencias culturales la huella de los Estudios Generales. A mi juicio, ese tronco humanístico común y obligatorio es la pieza más subestimada del legado de Facio: lo evalúan los rectores, lo olvidan los politólogos, y es la que mejor explica la fisonomía intelectual del profesional universitario costarricense formado en la UCR.

El ideólogo y el caudillo

El 12 de octubre de 1951, en La Paz de San Ramón, veinticuatro firmantes pusieron su nombre al pie de la Carta Fundamental que dio nacimiento al Partido Liberación Nacional. Entre esos veinticuatro firmantes estaba Rodrigo Facio Brenes. Estaba José Figueres Ferrer. Estaban Francisco Orlich, Daniel Oduber, Luis Alberto Monge, Benjamín Núñez, Jorge Rossi. Estaba la generación del CEPN y estaba la generación de Acción Demócrata. Era la fundación formal del partido que iba a gobernar Costa Rica de manera intermitente durante el resto del siglo XX y a definir, para bien y para mal, el modelo socialdemócrata costarricense.

La relación entre Facio y Figueres había arrancado siete años antes, hacia 1944, en alianza estratégica contra el calderonismo. Había pasado por la guerra civil de 1948 sin ruptura. Había sostenido la coautoría intelectual del programa de la Junta Fundadora —abolición del ejército, nacionalización bancaria, Constitución social—. Había llegado, en 1951, a la fundación del PLN como expresión política duradera de aquel programa. Pero la convivencia entre el ideólogo y el caudillo nunca fue simétrica. Vega Carballo lo dijo con nitidez en su artículo de 2012: Facio «se adelantó en diez o quince años al pensamiento económico de la CEPAL». Solís Fallas remató, en el mismo número de la Revista de Ciencias Sociales de la UCR, que Facio era «en esencia un social demócrata, mucho más que sus compañeros de partido como José Figueres o Francisco Orlich».

La asimetría tenía dos planos. En el plano programático, Facio era más radical en su socialdemocracia: defendía con mayor consistencia la planificación democrática, la función social de la propiedad, el cooperativismo como vía intermedia entre capitalismo y estatización, la autonomía universitaria como freno al Ejecutivo. Figueres era pragmático, populista en el mejor sentido del término, capaz de moverse en el centro político con una habilidad que Facio nunca tuvo. En el plano del estilo, Facio era el técnico, el orador parlamentario, el académico; Figueres era el caudillo civil, el comandante militar, el animador de masas. Ninguna de las dos figuras hubiera sostenido el proyecto liberacionista por sí sola. Juntas, sí.

Hubo tensiones documentadas. La más célebre se dio en 1953. Tras el triunfo de Figueres en las elecciones de 1953 que lo llevaron a la presidencia para el período 1953-1958, el nuevo presidente le ofreció a Facio el Ministerio de Economía y Hacienda. Era el cargo natural para el principal economista del partido. Era, en la lógica del PLN, la consagración política del ideólogo. Facio rechazó el ofrecimiento. Los argumentos públicos invocaron sus tareas en la Universidad —en aquel momento estaba comenzando su segundo período rectoral—. La interpretación que han propuesto los biógrafos contemporáneos va más allá. En el homenaje universitario que la UCR organizó en 2011 al cumplirse el cincuentenario de su muerte, varios participantes —entre ellos Luis Guillermo Solís Rivera— sugirieron leer la rectoría como un retiro estratégico de la política partidaria: Facio se mantenía fuera del juego cotidiano del PLN sin romper con el partido, conservando influencia desde una posición de prestigio académico inmune al desgaste ministerial. Aceptó solo una asesoría en el Consejo Económico y Social del gobierno de Figueres, función técnica sin compromiso ejecutivo.

La decisión de no entrar al gabinete tuvo costos para Facio dentro del PLN. Lo dejó al margen de la operación política diaria. Lo convirtió en una figura admirada pero ajena a la maquinaria. Otros liberacionistas de su misma generación —Orlich, Oduber, Monge— sí entraron al juego ministerial y construyeron desde allí sus carreras presidenciales. Facio se quedó en la rectoría. Esa diferencia explica por qué, cuando llegó el momento de elegir candidato presidencial del PLN para las elecciones de 1958, el ideólogo no fue postulado.

Aquí conviene corregir uno de los mitos más persistentes sobre Facio. Las elecciones presidenciales del 2 de febrero de 1958 las ganó Mario Echandi Jiménez, candidato del Partido Unión Nacional apoyado por el calderonismo. Los datos oficiales del Tribunal Supremo de Elecciones, recogidos en la base PDBA de Georgetown, son inequívocos: Echandi obtuvo 102.851 votos, Francisco Orlich del PLN obtuvo 94.788, y Jorge Rossi del Partido Independiente obtuvo 23.910. El candidato del PLN en 1958 fue Orlich, no Facio. La división del voto socialdemócrata entre Orlich y Rossi —que se había separado del PLN tras perder la convención interna— le dio el triunfo a Echandi por un margen de poco más de ocho mil votos.

Algunas biografías populares han atribuido a Facio una candidatura presidencial en 1958 que nunca tuvo. La confusión proviene quizás de su rol intelectual en la fundación del PLN o del hecho de que sí fue propuesto como precandidato para las elecciones de 1962. En carta del 25 de noviembre de 1960 dirigida a Iván Antonio Marín, secretario del Comité Ejecutivo Cantonal del PLN en Cañas, Facio declinó por escrito ser considerado precandidato del partido para las elecciones de 1962, alegando sus funciones rectorales. Los Comités cantonales de Escazú y Cañas habían propuesto cuatro precandidatos: Raúl Blanco Cervantes, Rodrigo Facio Brenes, Daniel Oduber Quirós y Francisco Orlich Bolmarcich. Orlich resultó el candidato y ganó las elecciones de 1962, gobernando entre 1962 y 1966. Facio nunca fue candidato presidencial del PLN. Ni en 1958 ni en 1962 ni en ninguna elección. La fórmula popular se equivoca.

La polémica más célebre del Facio de los últimos años se dio en junio de 1959 con el banquero Jaime Solera Bennett. Solera, conservador y opuesto a la nacionalización bancaria, atacó en público la medida de 1948 que Facio había defendido como doctrina desde su libro Nacionalización bancaria en Costa Rica publicado en 1951. La polémica se desarrolló en las páginas de La Nación a lo largo de junio de 1959 y culminó en una reunión de notables convocada por el presidente Echandi el 18 de junio. Romero Pérez (2012) reprodujo extensos fragmentos del intercambio. La polémica enfrentó dos visiones del orden bancario costarricense: la del banquero privado que veía en la banca pública una expropiación y la del ideólogo socialdemócrata que veía en la banca nacionalizada una herramienta de democratización del crédito. La polémica, en términos ideológicos, fue ganada por Facio. La nacionalización se sostuvo durante décadas como pilar del modelo.

