Hay un detalle que casi nadie cuenta de la primera elección presidencial en que las mujeres costarricenses pudieron votar, la del 26 de julio de 1953. La abogada que había dedicado treinta y siete años a conseguir ese derecho, la que había redactado los proyectos de reforma, la que había presidido la Liga Feminista Costarricense desde su fundación en 1923, no pudo votar. Estaba fuera del país, trabajando como delegada de Costa Rica ante la Comisión Interamericana de Mujeres. Se llamaba Ángela Acuña Braun, y aquel domingo de julio se postuló como tercera diputada por su partido sin poder marcar su propia papeleta.
No es una anécdota menor. Define la entera línea de su vida pública. Acuña gastó las primeras décadas del siglo XX consiguiendo derechos que ella misma todavía no tenía permitido ejercer. En 1916 logró que se aprobara, siendo aún estudiante de Derecho, una reforma del Código Civil que permitía a las mujeres ser apoderadas, procuradoras y testigos en juicio, cuando ella misma no podía firmar un poder. En 1929 consiguió la reforma de la Ley Orgánica del Notariado para que las mujeres ejercieran la fe pública, después de tres años de cabildeo. En 1941 abrió el Poder Judicial para que las mujeres pudieran ser juezas y magistradas, aunque para entonces ya había aceptado que su carrera iba a desarrollarse en tribunas distintas a las costarricenses.
Este texto pretende reconstruir, con la documentación disponible y reconociendo las discrepancias entre fuentes cuando aparezcan, la trayectoria de la jurista cartaginesa que abrió la puerta de la profesión legal a las mujeres centroamericanas. No es una hagiografía, ni un panegírico, ni un repaso de placas conmemorativas. Es el intento de explicar, en términos jurídicos y políticos concretos, cómo una huérfana criada por una tía germano-costarricense terminó siendo embajadora de Costa Rica ante la Organización de los Estados Americanos en 1958, miembro inaugural de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en 1960 y, en 1982, Benemérita de la Patria por Acuerdo Nº 2191 de la Asamblea Legislativa.
La Costa Rica del 2 de octubre de 1888, cuando Ángela Adela Acuña Braun llegó al mundo en la antigua capital de Cartago, era una república agroexportadora de élite cafetalera, atravesada por las tensiones entre el liberalismo del recién finalizado gobierno de Bernardo Soto y el conservadurismo religioso del Valle Central. El presidente en ejercicio era el liberal José Joaquín Rodríguez Zeledón. Cartago todavía cargaba con el trauma del terremoto del 13 de mayo de 1841 y la mudanza forzosa de la capital del país a San José, pero conservaba su prestigio cultural y eclesiástico, y sus familias notables seguían apellidándose Acuña, Brenes, Vargas, Quesada, Echeverría.
El régimen electoral censitario que entonces regía el país filtraba el sufragio en escalones. Votaban los varones propietarios, después los comerciantes, después los alfabetizados. Las mujeres no figuraban en ningún escalón. El Código Civil de 1888, promulgado pocos meses antes del nacimiento de Acuña por el gobierno de Bernardo Soto, había codificado la patria potestad masculina exclusiva, la incapacidad relativa de la mujer casada, la prohibición de la investigación de paternidad y el monopolio masculino del mandato judicial en su artículo 1289. Era el mismo Código Civil que reformó, treinta y siete años después, el Decreto Nº XI del 7 de junio de 1916, en una de las maniobras legislativas más calculadas del siglo XX costarricense.
Bajo esa configuración política, la condición civil de la mujer cartaginesa de fines del XIX era de tutela perpetua. La esposa requería autorización marital para administrar bienes propios, para comparecer en juicio o para suscribir contratos de cierta cuantía. La soltera dependía del padre o del hermano varón mayor. La viuda heredaba la patria potestad de los hijos menores pero perdía agencia frente a los albaceas masculinos de la sucesión. El derecho de familia, codificado al estilo del Código Napoleón, encerraba a la mujer en un círculo que solo el matrimonio y la viudez podían modificar, y siempre en direcciones que el legislador masculino había previsto. Ese era el ordenamiento contra el cual Acuña empezaría a litigar, primero desde dentro como estudiante de Derecho y después desde el cabildeo parlamentario.
La educación femenina de finales del XIX se canalizaba por dos vías paralelas y desconectadas. Para las hijas de las élites, los conventos urbanos y los colegios privados religiosos enseñaban literatura, lenguas modernas, piano y catecismo. Para las hijas de la pequeña burguesía urbana, las Escuelas Superiores de Niñas y, desde 1888, el Colegio Superior de Señoritas fundado por Mauro Fernández Acuña ofrecían una formación que en teoría era profesional pero que en la práctica desembocaba en la docencia primaria. Ninguna de las dos vías terminaba en la Escuela de Derecho del Colegio de Abogados, fundada en 1881 y reservada con candado a los varones bachilleres del Liceo de Costa Rica.
La Universidad de Santo Tomás había sido clausurada por el gobierno de Bernardo Soto en 1888, el mismo año de nacimiento de Acuña, y la Universidad de Costa Rica no se refundaría sino hasta 1940. Durante todo el periodo formativo de Ángela, los estudios universitarios estuvieron a cargo de la Escuela de Derecho del Colegio de Abogados, una institución gremial que tomaba sus propias decisiones sobre matrículas y exámenes. Los abogados del Valle Central decidían entre sí quién entraba a la profesión.
El catolicismo cartaginés agregaba una capa adicional al cierre de horizontes. La Diócesis de San José, erigida en 1850, mantenía una relación tensa con el Estado liberal y veía la educación femenina como prerrogativa de la familia y la parroquia, no del aula mixta. Cuando Cleto González Víquez asumió la presidencia de la República en 1906 y otorgó a la huérfana cartaginesa una beca para estudiar en Francia, lo hizo desafiando una convención social que reservaba ese tipo de inversiones públicas a los varones de futuro previsible. La inversión, vista en retrospectiva, fue una de las más rentables que hizo el Estado costarricense en el siglo XX.
El nombre completo que figura en el Libro de nacimientos de la Provincia de Cartago Nº 1, folio 312, asiento 820 del Registro Civil del Tribunal Supremo de Elecciones es María Ángela Adela Acuña Braun. Algunas fuentes secundarias agregan un cuarto nombre, Elena, y la registran como María Ángela Adela Elena Acuña Braun, pero la documentación registral primaria citada por el historiador Tomás Federico Arias Castro en su artículo de la Revista El Foro del Colegio de Abogados se queda con los tres nombres. La fecha es el 2 de octubre de 1888. Una fuente minoritaria, atribuida a Yadira Calvo en su biografía de 1989, registra 1892 como año de nacimiento, pero toda la cronología educativa posterior, desde el bachillerato del Liceo en 1912 hasta la licenciatura de 1925, encaja con 1888 y solo con 1888.
El padre, Ramón Acuña Corrales, nacido en 1861, hijo de Antonio Acuña y Josefa Corrales, fue un jurista cartaginés del que se conservan referencias profesionales menores en los archivos del Colegio de Abogados. Murió en diciembre de 1894, cuando Ángela tenía seis años. El rumor que recogió la biografía de Calvo en 1989, y que han repetido fuentes posteriores con prudencia, sostiene que Ramón Acuña Corrales habría intercambiado su copa con la del entonces presidente Rafael Yglesias Castro durante un banquete del 30 de noviembre de 1894 donde se sospechaba un envenenamiento dirigido contra el mandatario. No hay prueba documental dura del intercambio. Lo que sí consta es la muerte súbita del padre poco después del evento. A mi juicio, la historiadora seria de Acuña debe registrar el rumor sin convertirlo en hecho establecido, y advertir que ninguna investigación judicial de la época confirmó la hipótesis del envenenamiento. La leyenda familiar del intercambio de copa cumple una función emocional dentro de los Acuña Braun, pero la prudencia profesional pide tratarla como tradición oral, no como dato histórico verificable.
La madre, Adela Braun Bonilla, nacida en 1870, pertenecía a la rama germano-costarricense del apellido. Su padre, Johann (Juan Diego) Braun Röesler, había nacido en Baviera en 1824, estudió Filosofía y Medicina en la Universidad de Múnich entre 1843 y 1846, y arribó a Costa Rica en 1855. Braun firmó la carta de los alemanes residentes ofreciéndose al presidente Juan Rafael Mora Porras durante la Campaña Nacional contra William Walker de 1856 y 1857, dirigió la primera expedición científica al volcán Turrialba, impartió cátedra en la Universidad de Santo Tomás antes del cierre, y se casó con Elena Bonilla Carrillo, sobrina del Lic. Braulio Carrillo Colina, jefe de Estado en los periodos 1835-1837 y 1838-1842. El abuelo materno de Ángela murió en 1880, ocho años antes del nacimiento de la nieta que cargaría su apellido.
Un hermano de la madre, Juan Diego Braun Bonilla, fue poeta y jurista, elogiado por Rubén Darío en un soneto póstumo que circulaba en las antologías centroamericanas de comienzos del XX. La hija de Juan Diego Braun, prima hermana de Ángela, fue la pianista Stella Braun, figura conocida en los círculos musicales josefinos. La sangre alemana fue una constante en la conversación familiar de los Acuña Braun, no como exotismo sino como prestigio cultural. Los Braun eran la familia «europea» entrelazada con la oligarquía vallecentralina, y esa identidad cosmopolita acompañaría a Ángela toda la vida.
Adela Braun Bonilla murió en marzo de 1901, cuando Ángela tenía doce años. La huérfana doble pasó a la custodia de su tía materna Rafaela Braun Bonilla y del esposo de esta, el general colombiano-costarricense Rafael Villegas Arango, militar, periodista y figura política de varios gobiernos. Villegas Arango fue una pieza decisiva en la trayectoria de su sobrina. La apoyó cuando regresó de Europa en 1910, gestionó con el subsecretario de Instrucción Pública Roberto Brenes Mesén su ingreso al Liceo de Costa Rica como única estudiante mujer en 1912, y la acompañó a las primeras peticiones formales ante el Congreso en 1916.