Hubo, en último lugar, un campo de coincidencia inquebrantable entre Facio y Figueres: la abolición del ejército decretada por la Junta el 1 de diciembre de 1948. Facio había abogado por una sociedad sin militarización desde su tesis de 1941. Figueres tomó la decisión política. La autoría intelectual fue compartida. Lara Bustamante también es citado por la historiografía como uno de los redactores del decreto. Los tres nombres aparecen entrelazados en los relatos de aquel momento. La medida sobrevivió a todos sus autores y se convirtió en pieza central de la identidad nacional costarricense.

Pensamiento económico y jurídico

El pensamiento de Rodrigo Facio Brenes no fue una doctrina sistematizada en un tratado. Fue un cuerpo articulado en una tesis fundacional, varios libros, decenas de artículos, discursos parlamentarios y discursos rectorales. Esa dispersión obliga a quien quiera reconstruirlo a leer en sentido transversal. Cuando se lee así, aparecen tres núcleos firmes: una teoría económica del Estado social, una concepción jurídica del orden constitucional democrático y un proyecto institucional para una Costa Rica nueva.

El núcleo económico arrancaba en el diagnóstico de su tesis de 1941 y se afinó en los artículos de Surco. En el número de octubre de 1942 de Surco, Facio describió a Costa Rica con una fórmula que iba a repetir durante el resto de su vida: «un país potencialmente rico, pero pobre por su desorganización». La paradoja era estricta. Costa Rica tenía recursos naturales suficientes, tenía población educada en proporción alta para los estándares latinoamericanos, tenía estabilidad institucional desde la consolidación del régimen liberal de 1871. Y, sin embargo, era pobre. Facio identificaba la causa en la estructura económica monoexportadora —café y banano—, en la dependencia tecnológica, en la concentración de la tierra, en la ausencia de planificación democrática. La crítica al laissez-faire manchesteriano era, para él, no doctrinal sino empírica: el liberalismo económico clásico había producido en Costa Rica una sociedad bloqueada en el subdesarrollo.

La respuesta era un modelo de economía mixta y planificada. Facio rechazaba a un tiempo dos extremos. Rechazaba la estatización totalitaria del modelo soviético, que confundía planificación con suspensión de las libertades. Rechazaba el liberalismo desnudo del modelo manchesteriano, que confundía libertad con ausencia de Estado. Entre los dos, defendía un régimen mixto donde el Estado interviniera de manera selectiva sobre los sectores estratégicos —banca, seguros, electricidad, recursos básicos—, garantizara servicios universales —educación, salud, seguridad social—, regulara las relaciones laborales para corregir asimetrías de poder, y dejara funcionando el mercado en los sectores donde la competencia produjera de hecho eficiencia.

El cooperativismo era, en su programa, la pieza intermedia. No el Estado dueño de todo, no el capital privado dueño de todo, sino las cooperativas como forma de propiedad social que permitía democratizar la gestión económica sin estatizarla. El Ideario Costarricense de 1943, firmado por Otón Acosta, Isaac Felipe Azofeifa, Gonzalo Facio, Mario Quirós Sasso, Jorge Rossi y Rodrigo Facio, había puesto el cooperativismo en el centro del programa socialdemócrata. Décadas después, las publicaciones de Cenecoop reconocerían a Facio como uno de los padres del cooperativismo costarricense.

La función social de la propiedad —incorporada al artículo 45 de la Constitución vigente por moción suya— era la traducción jurídica de esa concepción económica. La propiedad privada no era sagrada en el sentido decimonónico del término. Era un derecho legítimo pero limitado por la justicia distributiva. El Estado tenía la potestad de regularla, gravarla y, en casos de interés público, expropiarla con indemnización. Esa cláusula constitucional fue el sostén jurídico de la reforma agraria moderada que Costa Rica iba a desarrollar en las décadas siguientes y de las regulaciones urbanas que el país introdujo en los años setenta y ochenta.

Vega Carballo subrayó en 2012 algo que merece insistencia: Facio se adelantó al estructuralismo cepalino. Su tesis de 1941 anticipó por casi una década las categorías centrales del Manifiesto de Raúl Prebisch publicado en 1949. La vulnerabilidad de las economías periféricas frente a los términos de intercambio desfavorables, la necesidad de industrialización planificada, el papel del Estado como agente de modernización: todos esos temas aparecen en el Estudio sobre economía costarricense antes de que el vocabulario de la CEPAL los hiciera categorías canónicas en América Latina. Facio no fue receptor del estructuralismo: fue precursor.

El núcleo jurídico de su pensamiento giraba alrededor del concepto de Estado democrático y social de derecho. La fórmula era, en aquellos años, novedosa en el constitucionalismo costarricense. Facio la trabajaba como síntesis entre tres tradiciones: el formalismo kelseniano —que admiraba por su rigor pero criticaba por su neutralidad valorativa—, el sociologismo de Hermann Heller —que recogía la dimensión política del derecho—, y el realismo jurídico anglosajón de Oliver Wendell Holmes —que entendía el derecho como decisión judicial situada—. A esa triada sumaba la lectura humanista de Luis Recaséns Siches, con quien mantuvo correspondencia personal sobre el poder constituyente.

Solís Fallas, en su artículo de 2012, sintetizó la concepción faciana del orden constitucional: la Constitución como «toma de posición valorativa, ideológica», no neutra. Era una concepción que rompía con el formalismo dominante en la academia jurídica costarricense de los años cuarenta. Para Facio, la Constitución no era un documento técnico ni una expresión jurídica del consenso conservador; era un proyecto de país con valores explícitos. Esos valores eran la democracia política, la justicia social, las autonomías institucionales y la división efectiva de poderes. Cualquier interpretación constitucional debía proceder a la luz de ese proyecto.

El antiformalismo faciano tenía una consecuencia institucional concreta. Las autonomías —universitaria, municipal, las del régimen de instituciones autónomas— no eran tecnicismos administrativos: eran frenos al poder concentrado del Ejecutivo. Facio había leído a Madison y a Tocqueville. Sabía que la mayor amenaza para la libertad republicana en América Latina no era el comunismo —doctrina minoritaria en Costa Rica— sino el caudillismo personalista que tenía detrás de sí toda la tradición regional. La estructura de autonomías constitucionales era su respuesta institucional a esa amenaza. Repartir el poder del Estado en órganos con autonomía operativa, blindar a esos órganos del control partidario directo, garantizarles financiamiento permanente: ese era el dispositivo arquitectónico que Facio había escrito en el texto constitucional vigente.

La Sala Constitucional de Costa Rica, creada en 1989 por reforma posterior, recogió la concepción faciana del orden constitucional como Estado democrático y social de derecho. El voto N.º 3336-94 de la Sala, citado por Solís Fallas, articula esa lectura en términos que cualquier estudiante de Constitucional reconoce hoy como faciana. Treinta y tres años después de la muerte del autor, la jurisdicción constitucional resolvía sus controversias citándolo a través de quienes lo habían leído.

Obra escrita

Rodrigo Facio Brenes publicó pocos libros en proporción a la magnitud de su producción intelectual. La razón es atribuible al ritmo de su vida —rectoría, política, vida familiar, cátedra simultánea, consultorías técnicas— más que a una limitación de pensamiento. Lo que sí publicó marca el arco intelectual costarricense del siglo XX, desde la tesis de licenciatura de 1941 hasta los discursos rectorales de 1958-1961.

El primer libro fue Estudio sobre economía costarricense, publicado en 1942 por la Editorial Surco como entrega N.º 1 del CEPN. La obra había sido presentada como tesis de Licenciatura en Leyes a la Facultad de Derecho de la Universidad de Costa Rica en octubre de 1941. Fue reeditada en Obras de Rodrigo Facio, Tomo I, por la Editorial Costa Rica entre 1972 y 1978. Es libro fundacional del pensamiento económico costarricense moderno. Cualquier biblioteca jurídica o económica del país lo conserva entre sus piezas clásicas.

El segundo libro mayor fue La moneda y la banca central en Costa Rica, publicado por el Fondo de Cultura Económica de México en 1947. La edición princeps tiene formato de cuarto y trescientas veintiséis páginas en rústica. La obra había recibido el premio en los Juegos Florales de la Universidad de Costa Rica de 1944 como ensayo. Fue reeditada en Obras de Rodrigo Facio, Tomo II, por la Editorial Costa Rica en 1973, con trescientas treinta y tres páginas. El texto analizaba el origen, la evolución y las funciones del Banco Central como pieza del orden monetario costarricense, tres años antes de la creación formal del Banco Central por la ley orgánica.

El tercer libro mayor fue Trayectoria y crisis de la Federación Centroamericana. La obra tuvo una historia editorial enredada. Apareció primero en 1939 como artículo extenso en la Revista de los Archivos Nacionales de Costa Rica, fue reeditada como libro por la Editorial Costa Rica con fechas variables según fuentes —la UNED indica 1949—, fue publicada también en 1960 en la revista La Universidad de la Universidad de El Salvador, números 1 y 2, y reeditada en Obras de Rodrigo Facio, Tomo III. El texto analizaba el proceso de desintegración de la República Federal de Centroamérica del siglo XIX como advertencia sobre los desafíos de la integración regional posterior.

A esos tres libros mayores se sumaron textos breves, entre ellos Esquema social de la independencia, publicado en 1938 en la Revista de los Archivos Nacionales; Crédito y Banca de 1949, mencionado por El Espíritu del 48 y EcuRed sin precisión bibliográfica completa; y Nacionalización bancaria en Costa Rica: antecedentes históricos, fundamentos doctrinarios, procedimientos, realizaciones y posibilidades, publicado en junio de 1951 como defensa doctrinaria de la medida de la Junta Fundadora.

Hubo también obra inconclusa al momento de su muerte. Latinoamérica en la encrucijada: los dogmas económicos ante las realidades económicas, compilada y editada tras la muerte del autor por Jorge Enrique Romero Pérez bajo el sello de la Editorial UCR desde al menos 2009, recogía los apuntes finales de Facio sobre los desafíos del desarrollo regional. El proyecto había sido pensado como obra mayor —tal vez la síntesis económica que Facio quería dejar publicada— y quedó truncado. La compilación de Romero Pérez es, hoy, el principal instrumento de acceso a esos materiales.

En 2021, Dagmar Facio Fernández y Carlos Palma Rodríguez publicaron Lic. Rodrigo Facio Brenes. Apuntes de doctrinas económicas. Tomo 1, compilación de los apuntes que Facio había usado para su cátedra de Historia de las Doctrinas Económicas en la UCR. La presentación oficial se hizo en sesión solemne del Consejo Universitario el 29 de septiembre de 2021, en el marco del sexagésimo aniversario de la muerte del rector. Es publicación tardía pero significativa: rescata material docente que estuvo guardado en los archivos familiares durante seis décadas.

La edición crítica de referencia, sin embargo, sigue siendo Obras de Rodrigo Facio, en tres tomos, publicada por la Editorial Costa Rica entre 1972 y 1978. Reúne las obras mayores ya mencionadas, los discursos universitarios de la rectoría —entre ellos el de clausura del año académico 1955, el de clausura de 1960 sobre «la pequeña república universitaria», el discurso sobre «Liberalismo y Marxismo» pronunciado el 29 de octubre de 1957 en el ciclo «La Filosofía del siglo XX», el ensayo «La justicia en la pequeña república universitaria» de 1956, y el texto «Una Universidad libre»—, los discursos parlamentarios de la Constituyente, y una selección amplia de artículos publicados en Surco, Repertorio Americano, Revista de los Archivos Nacionales, y la Revista de Ciencias Sociales de la UCR. Es la fuente primaria recomendada para cualquier investigación seria sobre el pensamiento de Facio.

A esa obra publicada hay que sumar la prosa periodística dispersa. Facio mantuvo durante años una columna en el Diario de Costa Rica. Publicó editoriales en La Nación y en La República. Escribió en revistas como Repertorio Americano de Joaquín García Monge, donde publicó tanto poesía como ensayos entre 1935 y 1949. Y escribió en periódicos universitarios y partidarios sin que su producción haya sido recogida en su conjunto en archivos disponibles. Iván Molina ha señalado que ese material disperso es uno de los principales pendientes de la investigación faciana contemporánea.