La tía Rafaela, por su parte, organizó la economía doméstica de la sobrina huérfana y financió, sumando ahorros propios a la beca presidencial otorgada por Cleto González Víquez, la estancia europea de 1906 a 1910. Fue Rafaela quien escribió la carta de presentación al marqués Manuel María de Peralta y Alfaro, ministro plenipotenciario de Costa Rica en Europa, para que recibiera a la sobrina en el castillo familiar de Lieja en Bélgica.
Crecer huérfana doble en una casa de familia extendida, con tutela compartida entre la tía materna y el tío militar-periodista, produce dos efectos sociológicos predecibles que se cumplieron en el caso de Acuña. Por un lado, una autoridad temprana sobre las decisiones propias, porque los tutores no son padres y delegan más. Por otro, una susceptibilidad a las redes intelectuales adultas, porque los iguales emocionales no son los pares de edad sino los adultos cercanos. Acuña aprendió, antes de los doce años, a moverse en conversaciones de hombres jóvenes y de mujeres mayores, una habilidad que después sería decisiva en los pasillos del Congreso.
La educación primaria de Ángela Acuña ocurrió en la Escuela Superior de Niñas Nº 2 de San José, que hoy lleva el nombre de su antigua directora Julia Lang Aguilar. La escuela funcionaba bajo la tutela de la Secretaría de Instrucción Pública y reclutaba a las hijas de la clase media josefina y vallecentralina con vocación pedagógica. De ahí pasó al Colegio Superior de Señoritas entre 1901 y 1905, en el que se graduó con honores académicos que la directora Marian Le Cappellain recordó después en cartas privadas.
El Colegio Superior de Señoritas, fundado por Mauro Fernández Acuña en 1888, era la cumbre de la educación femenina costarricense de la época. Las alumnas estudiaban Castellano, Francés, Inglés, Historia Universal, Aritmética, Álgebra, Geometría, Pedagogía, Higiene, Música, Dibujo y Labores Manuales. Era una formación que en Europa habría dado acceso a estudios universitarios, pero en Costa Rica el título no era reconocido como bachillerato académico, es decir, no daba acceso a la Escuela de Derecho ni a ninguna otra carrera profesional fuera de la docencia primaria. Acuña terminó el quinto año en 1905 con la mejor nota del grupo y, en lugar de quedarse a enseñar, se preparó para la beca europea.
En 1906, el presidente Cleto González Víquez y su secretario de Instrucción Pública Luis Anderson Morúa otorgaron a Acuña una beca presidencial para continuar estudios en Europa, en el marco de un programa selectivo que ese año envió fuera del país a una docena escasa de estudiantes. La beca era un reconocimiento mixto. Por una parte, premiaba el expediente académico de la huérfana cartaginesa. Por otra, era una inversión política que González Víquez hacía en la familia Braun-Villegas, leal al liberalismo josefino. Ángela viajó en mayo de 1906, a los diecisiete años, acompañada en parte del trayecto por familiares y diplomáticos.
La primera estación europea fue el Institut Morel de Fos en París, una institución privada de formación femenina que recibió estudiantes extranjeras entre 1890 y 1920, sobre todo hispanoamericanas y norteamericanas. Acuña permaneció allí desde mediados de 1906 hasta mediados de 1908. El currículo combinaba humanidades clásicas, lenguas modernas (francés, inglés, alemán), historia del derecho, latín, literatura comparada y conversaciones sobre filosofía moral. No era una facultad universitaria, pero ofrecía una formación que en muchos aspectos superaba al Colegio Superior de Señoritas, y los institutos privados parisinos de la Belle Époque eran espacios de socialización con estudiantes de toda América Latina y de Europa central.
La segunda estación fue Lieja, Bélgica, donde Ángela vivió cerca de un año, entre 1908 y 1909, en el castillo del marqués costarricense Manuel María de Peralta y Alfaro, ministro plenipotenciario de Costa Rica en Europa, y su esposa la condesa belga Josephine-Jehanne de Clérembault de Soer. Peralta era una de las figuras diplomáticas más respetadas del país, redactor del Pacto de Cañas-Jerez con Nicaragua, y mantenía en su residencia un salón al que asistían intelectuales y políticos europeos. Acuña conoció allí, según sus propias memorias parciales recogidas por Calvo, a diplomáticos hispanoamericanos, periodistas españoles y, sobre todo, a sufragistas británicas en gira por el continente. La inmersión diplomática de aquel año en Lieja le dio una alfabetización sobre protocolo, redes diplomáticas y cabildeo internacional que sería decisiva cincuenta años después, cuando ella misma fuera embajadora ante la OEA.
La tercera estación, recomendada por Peralta, fue el Priory Institute de Londres, donde Acuña estudió entre 1909 y junio de 1910. En Londres, la coyuntura era explosiva. La Women’s Social and Political Union de Emmeline Pankhurst llevaba seis años de campañas militantes por el voto femenino. Las suffragettes habían incendiado oficinas, se habían encadenado a verjas del Parlamento, habían hecho huelgas de hambre en las cárceles de Holloway. Acuña presenció esos eventos como observadora directa. Años después escribiría que admiraba la valentía de las británicas pero rechazaba sus métodos por considerarlos contraproducentes para una sociedad de cultura católica como la costarricense. Esa distinción metodológica, formulada a los veintiún años, definió toda su estrategia política posterior.
Regresó a Costa Rica en agosto de 1910. Tenía veintidós años, hablaba cuatro lenguas, había vivido cuatro años en tres países europeos, y aspiraba a inscribirse en la Escuela de Derecho del Colegio de Abogados. Allí se topó con la primera barrera técnica de su carrera. El reglamento de la Escuela exigía bachillerato académico, y el bachillerato académico solo se otorgaba en el Liceo de Costa Rica, institución reservada a varones. El título del Colegio Superior de Señoritas no era equivalente. Acuña tendría que volver a estudiar la secundaria desde el último año, pero esta vez en el Liceo, en el que ninguna mujer había sido admitida nunca.
El Liceo de Costa Rica se había fundado en 1887 como institución pública para la formación de los varones que pretendieran estudios universitarios. Su currículo era académico, no vocacional, y su prestigio era tal que pasar por sus aulas equivalía a un requisito para acceder al poder político y judicial costarricense de la primera mitad del siglo XX. Lo dirigía en 1912 el educador Arturo Pérez Marenco. La gestión de matrícula la encabezó el subsecretario de Instrucción Pública Roberto Brenes Mesén, ensayista y poeta modernista de orientación liberal, amigo de la familia Villegas-Braun. Brenes Mesén argumentó ante el director Pérez Marenco que la Constitución de 1871 no prohibía de manera expresa la matrícula femenina en instituciones públicas y que negarla equivaldría a discriminación arbitraria. Pérez Marenco, con dudas, aceptó la matrícula bajo condiciones. Ángela debía completar el quinto año en una sola promoción, presentar exámenes ordinarios junto con los varones, y respetar las normas disciplinarias generales sin solicitar adaptaciones. La aceptación de las tres condiciones fue inmediata.
Ángela ingresó al Liceo en marzo de 1912 como única estudiante mujer en un alumnado de unos trescientos varones. La situación cotidiana, según cartas conservadas por Calvo en su biografía, fue ambigua. Algunos profesores fueron cordiales, otros la ignoraron en clase, y los estudiantes oscilaron entre la curiosidad respetuosa y el comentario hostil. Acuña aprobó las materias y, a fines de 1912, obtuvo el primer bachillerato académico femenino otorgado en Costa Rica. Pronunció, además, el discurso de graduación en representación de los estudiantes, un detalle que la prensa josefina de la época registró con sorpresa.
El ingreso a la Escuela de Derecho del Colegio de Abogados ocurrió en marzo de 1913. La Escuela funcionaba con un currículo propio aprobado por el Colegio. Las materias incluían introducción al derecho, derecho romano, civil, penal, mercantil, constitucional, internacional, procesal civil, procesal penal, hacienda pública, filosofía del derecho, e historia del derecho. Los profesores eran abogados activos que daban clase en horarios de oficina. El bufete que más nombres aportaba a la cátedra era el de Alejandro Alvarado Quirós, quien sería años después el presidente del tribunal examinador que aprobaría la tesis de Acuña. Mientras estudiaba, Ángela publicó sus primeros ensayos en la revista Cordelia en 1912 y en El Imparcial en 1915, este último dirigido por Rogelio Fernández Güell, intelectual liberal que sería asesinado durante la dictadura de Tinoco en 1918. Los ensayos circularon bajo seudónimo en algunos casos y con firma propia en otros, según el grado de exposición política del tema tratado. Acuña abordó la educación femenina, la herencia de los hijos extramatrimoniales, la situación de las maestras, la lectura femenina y, más adelante, la reforma del Código Civil.
Obtuvo el bachillerato en Leyes en 1916, después de tres años de matrícula efectiva. Aquí los relatos divergen. Arias Castro y otras fuentes secundarias fechan el grado formal de bachiller en Derecho el 16 de diciembre de 1924, después de una pausa de varios años por motivos personales y políticos, mientras que biografías más populares lo fechan en 1916. La interpretación más consistente con la cronología documentada es que Acuña completó las materias del bachillerato hacia 1916 pero interrumpió la presentación de la tesis y de los exámenes orales hasta la reanudación de 1924, cuando obtuvo el grado de bachiller en Derecho el 16 de diciembre. La licenciatura llegó un año después. El 10 de diciembre de 1925 Acuña defendió su tesis ante el tribunal presidido por Alvarado Quirós y recibió el grado de Licenciada en Derecho con honores. Se convirtió, a los treinta y siete años, en la primera abogada de Costa Rica y de toda Centroamérica.
Antes de tener su propio título profesional, Ángela Acuña ya había reformado la ley que iba a regular el ejercicio de ese título. La maniobra fue de una astucia jurídica que vale la pena describir paso a paso.
El obstáculo era el artículo 1289 del Código Civil de 1888, que en su redacción original reservaba el ejercicio del mandato judicial a los varones. Las mujeres no podían ser apoderadas en juicio, ni procuradoras, ni testigos válidos en instrumentos públicos. La consecuencia operativa era que aunque una mujer tuviera título de Licenciada en Derecho, no podía firmar un poder, no podía representar a un cliente ante un juzgado, no podía rendir testimonio testamentario, no podía dar fe en una compraventa. El título habría sido decorativo. Esa paradoja la entendió Acuña apenas terminó el primer año de matrícula en la Escuela de Derecho.