Hay, en último plano, un costado menos conocido de su producción — la poesía. Poemas dispersos publicados entre 1926 —cuando todavía no cumplía los diez años— y 1949, sobre todo en Repertorio Americano y en Surco. La UNED, en su Galería de próceres, recoge fragmentos. El poema Esclavitud fue publicado tras la muerte del autor en 1982. J. Vargas, en un artículo de 2021 en la revista Káñina, describió esa poesía como «poesía social», en la línea del compromiso ético de toda su prosa adulta. La voz lírica del niño que en 1926 publicaba versos dedicados en La Nueva Prensa sobrevivió, modificada pero reconocible, en el poeta-jurista que en 1945 firmaba editoriales sobre régimen mixto y propiedad social.

Tensiones, conflictos y sombras

Toda biografía honesta tiene que dedicar un capítulo a lo que el monumento esconde. La estatua de cuerpo entero a la entrada de la Ciudad Universitaria, restaurada en 2022 y 2023, retrata al rector con el porte de la institucionalidad consagrada. Pero la institucionalidad consagrada se construyó con decisiones polémicas, con conflictos que en su momento dividieron al país, con silencios que la historiografía oficial ha preferido no romper. Esta sección recoge esas tensiones porque, sin ellas, Rodrigo Facio se vuelve un mármol y deja de ser un hombre.

La acusación más sonora de su vida pública fue la del Diario de Costa Rica en abril de 1960. El periódico publicó en primera plana una fotografía de Rodrigo Facio junto a Fidel Castro, tomada durante alguna visita o evento internacional. La fotografía iba acompañada de un editorial que acusaba al rector de pro-castrista, de simpatizar con la Revolución cubana —en ese momento radicalizándose hacia el modelo soviético—, y de permitir «infiltración comunista» en la Universidad de Costa Rica. La acusación tenía ingredientes contundentes en la atmósfera política del país: era el primer año de la Guerra Fría latinoamericana en sentido estricto, los Estados Unidos miraban con creciente alarma el experimento cubano, y la derecha costarricense buscaba un blanco visible.

La acusación era falsa en el sentido sustantivo. Facio había firmado, con otros intelectuales costarricenses, un manifiesto en favor de la Revolución cubana en su fase inicial —cuando Castro todavía no había declarado en público su adhesión al marxismo-leninismo—, y había aparecido en una fotografía junto al líder cubano en algún acto. Pero su anticomunismo era anterior y posterior al episodio: en 1939 había escrito contra «la prédica subversiva… dogmatismo e intransigencia» del comunismo soviético; en 1945 había firmado el manifiesto del PSD que denunciaba la dictadura proletaria como «liquidación de las libertades democráticas». Acusarlo de comunista en 1960 era ignorar veintiún años de prosa política coherente.

La paradoja, sin embargo, debe registrarse. El anticomunista de toda la vida fue acusado de comunismo por la derecha conservadora. La acusación dolió. Los Anales UCR de 1960 conservan su respuesta institucional, mesurada en el tono pero firme en la sustancia: defendió la libertad de cátedra, la pluralidad ideológica del campus universitario, el derecho de los profesores a tener simpatías políticas distintas siempre que su docencia no se contaminara de proselitismo. La defensa de la autonomía universitaria que había escrito en 1949 se convirtió, en 1960, en defensa concreta de su gestión rectoral.

La polémica con Jaime Solera Bennett en junio de 1959, ya mencionada en el capítulo del PLN, tuvo un componente personal además del doctrinal. Solera era figura central del establishment bancario privado, conservador, articulado, con prensa propia. El intercambio público en La Nación fue duro. Facio defendió la nacionalización bancaria con argumentos técnicos y doctrinales; Solera atacó con argumentos de eficiencia y libertad económica. En la reunión de notables convocada por Echandi el 18 de junio, los dos hombres se enfrentaron cara a cara. Facio sostuvo la doctrina de la banca pública. Solera no la aceptó. La polémica no se resolvió en aquel momento; se resolvió a favor de Facio durante las décadas siguientes, cuando la banca nacionalizada se mantuvo como pieza del modelo costarricense hasta su parcial liberalización en los años noventa.

Las críticas desde la izquierda fueron quizás más profundas porque fueron menos esperables. El Partido Vanguardia Popular, comunista, lo acusó durante años de «reformista burgués» que buscaba modernizar el capitalismo para evitar la revolución social. Carlos Molina, en su libro de 1981 El pensamiento de Rodrigo Facio y sus aportes a la ideología de la modernización capitalista en Costa Rica, lo criticó como ideólogo de una «modernización capitalista» —en términos marxistas, como agente de la transformación del capital sin alteración de la propiedad de los medios de producción—. La crítica era seria y partía de una lectura del programa faciano que reconocía sus logros pero los situaba en una clave de clase distinta de la que Facio se autoatribuía.

Hay un capítulo todavía menos explorado por la historiografía. Iván Molina lo ha señalado en sus blogs académicos de 2021: las purgas que se dieron en la Universidad de Costa Rica después de 1948 contra profesores calderonistas y comunistas. Facio era ya entonces una figura de peso institucional —Vicedecano de Ciencias Económicas y Sociales en agosto de 1947, Decano desde 1947—, y las purgas afectaron a la institución en la que él trabajaba. Molina lo dice con honestidad.

«Tampoco se ha investigado suficientemente cuál fue el papel jugado por Facio durante las persecuciones que se dieron en la UCR en contra de los comunistas y de los partidarios de Calderón Guardia»

La pregunta queda abierta. Las fuentes disponibles no permiten una respuesta cerrada. Lo que sí se puede decir es que el silencio historiográfico sobre ese punto debe registrarse como tal, sin rellenar con conjeturas.

Hubo conflictos durante la rectoría que merecen registro. El más simbólico fue el debate de 1953 sobre la construcción de una capilla católica dentro del campus universitario. El Consejo Universitario discutió el asunto en su Acta N.º 96 del 26 de octubre de 1953. Facio votó en contra de la construcción. Las palabras textuales con las que abrió su razonamiento, conservadas por Romero Pérez (2012), fueron: «En principio no encuentro objeción para acordar la erección de una capilla, dedicada al culto católico, en la Ciudad Universitaria que estamos comenzando a levantar» —pero el desarrollo posterior argumentó en contra. La razón principal era la separación entre Estado e iglesia que Facio defendía como pieza del orden republicano laico. La universidad pública costarricense, financiada con fondos del Estado, no debía albergar templos de un culto particular. El argumento lo sostuvo en una Costa Rica todavía católica en su gran mayoría, donde la posición tenía costo. La capilla no se construyó. La decisión, vista hoy, fue defensa institucional del laicismo universitario; vista en 1953, fue motivo de polémica.