La incoherencia interna del ordenamiento era flagrante. El Estado reconocía la capacidad académica de las mujeres para cursar carreras, había hecho una inversión presidencial concreta enviándolas al extranjero, había aceptado la matrícula en el Liceo y en la Escuela de Derecho, pero al mismo tiempo cerraba la puerta a que ese título tuviera efectos prácticos en los tribunales. Acuña construyó toda su argumentación legislativa de 1916 sobre esa incoherencia. Si el Estado había habilitado a las mujeres como estudiantes y profesionales, no podía simultáneamente prohibirles el ejercicio del oficio que él mismo había certificado.
En 1916, todavía como estudiante de tercer año, Acuña presentó al Congreso de Costa Rica un proyecto de reforma del artículo 1289 acompañado de un estudio comparado de la legislación civil de Francia, España, Argentina, Chile y México. El proyecto se discutió en la Comisión de Asuntos Sociales del Congreso. Acuña asistió en persona a las audiencias, defendió el proyecto frente a diputados que la doblaban en edad, y respondió a las objeciones técnicas que invocaban la «capacidad relativa» de la mujer casada. El argumento central de Acuña fue que la capacidad relativa del Código Civil, derivada del Código Napoleón, no era una incapacidad absoluta y no debía extenderse al ejercicio profesional de un título universitario otorgado por el Estado.
El proyecto fue aprobado y el Poder Ejecutivo lo firmó como Decreto Nº XI del 7 de junio de 1916, publicado en la Colección de Leyes y Decretos del primer semestre de 1916, páginas 282 y 283. La prensa lo bautizó casi de inmediato como la «Ley Angelita Acuña», un nombre que ha sobrevivido en la memoria jurídica costarricense aunque no aparezca como tal en la ley. El alcance operativo de la reforma fue claro. Las mujeres podrían ser mandatarias judiciales, podrían ejercer como procuradoras, y podrían prestar testimonio en juicio y en instrumentos públicos. Existe una discrepancia menor entre fuentes que conviene aclarar. Algunas referencias secundarias afirman que la reforma de 1916 modificó el «artículo 12 de la Ley Orgánica de los Tribunales» en lugar del artículo 1289 del Código Civil. La interpretación más probable, después de cotejar las fuentes primarias citadas por Arias Castro, es que el Decreto Nº XI tuvo alcance dual. Tocó el Código Civil en su parte sobre mandato y capacidad procesal, y también modificó la Ley Orgánica de los Tribunales en su regulación procesal sobre testigos. La doble afectación normativa fue, de hecho, una característica de la técnica legislativa costarricense de la época, en la que las reformas civiles arrastraban modificaciones procesales accesorias.
Lo notable, vista la reforma con casi un siglo de distancia, no es solo el contenido sino el método. Acuña no organizó una marcha, no convocó una huelga, no escribió un manifiesto incendiario. Estudió la norma vigente, redactó un proyecto sustitutivo, lo defendió en sede legislativa con argumentos de derecho comparado, y consiguió que el Congreso lo aprobara antes de tener ella misma el título que le permitiría aprovecharlo. Es la operación intelectual del jurista de bufete trasladada a la transformación social. Será su método durante los siguientes cuarenta años, repetido con variantes ante el notariado, la judicatura y la Constitución.
El año de la «Ley Angelita Acuña» coincidió con un experimento que demostraba la otra cara del método de Ángela Acuña, la persuasión cultural por la vía del medio impreso. En 1915 había cofundado con el escritor José Albertazzi Avendaño la revista Fígaro, considerada por la historiografía costarricense la primera publicación intelectual de tema femenino y feminista del país. Fígaro circulaba mes a mes con artículos sobre educación, literatura, derecho, política internacional, salud y reformas legales. La revista recibió colaboraciones de escritores hispanoamericanos invitados por Acuña por correspondencia, una práctica que la conectó con redes intelectuales mexicanas, argentinas, peruanas y cubanas.
La estrategia editorial de Fígaro era doble. Hacia las lectoras costarricenses, la revista buscaba ampliar el horizonte de lo concebible. Si una colaboradora de Buenos Aires escribía sobre el voto femenino uruguayo, las lectoras de San José descubrían que el voto femenino no era una rareza ni una herejía, sino un debate latinoamericano en curso. Hacia los lectores varones, Fígaro funcionaba como prueba de que las mujeres podían sostener una conversación intelectual de nivel sin renunciar a la mesura formal. La revista no era panfleto, era ensayo. La diferencia retórica era deliberada y se sostuvo a lo largo de los años de circulación.
Acuña dirigió Fígaro durante varios años y colaboró al mismo tiempo con el Repertorio Americano de Joaquín García Monge, la publicación cultural más influyente de Centroamérica en el segundo cuarto del siglo XX, así como con las revistas costarricenses Brecha y Educación, y con los diarios Diario de Costa Rica, La Hora, La Nación, La Tribuna y La República. Publicó también en publicaciones de México, Perú, Cuba, Argentina y Colombia. El listado de medios no es ornamental. Es el mapa de la red transnacional que Acuña construyó como soporte de su acción jurídica.
En 1943, ya consolidada en lo profesional y en lo político, fundó el semanario Mujer y Hogar, considerado por algunos historiadores el primer medio de tema abiertamente feminista del país, distinguido de Fígaro por su orientación más programática y su vocación de plataforma para reformas legales concretas. Mujer y Hogar acompañó la última fase de la campaña sufragista, que culminaría en 1949, y promovió la creación de Escuelas de Orientación para la Mujer en las zonas rurales costarricenses, un proyecto que Acuña presentó al Ministerio de Educación y que tuvo aplicación parcial.
El periodismo de Acuña tiene una característica que rara vez se discute. Era literal en términos jurídicos. Cuando criticaba una norma, citaba el artículo, transcribía el inciso, comparaba con la legislación extranjera. Cuando proponía una reforma, adjuntaba el texto sugerido. La prosa estaba al servicio de la técnica. Esa textura le costó accesibilidad popular pero le compró credibilidad en los foros donde después tendría que defender las reformas. Acuña era leída por los diputados, los magistrados, los abogados, no por las amas de casa que el feminismo de masas posterior haría su público natural. Eligió ese público con plena conciencia de la elección.
La fecha es precisa y la ocasión, cargada de símbolo. El 12 de octubre de 1923, en el Salón de Actos del Colegio Superior de Señoritas, Ángela Acuña convocó a un grupo de unas treinta mujeres para fundar la Liga Feminista Costarricense, primera organización feminista estructurada del país. Asistieron el presidente de la República Julio Acosta García y su esposa Elena Gallegos Rojas, en un gesto político deliberado que daba cobertura institucional al acto. La junta directiva quedó constituida con Acuña como presidenta, Esther de Mezerville Ossaye como vicepresidenta, y Ana Rosa Chacón González como secretaria.
La elección del 12 de octubre no fue casual. Acuña respondía a una convocatoria internacional formulada por la mexicana Elena Arizmendi Mejía, fundadora de la Liga Internacional de Mujeres Ibéricas e Hispanoamericanas en Madrid junto con la española Carmen de Burgos Seguí, que había fijado esa fecha como día de constitución simultánea de filiales en todo el mundo hispano. La Liga costarricense quedó así integrada a una red transnacional con sede en Madrid y publicaciones en Nueva York, vinculada al feminismo iberoamericano que en esos años intentaba diferenciarse del sufragismo anglosajón por su énfasis en la maternidad, la educación, la reforma legal y la protección de la niñez.
Esther de Mezerville Ossaye era maestra, masona y figura central del Colegio Superior de Señoritas, en el que había sido alumna y profesora. Ana Rosa Chacón González era teósofa, maestra normalista y hermana de Lucas Raúl Chacón, futuro esposo de Acuña. Las tres mujeres compartían una formación pedagógica común y una afinidad espiritual con corrientes esotéricas, masonería para Mezerville, teosofía para Acuña y Chacón. La masonería mixta y la Sociedad Teosófica, según ha documentado la investigadora Patricia Quesada Chaves, fueron espacios decisivos para la articulación de redes femeninas en la Costa Rica de la primera mitad del siglo XX. No era misticismo evasivo. Era infraestructura asociativa fuera del control católico.
Las integrantes adicionales documentadas de la Liga en su primera década incluyeron a Corina Rodríguez, Lydia Fernández, Vitalia Madrigal, Anaí Quesada, Lupita Soto, Rosaura Moreno de Venegas, María Martina O’Leary, María Isabel Carvajal (mejor conocida como Carmen Lyra), y Ester Castro de Tristán. La presencia de Carmen Lyra es significativa por sus consecuencias políticas posteriores. Lyra se vincularía a partir de la década de 1930 al Partido Comunista, lo que produciría tensiones internas con Acuña y, con el tiempo, una distancia política entre las dos. Pero en 1923 las dos estaban juntas.
El programa de la Liga en su acta fundacional contenía cinco ejes: el sufragio femenino, la igualdad salarial docente, el acceso de las mujeres a las profesiones liberales, la reforma del derecho de familia en materia de filiación e investigación de paternidad, y la educación pública para las niñas rurales. La estructura era piramidal: una presidenta, una vicepresidenta, una secretaria, una tesorera, y comisiones temáticas por cada eje. Las comisiones se reunían cada quince días en el Colegio Superior de Señoritas, redactaban proyectos legislativos, los presentaban a la Comisión de Asuntos Sociales del Congreso, y daban seguimiento prensa en mano. Esa estructura sobrevivió a varias generaciones de directivas y permitió que la Liga llegara intacta a la conquista del sufragio en 1949.
La primera victoria táctica de la Liga, apenas un año después de su fundación, fue la campaña por la igualdad salarial docente de 1924. El detonante fue un proyecto del Ministerio de Educación Pública que proponía aumentar el salario de los maestros varones de cuarto y quinto grado, sin extender el aumento a las maestras. La justificación oficial era presupuestaria. Aumentar a todos los docentes excedía el techo del rubro. Acuña denunció el proyecto como discriminación retributiva y movilizó a la Liga junto con la Asociación Nacional de Educadores, formada en su mayoría por maestras.