La suspensión de los exámenes de admisión a la Universidad entre 1957 y 1959 fue otra decisión polémica. Facio la había tomado con convicción democrática: ampliar el acceso a la educación superior era parte del proyecto socialdemócrata. Pero Carlos Monge Alfaro, en 1962, criticó con dureza la medida sosteniendo que había producido «legiones de jóvenes frustrados» sin acomodo material en una universidad cuyos cupos no se habían escalado al ritmo de la apertura. La crítica era válida en términos administrativos. Facio había puesto el principio por encima de la viabilidad operativa. En la disyuntiva entre apertura democrática y planificación racional, había elegido la primera. La consecuencia institucional fue, durante años, una universidad sobrecargada con problemas de infraestructura y de calidad heterogénea. Iván Molina, en su blog de agosto de 2021, reprodujo el debate.

Hubo, también, el sainete del retrato. Décadas después de la muerte de Facio, en los primeros años del siglo XXI, Dagmar Facio Fernández, la primogénita, militó en el Partido Acción Ciudadana fundado en 2002 y, años después, fue candidata por el Frente Amplio a la primera vicepresidencia de la República en las elecciones de 2014. La trayectoria política de Dagmar la enfrentaba en lo doctrinal con la conducción contemporánea del PLN, partido que su padre había fundado. Dagmar sostuvo en varias entrevistas públicas que el PLN del siglo XXI había traicionado el legado socialdemócrata original al girar hacia la derecha en sus políticas económicas. En un episodio simbólico, retiró el retrato de Rodrigo Facio de la sede del PLN, donde había estado expuesto durante años como referencia histórica. Walter Antillón Montealegre, jurista, profesor universitario y galardonado con el Premio Rodrigo Facio Brenes en 2022, coincidió en público con la lectura de Dagmar. El sainete del retrato es, en términos de pura anécdota, un episodio menor; en términos políticos, es la prueba de que la herencia de Facio sigue siendo disputada por sus propios herederos directos.

Iván Molina, el principal historiador costarricense actual del período 1940-1960, ha señalado en sus textos académicos del 2021 cuatro vacíos historiográficos que cualquier biografía honesta debe registrar como pendientes. Primero, no existe un estudio orgánico sobre cómo Facio construyó sus redes de apoyo académico durante los años cuarenta. Segundo, el papel exacto de Facio en las purgas universitarias post-1948 sigue sin documentación firme. Tercero, las tensiones reales entre Facio y Figueres durante el período 1944-1958 están subdocumentadas en la historiografía oficial. Cuarto, falta investigación sobre el período del Liceo y de la Escuela de Derecho, etapa en la que se forjó el ideólogo. Esos cuatro huecos son la obra pendiente. Mientras no se cierren, cualquier biografía es por fuerza provisional. Esta también lo es.

La hipótesis del «exilio académico», propuesta por Solís Rivera en 2011, ofrece una clave interpretativa que vale la pena retomar. La rectoría de la UCR fue, según esa hipótesis, una elección estratégica de Facio para mantenerse fuera del juego partidario directo del PLN figuerista, conservando influencia desde una posición de prestigio académico inmune al desgaste ministerial. Si la hipótesis es correcta, el ideólogo había decidido en 1953 que el partido que él mismo había fundado dos años antes ya no era el espacio adecuado para el desarrollo de su proyecto. La rectoría era el refugio. La rectoría era, también, la plataforma desde la cual seguir construyendo institucionalidad sin tener que negociar día a día con el caudillo. La hipótesis no tiene confirmación documental, pero ilumina decisiones que de otra manera quedan inexplicadas. Por qué Facio rechazó el Ministerio de Economía en 1953. Por qué declinó la precandidatura presidencial de 1962. Por qué eligió morir, en clave simbólica, como rector y no como político. Sospecho que la respuesta más honesta es también la menos heroica: a Facio le interesaba más fundar una universidad nueva que ganar una elección, y eso explica también la renuncia a la rectoría con efectos al 15 de enero de 1961 para incorporarse al BID. Las respuestas pueden estar en esa hipótesis.

La memoria de un Padre constitucional

La conmoción nacional por la muerte de Rodrigo Facio Brenes el 7 de junio de 1961 se canalizó, durante los meses siguientes, en una sucesión de homenajes institucionales que iban a fijar su nombre en la memoria oficial costarricense. El primero fue el ya mencionado Acuerdo N.º 397 de la Asamblea Legislativa del 22 de noviembre de 1961, declarándolo Benemérito de la Patria. El segundo, más significativo en el plano simbólico, fue el acuerdo del Consejo Universitario de la Universidad de Costa Rica del 26 de mayo de 1962. El acuerdo nombró «Ciudad Universitaria Rodrigo Facio Brenes» a la sede central en San Pedro de Montes de Oca. Era un homenaje al rector que había construido el campus, pero era también una declaración: la Universidad asumía como parte de su identidad institucional la herencia faciana. El campus que él había levantado lo llamaría a él para siempre.

La estatua de cuerpo entero a la entrada del campus, ubicada en la plazoleta frente a la Biblioteca Carlos Monge Alfaro, se erigió en años posteriores. En 2022 y 2023 fue restaurada como parte del programa de mantenimiento del patrimonio universitario. Bustos en distintas instituciones —el Liceo de Zapote, en San José, lleva su nombre; la Escuela de La Bonita en Pérez Zeledón también— extendieron la presencia de Facio en el sistema educativo costarricense. La pequeña Costa Rica que él había imaginado como república institucional se llenó, durante las décadas siguientes, de placas y referencias que hacían pedagogía de su figura.

La numismática registró el reconocimiento más cotidiano. El Banco Central de Costa Rica emitió desde 1972 un billete de diez colones de la Serie D que tenía en el anverso el retrato de Rodrigo Facio Brenes y, junto al rostro, el edificio de Ciencias y Letras de la Universidad de Costa Rica —el edificio que había sido sede inaugural de la Reforma del 57 y de los Estudios Generales—. El reverso mostraba el edificio del Banco Central y una rama de café. El color predominante era el azul. El billete circuló durante quince años, hasta 1987, y terminó de retirarse en la práctica hacia 1991. Aclaración necesaria para evitar confusiones contemporáneas: el actual billete de diez mil colones no lleva la efigie de Rodrigo Facio sino la de Emma Gamboa Alvarado, educadora costarricense distinta. Quien busque la figura de Facio en el dinero costarricense de hoy no la encontrará; quien revise la colección histórica de billetes del Banco Central la encontrará en el Serie D de los años setenta y ochenta.