La consigna que adoptó la campaña fue precisa: «aumento a todos o a ninguno». La fórmula desactivaba la justificación presupuestaria oficial porque trasladaba el costo del recorte al gobierno, no a las maestras. Si el Ministerio quería ahorrar, debía ahorrar de modo no discriminatorio. Si quería invertir, debía invertir de modo no discriminatorio. La movilización combinó cartas al Congreso, artículos en Fígaro y en la prensa nacional, asambleas magisteriales en San José, Cartago, Heredia y Alajuela, y la amenaza abierta de paralización del año escolar. El gobierno cedió. El aumento se extendió a las maestras a finales de 1924.
La victoria tuvo un detalle adicional, rara vez subrayado, que define la postura social de Ángela Acuña con más claridad que cualquier discurso programático. La campaña incluyó en su petitorio la equiparación salarial de las conserjes escolares con los conserjes varones. Las conserjes no eran profesionales, no tenían educación formal, no compartían la posición social de las maestras. Eran trabajadoras manuales de la administración pública. Que la Liga, encabezada por una abogada cartaginesa de familia ilustrada, incluyera el salario de las conserjes en el mismo bloque que el de las maestras es un dato sociológico importante. Acuña entendía el feminismo como un asunto transversal a las clases, no como un asunto exclusivo de las profesionales educadas.
Esa solidaridad de clase, modesta pero real, fue la que sostuvo a la Liga durante las décadas posteriores. Cuando en 1949 el Estado costarricense aprobó el sufragio femenino, no fue solo porque un grupo de juristas insistió treinta y siete años. Fue porque las maestras, las conserjes, las telefonistas, las empleadas de oficina y las trabajadoras textiles habían acumulado un capital político propio que hacía imposible seguir negándoles la ciudadanía. Acuña entendió temprano que la conquista del voto exigía aliadas en el trabajo asalariado femenino, no solo en los salones literarios de San José. La campaña de 1924 fue la primera prueba de esa estrategia.
La Liga sobrevivió a su fundadora. En octubre de 2021, la Asamblea Legislativa de Costa Rica declaró Benemérita de la Patria a la propia Liga Feminista Costarricense en su centenario, durante el gobierno de Carlos Alvarado Quesada. Acuña ya había recibido el mismo honor en 1982. Pocas veces un movimiento social ha logrado que el Estado reconozca a la organización y a su fundadora con la misma distinción patriótica. La doble declaratoria, vista desde 2026, marca el grado de institucionalización que la lucha sufragista alcanzó en la memoria oficial costarricense.
El 10 de diciembre de 1925, Ángela Acuña defendió su tesis de licenciatura ante el tribunal examinador del Colegio de Abogados, presidido por el Lic. Alejandro Alvarado Quirós. El título exacto del trabajo presenta una discrepancia bibliográfica menor que conviene resolver. La forma usada por el archivo del Colegio de Abogados, por SINABI, por el Instituto Nacional de las Mujeres y por la Wikipedia inglesa es «Los derechos del niño dentro de la Ley Moderna». La forma usada por La Nación, la Organización de Estados Iberoamericanos y algunas fuentes periodísticas es «Los derechos del niño en el Derecho moderno». La primera, por tener respaldo archivístico, debe considerarse la denominación canónica. La segunda nació de una reseña de prensa de los años 1925-1926 y se propagó por copia.
La tesis tuvo carácter inaugural. Acuña se convirtió en la primera mujer licenciada en Derecho de Costa Rica y de Centroamérica. La cronología regional confirma el dato. La guatemalteca Graciela Quan Valenzuela se graduó en 1942 con la tesis «Ciudadanía opcional para la mujer guatemalteca» en la Universidad de San Carlos. La nicaragüense Olga Núñez Abaunza se graduó en 1945. La salvadoreña María García Herrera en 1946. La hondureña Alba Alonzo Cleaves también en 1946. A escala mesoamericana, Acuña ocupa el tercer lugar después de la mexicana María Asunción Sandoval de Zarco, que defendió tesis profesional el 9 de julio de 1898 en la Escuela Nacional de Jurisprudencia, y de la panameña Clara González Carrillo, que defendió en la Escuela Nacional de Derecho de Panamá el 14 de junio de 1922 la tesis «La mujer ante el Derecho panameño». Para Centroamérica estricta, Acuña es la primera. Para Mesoamérica completa, es la tercera.
La tesis sostenía que el Estado costarricense debía crear una judicatura tutelar de menores especializada, con jueces profesionales formados en pedagogía, psicología y derecho de familia, separados de la justicia penal ordinaria. La propuesta era avanzada para la época y se inspiraba en los modelos estadounidenses que Acuña había estudiado por correspondencia y que conocería en directo años después, durante sus estancias en Columbia University en 1941-1942 y en University of Southern California entre 1945 y 1949.
La idea tuvo que esperar treinta y un años. El Juzgado Tutelar de Menores de Costa Rica se creó en 1956 y su primera titular fue la jueza María Eugenia Vargas Solera. Acuña aspiró a presidirlo cuando se le propuso en discusiones legislativas de 1940-1941, pero la propuesta paralela suya de crear el juzgado no prosperó entonces y para 1956 ella ya estaba dedicada a la diplomacia panamericana.
Al elegir como tema central de su tesis los derechos de la infancia, Ángela Acuña construyó un blindaje moral contra las críticas conservadoras de su feminismo. Defender a los niños desvalidos era una postura inatacable en la Costa Rica católica de 1925. Pero el silogismo implícito era devastador. Si las mujeres eran las protectoras «naturales» de la infancia, era absurdo negarles el poder legal para defender a esos mismos niños en los tribunales y en la redacción de las leyes. Acuña convirtió el maternalismo conservador en el caballo de Troya del reformismo legal. Es una jugada de retórica jurídica que merece estudio aparte.
La tesis fue reseñada en 1936 por Luis Dobles Segreda en el tomo VIII de su Índice bibliográfico de Costa Rica, página 345. La reseña confirma el contenido descrito y la denominación canónica. El manuscrito original se conserva en la Biblioteca del Colegio de Abogados y Abogadas de Costa Rica, donde puede consultarse con autorización institucional.
Apenas obtenido el título de Licenciada en Derecho en diciembre de 1925, Ángela Acuña descubrió una nueva barrera técnica. La Ley Orgánica del Notariado vigente exigía la condición de «ciudadano en ejercicio» para optar al cargo de notario público. Ciudadano en ejercicio significaba, en el ordenamiento costarricense de la época, varón mayor de edad con derecho a sufragio. Las mujeres, que carecían del sufragio activo, quedaban excluidas del notariado por una vía indirecta. La exclusión no era explícita pero era completa. Ninguna mujer podía dar fe pública, ninguna podía levantar instrumentos de compraventa, ninguna podía testar.
Acuña presentó al Congreso, a partir de 1926, una serie de peticiones formales que solicitaban la modificación del requisito. La argumentación seguía la misma línea de la reforma de 1916. El título profesional había sido otorgado por el Estado, la capacidad civil de la abogada estaba reconocida en sede procesal desde la «Ley Angelita Acuña», y exigir como requisito adicional la ciudadanía política era introducir una incoherencia entre el ordenamiento civil y el ordenamiento electoral. Los diputados que recibieron las peticiones oscilaron entre la simpatía abstracta y la objeción presupuestaria sobre los exámenes de admisión al notariado.
El cabildeo duró tres años. En 1929 el Congreso aprobó la reforma de la Ley Orgánica del Notariado que permitió a las mujeres con título de Licenciada en Derecho acceder al ejercicio del notariado público. Acuña no fue la primera notaria registrada bajo la nueva regla, porque para entonces su vida profesional estaba ya volcada al activismo y al litigio de familia, pero la reforma abrió la fe pública a las mujeres que la siguieron. La reforma de 1929 es uno de los actos legislativos más subvalorados de la trayectoria de Acuña, porque sus efectos económicos sobre las generaciones siguientes de abogadas fueron enormes. El notariado era, y sigue siendo, la rama más lucrativa del ejercicio profesional en Costa Rica.
El siguiente objetivo fue la judicatura. La Ley Orgánica del Poder Judicial reservaba los cargos de jueza, magistrada y alcaldesa a los varones, con el mismo argumento implícito sobre la ciudadanía política. Acuña presentó proyectos de reforma a partir de 1939 y consiguió que se aprobaran en 1940. La reforma fue publicada en la Colección de Leyes y Decretos del segundo semestre de 1940, página 424, y entró en vigor en 1941. A partir de ese año las mujeres pudieron ser juezas, magistradas y alcaldesas. La primera mujer en ocupar un cargo de jueza en Costa Rica fue Ángela Sancho Gómez, nombrada en 1942. La primera magistrada de la Corte Suprema de Justicia llegaría décadas después, ya en la segunda mitad del siglo.
Conviene insistir en un punto que se pierde en los recuentos hagiográficos. Ángela Acuña consiguió la reforma de 1941 sin tener todavía el sufragio. Es decir, las mujeres podían ser juezas y magistradas antes de poder votar, lo que produce una asimetría jurídica notable. El Estado costarricense aceptó el poder coercitivo de las mujeres en los tribunales antes de aceptar el poder electoral de las mujeres en las urnas. La asimetría se mantuvo durante ocho años, hasta el sufragio constitucional de 1949. A mi juicio, la explicación más probable de esta secuencia invertida es que el poder judicial era percibido por los legisladores como ejercicio técnico y subordinado, mientras que el voto era percibido como poder político primario. Aceptar a las mujeres en la judicatura era aceptarlas como técnicas, no como ciudadanas plenas. Acuña aprovechó la asimetría conceptual para abrir la puerta más sólida, sabiendo que la otra vendría después.
La cronología del sufragio femenino costarricense es una de treinta y tres años de cabildeo continuo, distribuido en oleadas que se solapan entre sí. Cada oleada tuvo su propio escenario, sus propios aliados y su propio mecanismo de fracaso, pero todas compartieron la misma protagonista discreta. Acuña aparece en los expedientes congresales como peticionaria, en las actas constituyentes como testigo, en la prensa como articulista, en las cartas como gestora silenciosa.