El Premio Rodrigo Facio Brenes, creado por acuerdo del Consejo Universitario de la UCR en 1990 mediante la sesión N.º 3686, se otorga cada dos años «en reconocimiento a la obra total de aquellas personalidades que se hayan destacado por su aporte al desarrollo político, social, económico y de la justicia social». La lista de galardonados conocidos incluye a Rodrigo Carazo Odio, expresidente de la República, en 1998; a Jorge Enrique Romero Pérez, biógrafo y editor de la obra póstuma de Facio, en 2010; a Guido Miranda Gutiérrez, médico y pensador de la salud pública, en 2012; a María Eugenia Bozzoli Vargas, antropóloga, en 2018; a José María Gutiérrez Gutiérrez, científico de la UCR, en 2020; y a Walter Antillón Montealegre, jurista crítico del PLN contemporáneo, en 2022. Cada galardón es, en sí mismo, una relectura del legado faciano desde un campo distinto: la presidencia, la edición académica, la salud, la antropología, la ciencia básica, el derecho.

El Partido Liberación Nacional creó el Instituto de Capacitación y Formación Política Rodrigo Facio Brenes, conocido por sus siglas como ICARF. La sede del instituto fue reinaugurada el 10 de septiembre de 2012. La función del ICARF, según los documentos del partido, es formar cuadros políticos en la doctrina socialdemócrata original. La paradoja, que Dagmar Facio Fernández y Walter Antillón han subrayado, es que el partido que reclama la herencia de Facio en el nombre de su instituto de formación política es el mismo que, según los críticos, ha abandonado en sus políticas concretas el ideario faciano original.

El centenario del nacimiento de Rodrigo Facio en 2017 motivó una comisión institucional de la Universidad de Costa Rica encargada de organizar mesas redondas, exposiciones, ciclos de conferencias, una publicación conmemorativa y un documental. Ana María Botey Sobrado redactó para esa ocasión la ponencia «Rodrigo Facio Brenes: un protagonista excepcional», una de las síntesis biográficas más completas disponibles. Daniel Camacho Monge presentó «La Libertad del Hombre y las Humanidades en Rodrigo Facio» en la Revista de Ciencias Sociales. El profesor Iván Molina Jiménez y los archivos universitarios produjeron material documental.

El sexagésimo aniversario de su muerte, el 29 de septiembre de 2021, fue celebrado por el Consejo Universitario en sesión solemne. En esa sesión, Dagmar Facio Fernández y Carlos Palma Rodríguez presentaron Apuntes de doctrinas económicas. Tomo 1, la compilación póstuma de los apuntes docentes de Facio. La hija que había retirado el retrato de la sede del PLN entregaba a la Universidad el material académico que su padre había dejado en los archivos familiares. El gesto era doble: rescate intelectual y reapropiación de la herencia.

La sede central de la Universidad de Costa Rica se denomina, hasta hoy, Sede Rodrigo Facio. Cuando el sistema universitario costarricense se descentralizó en las décadas siguientes con la creación de las sedes regionales —de Occidente en San Ramón, del Atlántico en Turrialba, del Pacífico en Puntarenas, Guanacaste en Liberia—, la sede madre conservó su nombre original. La universidad pública costarricense lleva, así, en su geografía y en su orden interno, el nombre del rector que la pensó como pequeña república. A mi juicio, esa nominación tiene un costo cívico interesante: obliga a cada generación de profesores y estudiantes a explicar quién fue Facio, y obliga al Estado a sostener materialmente la institución que él dejó en pie.

El constitucionalista que vencerá derrotado

Hay una imagen que vuelve cuando se cierra el expediente. Rodrigo Facio Brenes en la Asamblea Constituyente, en algún momento entre febrero y noviembre de 1949, defendiendo en plenario una moción que reescribe un artículo de la Constitución de 1871 con los contenidos del proyecto del PSD que la mayoría había rechazado tres meses antes. Cuatro diputados socialdemócratas frente a cuarenta y un diputados conservadores. Citas a Kelsen, a Heller, a Holmes, a Recaséns Siches, a Laski. Los taquígrafos transcribiendo. Los ulatistas escuchando. La votación inminente. Y, contra toda lógica de aritmética parlamentaria, la moción prosperando. Una vez. Y otra. Y otra. Hasta que, al final del proceso, el régimen de instituciones autónomas, la autonomía universitaria, el Servicio Civil, la Contraloría y la función social de la propiedad estaban dentro del texto. El proyecto desechado había vencido. El derrotado había ganado. Ese es el Facio real. No el del mármol. El del Acta.

La Constitución de 1949 que rige hoy en Costa Rica, ese texto que pasa por el lugar más estable del orden político costarricense, no es la Constitución que Facio quiso escribir. Es la Constitución que escribió desde dentro, moción por moción, voto por voto, citando autores que la mayoría no había leído, sosteniendo argumentos que la aritmética no autorizaba a sostener. La fórmula popular se equivoca cuando le atribuye la autoría material entera. La realidad es más interesante: le atribuye una autoría intelectual fragmentaria, ganada en la derrota inicial, infiltrada por la guerrilla parlamentaria, sostenida durante diez meses de sesiones. Los estudiantes de Constitucional de la UCR siguen leyéndolo por eso. La Sala Constitucional sigue citándolo —el voto N.º 3336-94 sostiene la concepción del Estado democrático y social de derecho con argumentos facianos— por eso. El campus de la Universidad lleva su nombre por eso.

Hay una segunda razón por la que Facio sigue importando. Construyó la Universidad como segunda obra magna. La rectoría de 1952 a 1961 dejó al país una institución académica que no existía en 1952 con esa forma. Campus propio. Estudios Generales. Escalafón docente. Convenios internacionales. Autonomía constitucional materializada en práctica académica. Esa Universidad sobrevivió a Facio, sobrevivió a la generación del CEPN, atravesó las crisis presupuestarias del FEES bajo distintos gobiernos. La ley de su autonomía la había escrito él en 1949; la institución concreta la levantó entre 1952 y 1961. La continuidad biográfica entre el constituyente y el rector explica por qué la Universidad de Costa Rica es, hoy, la pieza más estable del orden público costarricense después del propio orden constitucional.