Ángela Acuña abrió la batalla en 1916 convenciendo a Alejandro Alvarado García, redactor principal de las reformas a la Constitución de 1917 promovidas por la dictadura de Federico Tinoco Granados, de incluir una cláusula que admitía el voto restringido para mujeres mayores de edad, alfabetizadas, propietarias de tres mil colones o viudas con cuatro o más hijos. La asamblea constituyente eliminó la cláusula sin discusión y Acuña fue tildada de «radical» por la prensa conservadora. La Constitución de 1917 cayó con la dictadura en 1919 y nunca llegó a tener vigencia plena.
La segunda oleada vino tras la caída del tinoquismo. En 1919 Acuña fue contratada como la primera mujer del Ministerio de Educación Pública y participó en la huelga magisterial contra el régimen, junto con Matilde Carranza, Lilia González, Carmen Lyra, Victoria y Vitalia Madrigal, María y Teodora Ortiz, Ester Silva, Andrea Venegas y Esther de Mezerville. La huelga, articulada desde las escuelas y desde la prensa, fue uno de los factores que precipitó la salida de Tinoco. El 13 de junio de 1919, una multitud encabezada por maestras y dirigida en parte por Andrea Venegas Mora, incendió los talleres del periódico oficialista La Información. Acuña documentó después que aquellas mujeres «prepararon, sin sospecharlo, la plataforma para futuros acontecimientos políticos que debían beneficiarlas».
La tercera oleada fue el viaje a Estados Unidos en abril de 1922. Aquí hay una corrección documental que hace falta. La mayoría de las fuentes hispanas, incluida Acuña en su propio libro de 1969, sitúan la Pan-American Conference of Women en Nueva York. La documentación primaria estadounidense, sin embargo, confirma que la conferencia se celebró en el Belvedere Hotel de Baltimore, Maryland, entre el 20 y el 29 de abril de 1922, con la presidencia de Maud Wood Park y con la asistencia de más de dos mil mujeres provenientes de veintitrés países y territorios americanos.
La conferencia coincidió con la tercera convención anual de la League of Women Voters presidida por Carrie Chapman Catt. De ese encuentro nació la Pan American Association for the Advancement of Women, precursora del Pan American International Women’s Committee y, en último término, de la Comisión Interamericana de Mujeres de la OEA. Acuña conoció en Baltimore a Mabel Vernon, Doris Stevens, Carmen de Burgos Seguí y Elena Arizmendi Mejía. La sede correcta es Baltimore. Quien repita Nueva York está repitiendo a la propia Acuña, que escribió su libro cuarenta y siete años después del evento y citó de memoria. La precisión de la sede importa porque la Pan-American Association of Baltimore es uno de los antecedentes documentales del Sistema Interamericano de derechos humanos.
La cuarta oleada fue institucional. Entre 1929, 1931 y 1934, Acuña presentó tres peticiones formales al Congreso costarricense en favor del sufragio femenino. Las tres fueron archivadas por la Comisión de Asuntos Sociales sin llegar a discusión plenaria. Los expedientes correspondientes se conservan en el Archivo Nacional de Costa Rica, Serie Congreso, expedientes 14274 y 13094, periodo 1920-1933.
La quinta oleada cubrió las décadas de 1940. La Liga se reunía con cada nuevo Congreso para reiterar la solicitud y para distribuir folletos de derecho comparado mostrando que el sufragio femenino ya existía en Uruguay desde 1927, Brasil desde 1932, El Salvador desde 1939, Cuba, Chile y, en Estados Unidos, desde 1920. La Liga acumuló además adhesiones de organizaciones gremiales magisteriales, asociaciones de mujeres universitarias y mesas redondas panamericanas, lo que le dio una respetabilidad institucional creciente en los corredores legislativos.
La sexta oleada fue la guerra civil de 1948 y la Asamblea Nacional Constituyente de 1949. La Constitución de la Segunda República se redactó entre enero y noviembre de 1949 bajo la conducción política de José Figueres Ferrer y la dirección técnica del jurista Rodrigo Facio Brenes. Acuña regresó al país desde Estados Unidos para coordinar con la Liga las gestiones ante los constituyentes.
En la sesión 92ª del 20 de junio de 1949 de la Asamblea Nacional Constituyente, a propuesta del diputado Gonzalo Ortiz Martín y con la defensa de Jorge Volio Jiménez, se aprobó la inclusión del sufragio femenino en el artículo 90 de la nueva Constitución, por 33 votos contra 8 de los 45 constituyentes. La Constitución entró en vigor el 7 de noviembre de 1949.
El primer ejercicio del voto femenino ocurrió el 30 de julio de 1950, en el plebiscito de La Tigra y La Fortuna de San Carlos sobre el establecimiento de un cantón. La primera mujer costarricense en depositar una papeleta fue Bernarda Vázquez Méndez, de veintisiete años. La elección del lugar no fue casual. San Carlos era la zona rural cafetalera y ganadera donde la Liga había acumulado más militantes desde la campaña magisterial de 1924.
Las primeras elecciones nacionales con sufragio femenino fueron las del 26 de julio de 1953. Ángela Acuña se postuló como tercera diputada por el Partido Demócrata, denominación bajo la cual se identifica también el Partido Unión Nacional en algunos registros de la época, pero no fue electa. Trabajaba fuera del país y no pudo votar. Las tres primeras diputadas de la historia costarricense fueron María Teresa Obregón Zamora, Ana Rosa Chacón González, cuñada de Acuña, y Estela Quesada Hernández, las tres del Partido Liberación Nacional. Treinta y tres años de trabajo, una ausencia involuntaria el día de la cosecha, y la satisfacción, expresada en cartas privadas, de que su cuñada y secretaria histórica de la Liga estuviera entre las primeras tres diputadas. Es uno de los desenlaces más extraños de la historia política costarricense.
La carrera diplomática internacional de Ángela Acuña tuvo su preparación silenciosa durante las décadas de 1930 y 1940. En 1932 fundó la rama costarricense de la Women’s International League for Peace and Freedom, la organización pacifista fundada en 1915 por Jane Addams y Emily Greene Balch. En agosto de 1940 fundó la rama costarricense de la Mesa Redonda Panamericana, a instancias de la estadounidense Florence Terry Griswold, lo que convirtió a Costa Rica en la tercera filial mundial de esa red.
Su ingreso al sistema interamericano ocurrió entre 1938 y 1939 como delegada sustituta de Costa Rica ante la Comisión Interamericana de Mujeres (CIM), reemplazando a Lidia Fernández. La CIM, creada en 1928 por la Sexta Conferencia Internacional Americana de La Habana, era el primer organismo intergubernamental del mundo creado para los derechos de las mujeres. Acuña presentó en ese período su primer trabajo de relevancia regional, un estudio comparativo sobre la legislación electoral de las repúblicas americanas. Coorganizó también el Primer Congreso Centroamericano Femenino de Educación en 1938, en conmemoración del cincuentenario del Colegio Superior de Señoritas, del que surgió la Liga Panamericana Femenina de Educación, presidida por ella.
En 1941 fue nombrada delegada titular de Costa Rica ante la CIM por el presidente Rafael Ángel Calderón Guardia, cargo que ocupó hasta 1954 sin interrupciones, durante tres administraciones presidenciales, las de Calderón Guardia, Picado Michalski y Ulate Blanco. Trece años. En ese periodo Acuña realizó investigaciones de campo en Estados Unidos sobre justicia juvenil, visitando cortes y reformatorios en Washington, Nueva York, Denver, Salt Lake City y Dallas. Conoció a sufragistas y juristas norteamericanas, y participó en sesiones plenarias y comisiones técnicas en Bogotá, Caracas, La Habana y Buenos Aires.
El estudio comparado de la condición jurídica de la mujer en las repúblicas americanas que Acuña presentó en la Conferencia de Caracas de la CIM en 1953 es la pieza académica más densa de su producción diplomática, un texto que mereció traducción al inglés por la Unión Panamericana. El estudio cruzó las constituciones, los códigos civiles y los códigos de familia de las veintiún repúblicas americanas en materia de capacidad civil, derechos políticos, filiación, patria potestad e investigación de paternidad. Era, en términos prácticos, el catálogo regional de tareas pendientes que la CIM utilizaría como agenda durante las décadas siguientes.
En 1957 la Unión de Mujeres Americanas la distinguió como «Mujer de las Américas», reconocimiento que en su momento era el más alto otorgado por la red panamericana de organizaciones femeninas a una jurista hispanoamericana. La gala se realizó en Nueva York, con asistencia de delegadas de veintidós países. Acuña recibió la distinción con un discurso en español e inglés sobre la legislación comparada de los derechos de la infancia, una elección temática que repetía su gesto retórico inaugural de 1925.
El siguiente paso era la embajada. En julio de 1958, el presidente Mario Echandi Jiménez la nombró Embajadora Plenipotenciaria de Costa Rica ante la Organización de los Estados Americanos. Era la primera mujer del hemisferio en ocupar una embajada ante la OEA. Acuña tenía sesenta y nueve años. Ejerció el cargo entre 1958 y 1960, residiendo en Washington D.C., y compaginó la embajada con la presidencia de la rama costarricense de la People’s Mandate Committee.
La embajada terminó en 1960, pero no porque Acuña hubiera decidido retirarse. El 29 de junio de 1960 fue electa por la OEA como uno de los siete miembros inaugurales de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, recién creada por la V Reunión de Consulta de Ministros de Relaciones Exteriores celebrada en Santiago de Chile en 1959. La elección fue por aclamación. Acuña dejó la embajada y asumió la comisión.
Los siete primeros miembros de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos fueron, además de Ángela Acuña, el novelista y expresidente venezolano Rómulo Gallegos, que ocupó la primera presidencia del organismo; el jurista chileno Manuel Bianchi Gundián; el ecuatoriano Gonzalo Escudero; el mexicano Gabino Fraga; el salvadoreño Reynaldo Galindo Pohl; y el estadounidense Durward V. Sandifer. Acuña era la única mujer del organismo y también la única jurista del grupo formada del todo en una facultad de un país pequeño. Los demás miembros tenían trayectorias políticas o académicas previas en cargos de mayor visibilidad regional. La presencia de Acuña era una apuesta del Sistema Interamericano por incluir el derecho de las mujeres y la infancia en el mandato de la nueva comisión.
La primera sesión plenaria se celebró en Washington D.C. entre el 3 y el 28 de octubre de 1960. Acuña fue reelecta en 1963 y en 1967, sirviendo ininterrumpidamente hasta 1972. Tres periodos completos, doce años, son una marca de continuidad inusual en la historia de la CIDH. Solo dos miembros fundadores completaron tres periodos, ella y Gabino Fraga. Su especialidad fue, como en toda su vida, el derecho internacional de los derechos humanos con énfasis en mujeres y niños.
El periodo coincide con la mitad más sangrienta de la Guerra Fría latinoamericana. Ángela Acuña participó en investigaciones in situ y en evaluaciones de informes sobre Cuba (a raíz de la revolución de 1959 y las denuncias de represión política), República Dominicana (después del asesinato de Trujillo en 1961 y durante la guerra civil de 1965), Haití (bajo la dictadura de François Duvalier), El Salvador y Honduras (durante y después de la Guerra de las Cien Horas de 1969), Guatemala (durante el conflicto armado interno), y Brasil (después del golpe militar de 1964).
La CIDH operaba con recursos limitados y con cooperación estatal intermitente, pero sus informes eran casi las únicas fuentes documentales internacionales sobre los abusos de derechos humanos en la región durante los años sesenta. Los expedientes de la CIDH del periodo, hoy archivados en la Secretaría Ejecutiva del organismo en Washington, contienen las primeras descripciones internacionales de prácticas como la desaparición forzada, la tortura sistemática y la prisión política indefinida, descripciones que sentarían las bases doctrinales del derecho interamericano de los derechos humanos que se consolidaría con la Convención Americana de 1969 y la Corte Interamericana a partir de 1979.
Una nota institucional vale la pena. Los datos de la propia Secretaría Ejecutiva de la CIDH muestran que, evaluando el período entre 1960 y 2021, la composición histórica del personal sustantivo arrojó una distribución de 79% de hombres frente a 21% de mujeres. Acuña ingresó en 1960 como la única mujer del organismo. Su segunda colega mujer ingresó años después. La soledad institucional fue real y prolongada.
Acuña dejó la CIDH en 1972 a los ochenta y cuatro años. No fue una decisión personal, sino el cumplimiento del límite de tres periodos. Mantuvo durante los años siguientes su afiliación a la Comisión Interamericana de Mujeres como observadora y consejera, y participó cada tanto en eventos académicos y diplomáticos en Washington y San José. Continuó como vicepresidenta regional de la Federación Internacional de Abogados hasta los últimos años de su vida.
Mientras servía en la CIM y después en la CIDH, en sus horas residuales y durante los descansos legislativos, Ángela Acuña trabajó durante casi dos décadas en la obra que sería el cierre intelectual de su vida. La idea había nacido hacia 1950, en Washington, durante una colaboración con la suiza Blanche Christine Olschak, editora en Zúrich de la Enciclopedia Universal de la Mujer, primer compendio biográfico global dedicado por completo a las mujeres. Olschak pidió a Acuña que reuniera información sobre las mujeres notables de Costa Rica para incluirlas en la edición europea. Acuña aceptó. Lo que iba a ser un capítulo terminó siendo un libro autónomo.
La mujer costarricense a través de cuatro siglos apareció en San José por la Imprenta Nacional en dos tomos. El tomo I se publicó en 1969, el tomo II en 1970. La suma de los dos volúmenes alcanza unas mil ochenta y dos páginas. La ficha bibliográfica internacional, OCLC 903519321, registra ambos tomos. Es, hasta la fecha, la obra de referencia más extensa que se ha publicado sobre la historia de las mujeres en Costa Rica.
El método de Acuña fue archivístico. Trabajó en la Biblioteca Nacional de Costa Rica (después SINABI), en el Archivo Nacional, en las hemerotecas de La Nación, La Tribuna y Diario de Costa Rica, y en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos durante las temporadas que residía en Washington. Reunió biografías de monjas coloniales, esposas de jefes de Estado, maestras del siglo XIX, escritoras, telegrafistas, telefonistas, médicas, abogadas, periodistas, sindicalistas. La obra está organizada por siglos, comenzando con las mujeres indígenas y españolas del XVI, pasando por las criollas del XVII y XVIII, el siglo XIX de la independencia y la organización republicana, y el siglo XX hasta la fecha de redacción.
La obra incluye también capítulos temáticos. Uno de los más comentados por la historiografía posterior es «Las primeras mujeres en las oficinas de teléfono», dedicado a la incorporación femenina al sector de telecomunicaciones a comienzos del siglo XX. Acuña documenta el impacto laboral, salarial, social y de signo cultural de la inserción de las mujeres telefonistas, una de las primeras profesiones asalariadas femeninas en Costa Rica. Otros capítulos llevan títulos literarios como «Linterna mágica» y «Lo que el viento no logró llevarse». La prosa combina narración biográfica con análisis sociológico y comentario jurídico, una mezcla difícil de encuadrar en un género único.
La parte más controvertida del libro, según las pocas reseñas críticas de la época, es la narración de las manifestaciones populares de 1889, que culminaron con la consolidación de la democracia electoral costarricense frente a los intentos de fraude de la oligarquía liberal. Acuña sostiene, con sustento documental, que las mujeres anónimas que protegieron las plazas públicas durante esos sucesos sentaron la base ética y táctica de las reivindicaciones sufragistas posteriores. La interpretación reconfigura la genealogía oficial de la democracia costarricense, que por tradición atribuye todo el mérito a los varones convocantes. Es la pieza historiográfica más original de la obra.
Acuña publicó además dos folletos como aportes a la Unión Panamericana: Los derechos humanos al alcance de los niños (Washington, 1962, OCLC 15232475) y El derecho a la vida (Washington, 1966, OCLC 33191457). Algunas fuentes secundarias mencionan también Hacia el matrimonio (1950) y Edad mínima para contraer matrimonio (Unión Panamericana, 1951), aunque la referencia bibliográfica de estos dos últimos es menos firme que la de los anteriores y conviene tratarla como pendiente de verificación archivística.
A mi juicio, la obra magna de Acuña no es una enciclopedia biográfica al uso. Es un acto de fundación historiográfica. Antes de 1969, no había en Costa Rica una historia de las mujeres como sujeto historiográfico autónomo. Después de 1970, había una. La diferencia es la obra de Acuña. Los estudios de género posteriores, desde la Maestría en Estudios de la Mujer de la Universidad Nacional hasta los trabajos de Marta Solano Arias, Montserrat Sagot, Yadira Calvo y Macarena Barahona Riera, todos parten, criticando o continuando, del marco que la abogada cartaginesa montó entre 1950 y 1968.
Ninguna biografía rigurosa puede prescindir del capítulo de las contradicciones. En el caso de Ángela Acuña, las hay y son varias, ninguna descalificante pero todas reveladoras. Las contradicciones no debilitan la figura; la humanizan y la sitúan en su tiempo. Son, además, la prueba de que esta biografía no se contenta con la lectura hagiográfica que ha circulado durante décadas en el Colegio de Abogados y en la prensa institucional costarricense.
La primera sombra es su filiación tinoquista temprana. Durante la dictadura de Federico Tinoco Granados entre 1917 y 1919, Acuña mantuvo una estrecha amistad con la primera dama María Fernández Le Cappellain, conocida como «Mimita», antigua compañera del Colegio Superior de Señoritas. La amistad personal se entremezcló con la cobertura política. Acuña aceptó del régimen el primer empleo público femenino del Ministerio de Educación en 1919, y llegó a publicar en la prensa una calificación durísima contra los hermanos Alfredo y Jorge Volio Jiménez, opositores del tinoquismo, a quienes describió como «falsos y miserables hijos de mi patria».
La filiación se quebró cuando la dictadura entró en su fase represiva y Acuña participó en la huelga magisterial de junio de 1919 que precipitó su caída. Pero la cercanía con Mimita Fernández Le Cappellain le valió, según la historiadora Yadira Calvo, una protección paradójica frente a las represalias posteriores. El régimen que sucedió a Tinoco consideró a Acuña, por el solo hecho de ser mujer, «fuera de la política» seria, y no la incluyó en las purgas que sufrieron periodistas e intelectuales varones como Roberto Brenes Mesén, forzado al exilio en Estados Unidos durante décadas. La paradoja se cierra años después, cuando Arturo Volio Jiménez, hermano de los Volio que ella había insultado, se convirtió en el apoyo decisivo de las campañas sufragistas de Acuña en el Congreso.
La segunda sombra fue su matrimonio civil con Lucas Raúl Chacón González. Chacón, nacido en San José en 1882, era pedagogo graduado en Chile en 1903, director del Liceo de Costa Rica entre 1936 y 1939, fundador del primer grupo de Boy Scouts del país en 1915, biógrafo del presidente Juan Rafael Mora en 1929, y hermano de Ana Rosa Chacón, secretaria histórica de la Liga Feminista. Chacón había contraído primeras nupcias en 1908 con Caridad Suñol Mascaró y se había divorciado.
El matrimonio con Acuña se celebró por la vía civil el 8 de mayo de 1930, oficiado por el gobernador josefino Arturo García S. en el domicilio de Chacón en Barrio Aranjuez, con los testigos Luis Anderson Morúa, antiguo benefactor de la beca europea, y el ingeniero Ricardo Fernández Peralta. Está registrado en el Registro Civil, Libro de matrimonios de la Provincia de San José Nº 39, folio 55, asiento 101. El matrimonio civil con un divorciado, en la Costa Rica católica de 1930, produjo un cierto ostracismo social en los círculos más conservadores de Cartago y San José. Acuña, católica practicante, asumió el costo. La pareja tuvo una sola hija, Isabel Chacón Acuña, nacida el 5 de julio de 1931. Lucas Raúl Chacón murió el 30 de noviembre de 1948 en el Hospital San Juan de Dios, mientras Acuña vivía por un tiempo en Los Ángeles con la hija. Después de enviudar, Acuña residió por temporadas en Los Ángeles, Michigan y California para acompañar la formación de Isabel, y regresó a San José en los años setenta.