Hay una tercera razón. La advertencia faciana sobre la autonomía universitaria, leída a la luz de los debates contemporáneos sobre el FEES y la negociación presupuestaria entre el Estado y las universidades públicas costarricenses, conserva una vigencia que cualquier rector contemporáneo reconoce. La cita del Acta N.º 160 dice, con palabras que parecen escritas para la coyuntura del 2026: «Mañana, si una universidad no se adapta al ambiente político imperante, un Congreso, con el propósito de liquidarla, lo podrá conseguir fácilmente, rebajando el subsidio del Estado». La advertencia tiene casi ochenta años. La advertencia es contemporánea. Quien negocia hoy el FEES con la Asamblea Legislativa está negociando, en términos jurídicos, dentro del marco que Facio infiltró en el texto constitucional en aquella moción que defendió en septiembre de 1949 con los pocos votos del PSD. Sin esa moción, el FEES no existiría. Con esa moción, el FEES tiene una protección constitucional que ha resistido sesenta años de tensiones presupuestarias. Creo que esa moción —Acta N.º 160— es la pieza menos discutida y la más operativa de toda la obra parlamentaria faciana: un texto breve que asegura presupuesto público a la universidad pública por encima de las urgencias del fisco.

Hay una cuarta razón, menos institucional, más íntima. Facio era el ideólogo del Partido Liberación Nacional. Su hija Dagmar lo retiró de la sede del partido cuando consideró que el PLN del siglo XXI había traicionado el ideario socialdemócrata original. El gesto del retrato es, mirado de cerca, el resumen de una herencia disputada. El PLN reclama a Facio. Sus críticos, incluida su propia hija, sostienen que el partido se quedó con el nombre y abandonó la sustancia. Walter Antillón coincide. La discusión no se ha cerrado. Probable que no se cierre. Facio sigue siendo, en la política costarricense contemporánea, un terreno disputado, un patrimonio que ningún sector posee del todo porque su pensamiento desbordaba las clasificaciones simples del centro y la izquierda costarricenses.

El 7 de junio de 1961, en la arena de Metalío, terminó una vida. No terminó un proyecto. El proyecto está en el artículo 45, en el artículo 84, en los artículos 188 a 190, en los artículos 191 y 192 de la Constitución vigente. Está en los Estudios Generales que cualquier estudiante de la Universidad de Costa Rica todavía cursa. Está en la nacionalización bancaria parcial que sobrevivió hasta los años noventa. Está en la abolición del ejército que, sesenta y ocho años después, sigue siendo identidad nacional costarricense. Está en los discursos que se pronuncian en la plazoleta frente a la Biblioteca Carlos Monge Alfaro cada vez que se restaura la estatua del cuerpo entero. El cuerpo del rector quedó en la arena de Acajutla. La obra del constituyente quedó en el texto. Y el texto sigue siendo, en buena medida, el país.

Hay una fotografía que vale la pena imaginar para cerrar. No la del Diario de Costa Rica de abril de 1960 con Castro, esa que sirvió a sus enemigos. Otra. Acta N.º 160, sesión nocturna quizá, agosto de 1949. Facio de pie en plenario, defendiendo la autonomía universitaria con financiamiento permanente. Cuatro votos del PSD asegurados. Treinta votos a buscar uno por uno entre los ulatistas. La cita textual queda registrada. Los taquígrafos cierran sus libretas. La votación se da. La moción prospera. Esa noche, en la galería de espectadores de la Asamblea Constituyente, alguien anota en su libreta personal que el ideólogo del PSD acaba de escribir, sin que la mayoría se dé cuenta, el artículo 84 de la Constitución que iba a regir Costa Rica durante el resto del siglo XX y todo lo que va del siguiente. El derrotado. El vencedor. El hombre que escribió el país desde adentro, contra la aritmética y a favor del texto. Esa es la fotografía. Esa es la biografía.

Preguntas frecuentes sobre Rodrigo Facio Brenes

¿Quién fue Rodrigo Facio Brenes?

Rodrigo Facio Brenes (San José, 23 de marzo de 1917 – Acajutla, El Salvador, 7 de junio de 1961) fue abogado, economista, constituyente, fundador del Centro para el Estudio de los Problemas Nacionales en 1940 y rector de la Universidad de Costa Rica entre 1952 y 1961. Es uno de los padres intelectuales del modelo socialdemócrata costarricense. La Asamblea Legislativa lo declaró Benemérito de la Patria por Acuerdo N.º 397 del 22 de noviembre de 1961, cinco meses después de su muerte por infarto en la playa de Metalío.

¿Cuándo y dónde murió Rodrigo Facio Brenes?

Murió el 7 de junio de 1961 en la playa de Metalío, cantón de Acajutla, El Salvador, durante una misión técnica del Banco Interamericano de Desarrollo. Tenía 44 años. La causa documentada fue un infarto al miocardio precipitado por el esfuerzo de nadar contra el mar violento. La fecha del 19 de mayo de 1961 que repiten algunas reseñas es un error frecuente. Cinco meses antes, el 15 de enero de 1961, había renunciado a la rectoría de la UCR para incorporarse al BID. Está sepultado en el Cementerio General de San José.

¿Es cierto que Rodrigo Facio escribió la Constitución de 1949?

No en sentido literal. El proyecto de Constitución que la Junta Fundadora de la Segunda República envió a la Asamblea Constituyente, redactado por una comisión donde Facio fue Secretario, fue rechazado como base de discusión por la mayoría ulatista, que decidió trabajar sobre la Constitución de 1871 reformada. El constitucionalista Alex Solís Fallas señaló en 2012 que la fórmula popular es inexacta. Lo que sí ocurrió fue que Facio y los otros tres diputados del PSD reintrodujeron el proyecto rechazado de manera fragmentada, en mociones individuales, y lograron infiltrar piezas centrales del orden institucional —la autonomía universitaria, las instituciones autónomas, el Servicio Civil de los artículos 191-192 y la función social de la propiedad.

¿Qué papel jugó Rodrigo Facio en la Asamblea Constituyente de 1949?

Fue uno de los cuatro diputados propietarios del Partido Social Demócrata —junto con Fernando Fournier, Luis Alberto Monge y Rogelio Valverde— frente a 41 diputados ulatistas y constitucionales. Tras el rechazo del proyecto del PSD, condujo lo que Solís Fallas llamó «guerrilla parlamentaria»: presentar las cláusulas del proyecto desechado como mociones individuales sobre la Constitución de 1871. Las Actas N.º 50, 96, 131, 132, 160 y 161 conservan sus intervenciones decisivas sobre función social de la propiedad (art. 45), autonomía universitaria con financiamiento permanente (art. 84), Servicio Civil (arts. 191-192) y régimen de instituciones autónomas (arts. 188-190).

¿Por qué la Ciudad Universitaria de la UCR lleva el nombre de Rodrigo Facio?

Por acuerdo del Consejo Universitario de la Universidad de Costa Rica del 26 de mayo de 1962, once meses después de la muerte del rector. La denominación oficial completa es «Ciudad Universitaria Rodrigo Facio Brenes», y reconoce que durante su rectoría (1952-1961) Facio dirigió la construcción del campus de San Pedro de Montes de Oca, los primeros diez edificios, la Reforma Universitaria de 1957 con su sistema de Estudios Generales, y el convenio con la Universidad de Kansas firmado el 31 de julio de 1959. La sede central de la UCR conserva ese nombre hasta hoy.

¿Quién era Justo Facio, padre de Rodrigo Facio Brenes?

Justo Antonio Facio de la Guardia (Santiago de Veraguas, Panamá, 17 de agosto de 1859 – Costa Rica) fue un poeta premodernista panameño-costarricense, secretario de Instrucción Pública, autor del libro de poemas Mis versos publicado en 1894, y figura destacada del periodismo cultural costarricense de principios del siglo XX. Las redes intelectuales y políticas que tejió en San José fueron, según el historiador Iván Molina, factor determinante para entender el ascenso temprano de su hijo Rodrigo. Estaba casado con Rosario Brenes Mata, maestra normal costarricense, hermana de Roberto Brenes Mesén.

¿Qué fue el Centro para el Estudio de los Problemas Nacionales?

El CEPN fue un grupo de jóvenes profesionales y universitarios fundado el 4 de marzo de 1940 en San José por una treintena de figuras: Rodrigo Facio, Daniel Oduber, Carlos Monge Alfaro, Isaac Felipe Azofeifa, Alberto Cañas, Eugenio Rodríguez Vega, Jorge Rossi, Fernando Fournier, entre otros. Editó la revista Surco desde el 15 de septiembre de 1940 con tirajes de 1.600 a 2.000 ejemplares. El 11 de marzo de 1945 se fusionó con Acción Demócrata de Alberto Martén en el Teatro Latino de San José para fundar el Partido Social Demócrata, antecesor del Partido Liberación Nacional creado en 1951.

¿Por qué un billete costarricense tenía la efigie de Rodrigo Facio?

El Banco Central de Costa Rica emitió desde 1972 el billete de 10 colones de la Serie D, que en su anverso llevaba el retrato de Rodrigo Facio Brenes junto al edificio de Ciencias y Letras de la Universidad de Costa Rica. El reverso mostraba el edificio del Banco Central y una rama de café. Color predominante azul. Circuló hasta 1987 y se retiró en la práctica hacia 1991. Aclaración importante: el billete actual de 10.000 colones lleva la efigie de Emma Gamboa Alvarado, no de Facio. La figura de Facio en numismática costarricense se encuentra solo en la colección histórica de los años setenta y ochenta.

¿Por qué Rodrigo Facio rechazó el Ministerio de Economía en 1953?

Tras el triunfo de José Figueres en las elecciones de 1953, el presidente le ofreció a Facio el Ministerio de Economía y Hacienda, cargo natural para el principal economista del Partido Liberación Nacional. Facio rechazó el ofrecimiento alegando sus tareas en la rectoría de la UCR. Una lectura sostenida en homenajes universitarios posteriores —en particular en la mesa redonda que la UCR organizó en 2011 al cumplirse el cincuentenario de su muerte— ha propuesto una interpretación más profunda: la rectoría fue para Facio una forma de retiro estratégico de la política partidaria, una posición desde la cual conservaba influencia académica sin romper con el partido. Aceptó solo una asesoría en el Consejo Económico y Social, función técnica sin compromiso ejecutivo.

¿En qué año se declaró Benemérito de la Patria a Rodrigo Facio Brenes?

La Asamblea Legislativa de Costa Rica lo declaró Benemérito de la Patria el 22 de noviembre de 1961, mediante el Acuerdo N.º 397, cinco meses y quince días después de su muerte en Acajutla. El texto único del acuerdo se basó en el inciso 16 del artículo 121 de la Constitución Política. Lo firmaron Mario Leiva Quirós como Presidente de la Asamblea, Manuel Dobles Sánchez como Primer Secretario y Hernán Caamaño Cubero como Segundo Prosecretario. Pocos beneméritos costarricenses han llegado a ese honor con la unanimidad transversal que rodeó al de Facio, ni con esa edad. Tenía 44 años al morir.

¿Cuál fue la tesis de licenciatura de Rodrigo Facio?

Su tesis se tituló Estudio sobre economía costarricense. La presentó a la Facultad de Derecho de la Universidad de Costa Rica en octubre de 1941 y obtuvo el título de Licenciado en Leyes el 20 de diciembre de 1941. La tesis fue publicada como libro en 1942 por la Editorial Surco del Centro para el Estudio de los Problemas Nacionales, en su entrega N.º 1. Es considerada el libro fundacional del pensamiento económico costarricense moderno. Según José Luis Vega Carballo, en ella Facio se adelantó diez o quince años al estructuralismo cepalino de Raúl Prebisch publicado en 1949.

¿Por qué se acusó a Rodrigo Facio de comunista en 1960?

En abril de 1960, el Diario de Costa Rica publicó en primera plana una fotografía de Rodrigo Facio junto a Fidel Castro, tomada en algún acto internacional, acompañada de un editorial que lo acusaba de pro-castrista y de permitir «infiltración comunista» en la Universidad de Costa Rica. La acusación era falsa en lo sustantivo. Facio había sido anticomunista declarado desde 1939, cuando publicó en Frente Estudiantil un texto contra la «prédica subversiva» y el «dogmatismo» del comunismo soviético. En 1945 firmó el manifiesto del PSD que denunciaba la dictadura proletaria como liquidación de las libertades democráticas. La acusación de 1960 ignoraba veintiún años de prosa política coherente.

Referencias Bibliográficas

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  • Asamblea Legislativa de la República de Costa Rica. (2025). Código Civil de Costa Rica (Ley n.° 30). Versión consolidada vigente al 16 de noviembre de 2025. Biblioteca Jurídica del Bufete de Costa Rica. https://bufetedecostarica.com/codigo-civil-de-costa-rica/
  • Asamblea Legislativa de la República de Costa Rica. (2025). Estatuto de Servicio Civil de Costa Rica (Ley n.° 1581). Versión consolidada vigente al 29 de octubre de 2025. Biblioteca Jurídica del Bufete de Costa Rica. https://bufetedecostarica.com/estatuto-de-servicio-civil-de-costa-rica-1581/
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