La tercera sombra es metodológica y se hizo visible en los debates feministas posteriores. El feminismo maternalista de Ángela Acuña, su decisión consciente de envolver las demandas de igualdad bajo el manto retórico del deber materno y la protección de la infancia, fue criticada por las corrientes feministas más radicales que emergieron en Costa Rica desde los años setenta. Las feministas comunistas como Carmen Lyra y Luisa González consideraban que el reformismo de Acuña perpetuaba los roles tradicionales de género en lugar de cuestionarlos en su raíz.
Las feministas de la segunda ola, ya en los años ochenta, criticaron que la obra de Acuña hubiera dejado intocadas las relaciones de poder dentro del hogar, el trabajo doméstico no remunerado y la división sexual del trabajo. Las críticas tienen fundamento, pero suponen una ahistoricidad. Pedirle a Acuña que hubiera articulado un feminismo de los años setenta en la Costa Rica de los años veinte y treinta es exigir un anacronismo conceptual. Lo que hizo Acuña, en su contexto, fue justo lo que podía hacer.
La cuarta sombra es la incomprensión doméstica de su obra magna. La mujer costarricense a través de cuatro siglos tuvo recepción crítica modesta en Costa Rica. La obra no fue reseñada por las grandes revistas literarias del momento, no se reimprimió hasta décadas después y no ingresó al canon escolar hasta los años noventa. El reconocimiento llegó tarde y en gran parte desde el exterior, a través de los estudios de género latinoamericanos que rescataron la obra en los años ochenta y noventa. La autora fue Benemérita de la Patria pero su libro tuvo que esperar para serlo.
Después de salir de la CIDH en 1972, Ángela Acuña tenía ochenta y cuatro años. Regresó a Costa Rica y se instaló en San José. Su salud comenzó a deteriorarse poco a poco, pero conservó capacidad de trabajo intelectual. Inició la redacción de una autobiografía que no logró concluir. Mantuvo correspondencia con la Comisión Interamericana de Mujeres, con la Federación Internacional de Abogados, y con generaciones más jóvenes de juristas costarricenses que le pedían consultoría informal. Recibió en su casa a periodistas, estudiantes y diplomáticos en visitas que la hija Isabel administraba con cuidado para no fatigar a la madre.
El Acuerdo Nº 2191 de la Asamblea Legislativa de Costa Rica, firmado el 28 de septiembre de 1982 durante la administración de Rodrigo Carazo Odio, declaró a Acuña Benemérita de la Patria. La declaratoria fue publicada en La Gaceta Nº 199 del 18 de octubre de 1982.
Existe una discrepancia menor entre fuentes que conviene zanjar. La página oficial de SINABI y un afiche conmemorativo del Colegio de Abogados afirman que la declaratoria fue «en julio de 1982». La fecha correcta del Acuerdo es 28 de septiembre de 1982, según el propio texto de La Gaceta y la documentación de la Asamblea Legislativa, recogida por el Instituto Nacional de las Mujeres y por la EcuRed. El error de «julio» probablemente nace de una confusión con la presentación del proyecto de acuerdo en comisión, anterior a la votación plenaria.
Acuña fue, en el momento de la declaratoria, una de las primeras mujeres en recibir el Benemeritazgo en la historia de Costa Rica. Antes de ella habían sido declaradas Beneméritas María Isabel Carvajal «Carmen Lyra» en 1976 (póstuma), y muy pocas otras. La declaratoria de Acuña fue, por tanto, no solo un reconocimiento personal sino una inflexión institucional sobre el lugar de las juristas y educadoras en el panteón cívico nacional.
Otros reconocimientos del periodo final incluyeron la designación como «Madre de Costa Rica» en 1950, la «Mujer de las Américas» en 1957, la medalla de oro del Centro pro Paz Mundial en el Derecho en 1973 como una de las seis abogadas distinguidas del mundo y la primera latinoamericana en recibirla, y diversos homenajes del Colegio de Abogados a lo largo de las décadas de 1970 y 1980.
Ángela Acuña Braun falleció en San José el 10 de octubre de 1983, ocho días después de cumplir noventa y cinco años. Fue sepultada en el Cementerio Monte Sacro de Curridabat, San José. La hija Isabel Chacón Acuña, que en 2023 vivía aún según la cobertura del homenaje en la OEA, fue quien organizó el funeral. El gobierno de Luis Alberto Monge Álvarez, en ejercicio en esa fecha, decretó duelo nacional y la prensa josefina dedicó las primeras páginas al fallecimiento.
El 28 de septiembre de 1983, doce días antes de su muerte, el Poder Ejecutivo firmó el Decreto Ejecutivo Nº 14956-C que creó el Premio Nacional por la Igualdad y la Equidad de Género «Ángela Acuña Braun». El premio se otorga cada año por el Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes, en la actualidad por intermedio del Instituto Nacional de las Mujeres. Acuña alcanzó a saber del decreto pocos días antes de morir. El premio ha sido reformado por los Decretos Ejecutivos Nº 15676-C de 1984, Nº 17537-C de 1987, Nº 26930-C de 1998, Nº 29528-C-MCM de 2001, Nº 37948-C-CM de 2013 y Nº 41810-MP-MCM, transformándose con los años de un premio periodístico inicial a un reconocimiento integral a la investigación social y al activismo institucional con enfoque de género.
La memoria de Ángela Acuña Braun ha tenido en el siglo XXI tres movimientos importantes que, leídos en conjunto, marcan el grado de canonización cívica que la figura ha alcanzado en Costa Rica y en la institucionalidad hemisférica.
La emisión filatélica de 2020 inauguró la lista. Correos de Costa Rica emitió, dentro de la serie «Legado de Nuestra Independencia», un sello postal con el retrato de Acuña, junto con sellos dedicados a Omar Dengo Guerrero y a Amando Céspedes Marín. Los diseños fueron realizados por el pintor costarricense Manuel Carranza. La inclusión de Acuña en una serie dedicada al legado independentista, junto a un educador laico fundamental como Dengo y a un fotógrafo costumbrista como Céspedes, marca el grado de canonización cívica que ha alcanzado la figura.
El reconocimiento siguiente vino con la declaratoria de Benemérita de la Patria a la Liga Feminista Costarricense en octubre de 2021. La Asamblea Legislativa, en el centenario de la organización, extendió el honor que Acuña había recibido en 1982 a la institución que ella había presidido. La declaratoria reconoce que el sufragio femenino costarricense no fue obra de una sola mujer sino de una red asociativa sostenida durante un cuarto de siglo. Acuña era la cabeza, pero la Liga fue el cuerpo.
El tercer movimiento fue el retrato al óleo develado el 3 de noviembre de 2023 en la Galería de Mujeres que Transforman las Américas de la sede de la Organización de los Estados Americanos en Washington D.C. El retrato fue pintado por la artista costarricense-estadounidense María Teresa «Marit» Vidales, basándose en una fotografía que la hija Isabel conservaba en su billetera. El acto contó con la presencia del presidente costarricense Rodrigo Chaves Robles durante una visita oficial. Acuña es así la única jurista costarricense con retrato permanente en la sede de la OEA, junto a otras figuras hemisféricas como Eleanor Roosevelt y Gabriela Mistral.
En el plano institucional doméstico, la vigencia de Acuña tiene tres vías. La primera es el Premio Nacional por la Igualdad y la Equidad de Género que lleva su nombre, otorgado cada año por el INAMU y que reconoce investigaciones académicas, trabajos periodísticos y prácticas institucionales en favor de la igualdad de género. La segunda es la Galería Ángela Acuña Braun del Colegio de Abogados y Abogadas de Costa Rica, espacio expositivo permanente en la sede gremial. La tercera es la inclusión sistemática de su figura en los programas de Historia y Estudios Sociales del Ministerio de Educación Pública, en los niveles de noveno y décimo año.
La obra jurídica de Acuña ha tenido también una vigencia técnica. La judicatura tutelar de menores que ella propuso en 1925 derivó, en la actualidad, en la Ley Orgánica del Patronato Nacional de la Infancia de 1996 y en el Código de la Niñez y la Adolescencia de 1998. La investigación de paternidad que ella reivindicó en los años veinte y treinta es hoy un derecho consolidado en el Código de Familia, con la regla del ADN como prueba dirimente. La reforma del notariado de 1929 dio origen, indirectamente, a una de las profesiones jurídicas con mayor presencia femenina del país. Las notarias son hoy mayoría en muchos cantones costarricenses, una redistribución de género que sería imposible imaginar sin la reforma que Acuña gestionó hace casi un siglo.
Una pregunta abierta. ¿Por qué no hay todavía un edificio público de gran escala, una calle céntrica, un puente, una moneda conmemorativa o un billete con el nombre o la imagen de Ángela Acuña Braun en Costa Rica? La emisión filatélica de 2020 es el único soporte material masivo con su rostro. El Estado costarricense, que la declaró Benemérita en 1982 y que ha creado un premio nacional con su nombre, no ha completado la canonización urbana que sí ha dado a otras figuras de comparable estatura. Quizás sea cuestión de tiempo. Quizás sea una asignatura pendiente.
Ángela Adela Acuña Braun nació en Cartago, Costa Rica, el 2 de octubre de 1888, y murió en San José el 10 de octubre de 1983, a los noventa y cinco años, según el Libro de nacimientos de la Provincia de Cartago Nº 1, folio 312, asiento 820, del Registro Civil del Tribunal Supremo de Elecciones. Algunas fuentes secundarias citan 1892 como año de nacimiento, pero la documentación registral confirma 1888.
Acuña obtuvo el grado de Licenciada en Derecho con honores el 10 de diciembre de 1925, en la Escuela de Derecho del Colegio de Abogados de Costa Rica, tras defender la tesis Los derechos del niño dentro de la Ley Moderna ante un tribunal presidido por Alejandro Alvarado Quirós. La cronología regional documenta que las primeras abogadas de los demás países centroamericanos se graduaron mucho después: Graciela Quan Valenzuela en Guatemala (1942), Olga Núñez Abaunza en Nicaragua (1945), María García Herrera en El Salvador (1946) y Alba Alonzo Cleaves en Honduras (1946).
El Decreto Nº XI del 7 de junio de 1916, conocido como «Ley Angelita Acuña», reformó el artículo 1289 del Código Civil y disposiciones de la Ley Orgánica de los Tribunales, permitiendo a las mujeres ser mandatarias judiciales, ejercer como procuradoras y prestar testimonio en juicio. Acuña la consiguió siendo todavía estudiante de tercer año de Derecho. La reforma fue publicada en la Colección de Leyes y Decretos del primer semestre de 1916, páginas 282 y 283.
El 12 de octubre de 1923, en el Salón de Actos del Colegio Superior de Señoritas, en presencia del presidente Julio Acosta García. Acuña fue presidenta fundadora; Esther de Mezerville Ossaye, vicepresidenta; y Ana Rosa Chacón González, secretaria. La fecha respondía a la convocatoria internacional de Elena Arizmendi Mejía desde Nueva York para constituir filiales nacionales de la Liga Internacional de Mujeres Ibéricas e Hispanoamericanas.
El sufragio femenino se incorporó al artículo 90 de la Constitución Política de Costa Rica del 7 de noviembre de 1949, aprobado en la sesión 92ª de la Asamblea Nacional Constituyente, el 20 de junio de 1949, por 33 votos contra 8 de los 45 constituyentes. La propuesta la presentó el diputado Gonzalo Ortiz Martín y la defendió Jorge Volio Jiménez. El primer voto femenino se ejerció el 30 de julio de 1950 en el plebiscito cantonal de La Tigra y La Fortuna de San Carlos, depositado por Bernarda Vázquez Méndez. Las primeras elecciones nacionales con sufragio femenino fueron las del 26 de julio de 1953.
Fue delegada titular de Costa Rica ante la Comisión Interamericana de Mujeres (CIM) entre 1941 y 1954 (trece años), Embajadora Plenipotenciaria de Costa Rica ante la OEA entre 1958 y 1960 nombrada por el presidente Mario Echandi Jiménez (primera mujer del hemisferio en el cargo), y miembro inaugural de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) entre 1960 y 1972 (tres periodos completos, doce años). También fue vicepresidenta regional de la Federación Internacional de Abogados.
La mujer costarricense a través de cuatro siglos, publicada por la Imprenta Nacional en dos tomos en San José, el tomo I en 1969 y el tomo II en 1970, aproximadamente mil ochenta y dos páginas en total (OCLC 903519321). Es una historia social del género en Costa Rica desde el siglo XVI hasta el XX, organizada por siglos y con capítulos temáticos. Acuña la elaboró durante casi veinte años, en colaboración inicial con la suiza Blanche Christine Olschak para la Enciclopedia Universal de la Mujer editada en Zúrich.
El 28 de septiembre de 1982, mediante Acuerdo Nº 2191 de la Asamblea Legislativa, durante la administración del presidente Rodrigo Carazo Odio. La declaratoria fue publicada en La Gaceta Nº 199 del 18 de octubre de 1982. Algunas fuentes secundarias mencionan por error «julio de 1982», pero la fecha del Acuerdo plenario es 28 de septiembre. Acuña falleció apenas un año después, el 10 de octubre de 1983.
Contrajo matrimonio civil con el pedagogo y abogado Lucas Raúl Chacón González el 8 de mayo de 1930, ceremonia oficiada por el gobernador josefino Arturo García S. (Registro Civil de San José, Libro Nº 39, folio 55, asiento 101). Chacón era hermano de Ana Rosa Chacón, secretaria histórica de la Liga Feminista, y se había divorciado de un matrimonio previo. La pareja tuvo una sola hija, Isabel Chacón Acuña, nacida el 5 de julio de 1931. Lucas Chacón murió en 1948.
Sí. El 3 de noviembre de 2023, durante una visita oficial del presidente costarricense Rodrigo Chaves Robles, se develó un retrato al óleo de Ángela Acuña Braun en la Galería de Mujeres que Transforman las Américas de la sede de la Organización de los Estados Americanos en Washington D.C. El retrato fue pintado por la artista costarricense-estadounidense María Teresa «Marit» Vidales, basándose en una fotografía que la hija Isabel conservaba en su billetera. Es la única jurista costarricense con retrato permanente en la sede del organismo hemisférico.
El Premio Nacional por la Igualdad y la Equidad de Género «Ángela Acuña Braun» fue creado por Decreto Ejecutivo Nº 14956-C del 28 de septiembre de 1983, apenas doce días antes de la muerte de Acuña. En su origen fue un premio periodístico al tratamiento mediático de las mujeres, en línea con su labor en las revistas Fígaro y Mujer y Hogar. Después de varias reformas decretales (1984, 1987, 1998, 2001, 2013 y 2021) se transformó en un reconocimiento integral a la investigación social y al activismo institucional con enfoque de género. Lo otorga actualmente el Instituto Nacional de las Mujeres (INAMU).
Ambas fueron fundadoras de la Liga Feminista Costarricense en 1923, pero sus trayectorias políticas se separaron en los años treinta. Acuña practicó un feminismo liberal reformista de matriz maternalista, basado en cabildeo legislativo, derecho comparado y alianzas con la élite institucional, evitando rupturas frontales con la cultura católica. Carmen Lyra (María Isabel Carvajal) se vinculó al Partido Comunista de Costa Rica y articuló un feminismo de matriz marxista que buscaba la transformación de las relaciones de clase como prerrequisito de la emancipación femenina. Las dos vías produjeron resultados complementarios, no excluyentes.
A mi juicio, el aporte de Ángela Acuña Braun al derecho costarricense y centroamericano se resume en una sola operación, repetida cuatro veces a lo largo de cincuenta años, con variantes. La operación es la siguiente. Identificar una norma legal o constitucional que opera como barrera de exclusión, demostrar que la norma es de coherencia interna rota frente a otra parte del ordenamiento (por regla con el reconocimiento estatal de la capacidad civil o académica de las mujeres), redactar un proyecto de reforma sustentado en derecho comparado, cabildear el proyecto en la Comisión correspondiente del Congreso, defenderlo en persona en audiencias, y obtener su aprobación. Acuña ejecutó esta operación con el artículo 1289 del Código Civil en 1916, con la Ley Orgánica del Notariado en 1929, con la Ley Orgánica del Poder Judicial en 1940 y con el artículo 90 de la Constitución Política en 1949. Cuatro reformas. Una técnica.
La técnica no fue invención de Acuña. Es la técnica del jurista clásico, formada en la tradición del derecho continental europeo, perfeccionada por los codificadores del XIX y heredada por los licenciados costarricenses del primer cuarto del XX. Lo que Acuña hizo fue aplicarla a un campo, los derechos de las mujeres, donde antes nadie la había aplicado con la disciplina necesaria. Antes de ella, las defensoras de la igualdad recurrían a la prensa de denuncia, al ensayo moral, al panfleto político. Después de ella, las defensoras de la igualdad recurrieron al proyecto legislativo, al estudio comparado, al cabildeo parlamentario. Acuña profesionalizó el feminismo jurídico costarricense.
La segunda lección permanente de Acuña es la combinación de moderación retórica con audacia operativa. Una jurista que en 1916, siendo estudiante, presenta un proyecto al Congreso, lo defiende ante diputados que la triplican en edad y consigue su aprobación, no es una persona tímida. Una jurista que se autodefine «feminista» cuando esa palabra es impronunciable en sociedad, tampoco. Pero Acuña entendió que en el contexto centroamericano la audacia se sirve mejor con guante blanco. Su feminismo «maternalista» no era una concesión ideológica, era un envoltorio táctico. La sustancia era la igualdad jurídica plena. El envoltorio era el lenguaje del cuidado materno. Quien confunde el envoltorio con la sustancia no entiende a Acuña.
La tercera lección es transgeneracional. Acuña gastó casi cuatro décadas peleando por derechos que otras mujeres ejercerían después de ella. La primera notaria registrada en Costa Rica no fue Acuña. La primera jueza no fue Acuña. Las tres primeras diputadas tampoco. Las primeras magistradas de la Sala Constitucional moderna, ya en los años noventa, no eran tampoco contemporáneas de Acuña. Acuña construyó la cancha sobre la que jugarían generaciones a las que no llegó a conocer. Es una forma de servicio público que tiene poca recompensa inmediata y que solo se mide bien décadas después. Acuña aceptó el costo. Es probable que, hacia el final de su vida, la satisfacción de saber que su cuñada Ana Rosa Chacón fue una de las primeras tres diputadas costarricenses haya compensado, en parte, la ausencia de votos propios en su propia postulación de 1953.
La cuarta lección es historiográfica. Acuña no se conformó con cambiar las leyes; quiso también cambiar el modo en que la sociedad costarricense recordaba a las mujeres que la habían precedido. La mujer costarricense a través de cuatro siglos es la prueba de que la transformación legal sin transformación de la memoria histórica es incompleta. Sin un canon de mujeres notables del pasado, las mujeres del presente no tienen modelos públicos. Sin modelos públicos, la ambición se reduce. Acuña entendió eso en 1950 y trabajó casi veinte años para corregirlo. La obra resultante es desigual, a ratos enciclopédica, a ratos novelística, pero es la primera en su campo y sigue siendo, en muchos capítulos, la única.
¿Qué enseña Ángela Acuña Braun a la jurista costarricense del siglo XXI? Enseña, antes que nada, que las barreras legales no caen por declaración moral sino por reforma técnica. Enseña, además, que las reformas técnicas necesitan envoltorios retóricos negociables con el contexto cultural. Enseña, también, que la profesión jurídica se ejerce con paciencia transgeneracional. Enseña, sobre todo, que la memoria del derecho es parte del derecho, y que escribir la historia de las juristas que precedieron es continuar la obra que hicieron.
Murió un domingo de octubre de 1983, a los noventa y cinco años, sin haber concluido la autobiografía que había comenzado en San José. Quizás no era necesario que la concluyera. Esa autobiografía estaba ya escrita en el artículo 90 de la Constitución, en la Ley Orgánica del Notariado de 1929, en la Ley Orgánica del Poder Judicial de 1941 y en el Decreto Nº XI del 7 de junio de 1916. Escrita con la firma anónima de la legisladora que no era diputada, de la jurista que no podía firmar poderes cuando estudió la carrera, de la notaria que no llegó a notarizar, de la jueza que no llegó a juzgar, de la diputada que no fue electa, de la votante que ese 26 de julio de 1953 estaba en Washington D.C. defendiendo los derechos de la mujer ante una comisión panamericana. La ausencia en la urna ese domingo es, vista en perspectiva, su firma más larga.
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